Quién puede discrepar con la idea de utilizar los recursos naturales, de tal manera que "gastemos los intereses sin tocar el capital"? Es la única estrategia que le promete un futuro viable a la humanidad. Este concepto básico se puede definir con una palabra: conservación. Y es, además, el principio filosófico del desarrollo sostenible. Estamos hablando de trabajar por el bienestar de los pueblos actuales y futuros. Hace más de medio siglo se creó una peculiar organización internacional, con el fin de ayudar a las sociedades del orbe a vivir mejor, poniendo el énfasis en la conservación de la diversidad biológica.
La Unión Mundial para la Naturaleza (UICN), es una institución sui géneris en cuanto nuclea tanto a gobiernos como a organizaciones no gubernamentales, y sustenta sus estrategias en el aporte técnico brindado por más de diez mil especialistas, pertenecientes a 180 países. Por ello constituye la red de conocimiento ambiental más grande del mundo. Acaba de finalizar el III Congreso Mundial de la Conservación de la UICN en la capital tailandesa de Bangkok. Acontecimiento que debería concitar la atención mundial. Sin embargo, pasa desapercibido, como tantos otros foros internacionales, quizás porque en su obsesión de concentrar los esfuerzos impulsando la investigación y la concreción de proyectos de conservación, olvidó o subestimó la importancia de contar con una buena estrategia institucional de difusión, de comunicación con las comunidades locales, y también el valor del empoderamiento como piedra angular de toda propuesta de desarrollo.
Quizás la principal idea emergente del congreso es comprender que al poner en práctica medidas de conservación se está ayudando a reducir la pobreza y a mantener la salud del planeta. Es un doble objetivo que tiene que ser complementario. Aún luchamos contra la falsa premisa de que, hablar de conservación significa pensar en parques nacionales o programas que eviten la extinción de una determinada especie estrella. Por esa razón resultó un gran acierto de la reunión de Bangkok, al reivindicar el papel múltiple que desempeña la conservación, tanto en la consolidación de la paz, como en su contribución con la seguridad alimentaria, el desarrollo económico, la reducción de la pobreza, la protección de los recursos hídricos, y la promoción de la salud física y espiritual de las personas. Como estaba previsto, del congreso emergió un nuevo presidente. La distinción recayó sobre el sudafricano Valli Moosa, quien remarcó que la conservación se debe incorporar a nuestras prácticas cotidianas y a nuestra persona, añadiendo que el éxito de la organización dependerá de lograr involucrar a mucha más gente.
Como vemos, una y otra vez reaparece la idea de la participación popular. El "cómo" quizás sea el desafío inmediato más exigente. Pasa por mejorar e incrementar la comunicación y educación de calidad. De lo aprobado en el congreso destacamos dos moratorias.
La primera, aconseja detener la liberación al ambiente de nuevos organismos genéticamente modificados. La segunda, está dirigida a la Asamblea General de Naciones Unidas, para que adopte en 2005 una moratoria de la pesca de arrastre de fondo en aguas internacionales. Los desastres ocasionados por esta práctica devastadora de la biodiversidad, deben ser detenidos de inmediato. Para el 2006, esta prohibición deberá extenderse a los pesqueros regionales. Por último, se aprobó la recomendación para la Cuenca del Plata. Consiste en darle alta prioridad a la conservación y uso racional al denominado corredor de humedales del litoral fluvial argentino (planicie aluvial de los ríos Paraná y Paraguay); algo que deberá extenderse luego a otras regiones de la cuenca.