Un hombre queda atrapado en el aeropuerto Kennedy de Nueva York. Proviene de Europa oriental, en su país acaba de producirse un golpe de Estado que le invalida el pasaporte y por lo tanto no puede entrar en Estados Unidos ni tampoco tomar un avión de regreso. Está confinado a un área de tránsito donde deberá permanecer indefinidamente como un apátrida sin recursos y sin auxilio de las autoridades. El caso fue real, le ocurrió a un ciudadano iraní en el aeropuerto parisino de Roissy hace dieciséis años y sobre esa historia de angustia y papeleos ya hubo en 1994 una película francesa que ilustraba tales penurias de las aduanas contemporáneas. Ahora el magnate Steven Spielberg vuelve sobre el episodio, pero lo traslada a la otra vereda del Atlántico con Tom Hanks como viajero perteneciente a una república imaginaria (Karkozhia), con el agravante de que ese turista sólo balbucea cuatro palabras de inglés.
El asunto pudo ilustrar la intrincada complejidad del pase de fronteras en un mundo donde los habitantes de países pequeños pueden tener problemas en la puerta de ingreso a los países grandes, pero sobre todo pudo convertirse en una broma (de humor negro, quizás) sobre las trabas e interrogatorios que los aeropuertos norteamericanos de hoy imponen a cualquier viajero ante los riesgos de atentados y terrorismo. La película elige en cambio el camino de una fábula que habría encantado hace sesenta años al realizador Frank Capra, un humanista acaramelado que solía contar historias a propósito de individuos excéntricos cuyas dificultades eran redimidas por la solidaridad del prójimo. En este caso, el protagonista sufrirá algunas miserias propias de la soledad, el aislamiento y el abandono, pero será rescatado por el afecto de un policía negro, un limpiador hindú, un operario chicano y hasta un funcionario yanqui que termina simpatizando con su causa. El resultado es idéntico a los amables zoológicos de Disney, por no hablar del intento de adornar con esa fauna una variante de las Naciones Unidas bajo el arcoiris de un cuento de hadas.
Quien haya visto algunas películas de Spielberg sabe que detrás de la aventura (Tiburón, ET el extraterrestre) a menudo asomaba una insinuación sobre la intolerancia o la hipocresía de los centros de poder. Aquí esa entrelínea se ha evaporado en beneficio de una alternativa donde la humanidad entera auxilia a un individuo perdido, sin otra intención que la de zambullir al espectador en el cloroformo de una comedia sentimental y patriótica. Parece llamativo que Spielberg haya invertido muchos millones de dólares en la idea, aunque ese derroche puede ser una manera de desprenderse de una moneda desvalorizada, pero el gasto —descomedido y visiblemente abultado como es— incluyó no sólo la reconstrucción de enormes espacios de la terminal JFK en un galpón de Hollywood, sino también el pago de los salarios de Tom Hanks como descolorido protagonista y de Catherine Zeta Jones —su ángel de la guarda— con quien Hanks mantiene un idilio que pasará a las antologías del cine candoroso y el amor improbable.
Los candidatos dispuestos a permanecer sentados ante la kilométrica extensión del producto, podrán registrar la anemia de situaciones y diálogos que no sólo se prolongan sino que además se reiteran temiblemente. Cabe imaginar lo que habrían hecho con el asunto ciertos libretistas como Billy Wilder o Stanley Shapiro, pero lo que aquí debe decir y hacer el personaje explica que el juego de Hanks sea monocorde y casi siempre apagado, aunque ello confirma de paso que es un actor más limitado de lo que permiten creer sus premios de la Academia. Al final, el espectador compartirá la siguiente duda: no se sabe si es peor el letargo del planteo o el pecado casi cínico de trivializar la suerte de los desgraciados que no pueden salir de un aeropuerto, situación cuyo dramatismo conocen quienes se han visto impedidos de cruzar el umbral de migraciones o quienes han sido expulsados mediante una veloz repatriación.
En la escena final sólo faltan Condoleezza Rice o Donald Rumsfeld para ayudar al protagonista a cargar sus maletas y abrirle la puerta del taxi.
critica | JORGE ABBONDANZA
LA TERMINAL
The Terminal
Director. Steven Spielberg.
Libreto. Sacha Gervasi, Jeff Nathanson, sobre historia de Andrew Niccol y Sacha Gervasi.
Fotografía. Janusz Kaminski.
Música. John Williams.
Productores. Walter F. Parkes, Laurie MacDonald, Steven Spielberg.
Elenco. Tom Hanks, Catherine Zeta-Jones, Stanley Tucci, Chi McBride, Diego Luna, Barry Shabaka Henley, Kumar Pallana, Zoé Saldana, Eddie Jones.
l Estados Unidos 2004.