Un rasgo común impera en las democracias contemporáneas económicamente desarrolladas y también en las que avanzan hacia el desarrollo económico o acaban de lograrlo: que, en ellas, el partido que representa a la centroizquierda coincide con el partido que representa a la centroderecha en el mantenimiento de una política de Estado de orientación capitalista. La distancia entre la centroizquierda y la centroderecha, que ya no se marca en lo económico, sigue marcándose en temas morales ligados a las costumbres, como, entre otros, el matrimonio entre homosexuales.
Este rasgo del consenso económico y del disenso moral entre las dos fuerzas políticas predominantes de las democracias contemporáneas se confirmó en la reciente elección presidencial norteamericana. Durante la campaña, el vencido Kerry y el vencedor Bush demostraron ser ambos capitalistas, pero en tanto Kerry tenía una posición "liberal" (liberal, que en inglés es un sinónimo de lo que aquí entendemos por "progresista") en temas como el matrimonio entre homosexuales, la centroderecha que encarna Bush logró que ese tipo de "matrimonio" fuera prohibido directamente por amplias mayorías populares en once estados.
Si el consenso económico entre las dos fuerzas políticas principales es un rasgo universal de las democracias desarrolladas, es algo más todavía que eso en aquellos países que denominamos "crucero", es decir, que acaban de cruzar o están por cruzar la barrera que separa el subdesarrollo del desarrollo, puesto que el "cruce" de esa barrera ha sido posible precisamente a partir del vuelco de sus fuerzas de centroizquierda al consenso económico con la centroderecha.
Tal fue, notoriamente, el caso de España. En 1982, cuando la democracia española renacía, llegó al poder el socialista Felipe González. Contradiciendo la larga tradición anticapitalista del socialismo, el gobierno de González tardó muy poco en sumarse al consenso capitalista con el Partido Popular, de centroderecha. Fue a partir de entonces que ya no se dudó de que la política económica de España, gobernaran populares o socialistas, seguiría la misma senda. De ahí en más, manteniendo un crecimiento económico sostenido durante décadas, España cruzó la frontera entre el subdesarrollo y el desarrollo.
Otro caso notable es el de Chile. En 1990, el dictador Pinochet cedió el poder a la Concertación de los Partidos para la Democracia, de centroizquierda, la que, sin embargo, continuó la política económica que Pinochet había impuesto con su ministro Büchi desde mediados de los años ochenta, convirtiéndola de este modo en una política de Estado. Desde hace veinte años, así, Chile viene creciendo a un ritmo tal que permite pronosticarle en pocos años más el destino de los países crucero.
En 2003, el presidente brasileño Fernando Enrique Cardoso cedió la presidencia al líder de la izquierda Luiz Inácio Lula da Silva. Contra lo que muchos suponían, el nuevo presidente mantuvo al Brasil en el curso de la política económica capitalista que había heredado de su antecesor. Pactó con el Fondo Monetario Internacional un superávit fiscal del 4,25 por ciento del producto bruto y debió soportar más de un año de recesión, con el consiguiente desgaste de popularidad, hasta que Brasil remontó vigorosamente la cuesta y hoy apunta a una vía "chilena" de consenso económico entre la centroderecha y la centroizquierda.
Si el presidente uruguayo recientemente elegido, Tabaré Vázquez, que viene de la izquierda, realiza un giro semejante al de Lula, también su país se sumará al consenso económico de chilenos y brasileños. Es probable que intente algunos cambios hacia la izquierda desde la herencia de centroderecha que recibe de colorados y blancos en materias tales como los derechos humanos, pero al nombrar ministro de Economía al moderado Danilo Astori ha dado la señal de que el Uruguay podría continuar el camino económico del presidente saliente Jorge Batlle.
Argentina, en tanto, ¿está en condiciones nuestro país de sumarse al modelo político y económico de España, Chile, Brasil y Uruguay? Un punto a favor en este análisis es que hoy tenemos un gobierno de centroizquierda y que, siendo la marca de los países crucero el giro hacia el capitalismo de los gobiernos de centroizquierda, tendríamos al menos esa condición básica para que pudiera darse entre nosotros el giro salvador del proceso de crecimiento de largo plazo.
Faltan, sin embargo, algunas cosas. Desde el momento en que su lenguaje continúa siendo típico de la izquierda premoderna, anterior al giro de otras izquierdas contemporáneas, todavía quedan algunos interrogantes sin responder al lado del actual presidente. Si marcha hacia el capitalismo, ¿podrá disimularlo en todo caso con un lenguaje opuesto? Este "doble mensaje" no permitiría a los inversores, esenciales para nuestro desarrollo saber a qué atenerse sobre el futuro del capitalismo en la Argentina.