Jorge Abbondanza
No todo el cine chino tiene los resplandores o el prestigio de Héroe, esa superproducción de Zhang Yimou que sigue en cartel en Montevideo. Un informe aparecido en el diario Los Angeles Times alude a otra película china: se titula La vida traducida y su directora es Li Qianni, una muchacha de 25 años. Tanto esa obra como la propia realizadora han provocado un escándalo cuyos entretelones tienen su interés, porque algunos críticos chinos han dicho que la película es "un fiasco" pero a pesar de ello se habla del caso en páginas de Internet, en infinidad de chats y hasta en la prensa de Beijing, y ese intercambio de información y de chismes han derivado en la fama de La vida traducida y en la de su directora. No se trata de una buena fama, empero.
Li Qianni es hija de un dirigente del Partido Comunista en la ciudad meridional de Shenzhen, donde ese padre —llamado Li Yizhen— figura como subsecretario local del partido. Las autoridades de Shenzhen "ordenaron que las escuelas de la ciudad exhibieran la película durante las horas de clase" con el agravante de que los alumnos debieron pagar el costo de la entrada de su propio bolsillo. Muchos padres recurrieron entonces a Internet para dejar constancia de su fastidio, revuelo que llegó a reflejarse en diarios y otras publicaciones del país a medida que el escándalo crecía. Un crítico cinematográfico de Beijing, llamado Suo Yabing, dijo que el episodio "va más allá de la película. Estamos hablando del éxito instantáneo de una muchacha común y del trasfondo desagradable y oscuro detrás de una brillante fachada".
Ese trasfondo está constituído por las presiones que el funcionario Li Yizhen habría hecho para imponer en diversos ámbitos el film dirigido por su hija, aunque el hombre se ha defendido señalando que "no obligué a los estudiantes a ver la película. Mis subordinados lo hicieron para complacerme". De todas maneras, el caso es otro reflejo de ciertos índices de corrupción administrativa que preocupan cada día más a los chinos, incluído el del Departamento de Propaganda oficial que Li Yizhen maneja en Shenzhen sin descuidar "las empresas manejadas por su hija y hasta por su esposa, que es una adinerada mujer de negocios". La joven Li Qianni tampoco es una desheredada, ya que "se jacta de tener una fortuna personal de alrededor de un millón de dólares", incluídas tres empresas vinculadas al rubro de los espectáculos, con las que casualmente financió su película.
Según Los Angeles Times, la China de hoy —embarcada en el monumental crecimiento de su economía— es también un país donde "la corrupción resulta desenfrenada, quedando sin resolver muchos escándalos relacionados con fraudes bancarios o inmobiliarios". Con cierta ironía, considerando las limitaciones políticas que en China siguen afectando a la prensa y demás medios de comunicación, el informe agrega que "Internet se ha convertido en un tribunal de la opinión pública y llena un vacío crítico" en ese sistema que no se distingue por sus márgenes de libertad de expresión. De hecho, Internet ya ha conseguido que algunos casos de corrupción "llegaran al centro del debate público", lo cual incluye el cuestionamiento provocado por La vida traducida de Li Qianni: un internauta pidió violentamente la renuncia del padre de esa cinematografista diciendo "Señor Li, aléjese de su cargo y váyase a su casa".
Un encuestador privado, Victor Yuan, aludió al episodio diciendo que "podría ser el Waterloo político del señor Li", pero es saludable que la gente reaccione ante esos casos donde el tráfico de influencias o el dudoso manejo de los fondos públicos convierten a una película insignificante en la punta visible del témpano de una corrupción sobre la cual en China se habla cada día con más amplitud y más soltura.