He leído de un tirón la última novela de Gabriel García Márquez, titulada "Memoria de mis putas tristes" (Sudamericana/Mondadori). Un título de "Gabo", sin dudas. Es un texto breve pero no por ello menos intenso que otros, y está compuesto con encanto. Acaso deba decir que le falta la magia, aquel arcoiris amplio que se desprendía de sus novelas y cuentos situados en Macondo, más cortos, de iguales dimensiones o más extensos. Pero esto, por otra parte, es lo de menos. Porque no sabemos (ni importará a ninguno de sus lectores), si se trata de un cuento largo, de una "nouvelle", como dirían los franceses, o lisa y llanamente de una novela.
La historia es sencilla y a ella, van luego sumándose, por aquí y más allá, algunas breves digresiones que sirven para dar una idea cabal del personaje y su mundo, y ponen una cuota de delicadeza en la historia de este nonagenario que aspira a pasar la noche de su cumpleaños acompañado por una jovencita virgen. Eso es todo. Pero decirlo, de ese modo, es nada; es traicionar la novela, como diría Borges, porque a medida que la misma fluye, el lector va acercándose a los días del joven huérfano, de "soltero sin porvenir", a sus tiempos de periodista mediocre y crítico de música, sus participaciones sin éxito en los Juegos Flores de Cartagena. Y, en su alta ancianidad, a su pasar de jubilado, tiempo en el que prosigue escribiendo, a mano, a pluma, en estos tiempos del ordenador de palabras, su columna de siempre, que atraviesa décadas y le depara no pocas satisfacciones.
Pero, cada tanto, aquí y allá, sobresale y nos asalta de súbito, esa prosa poderosa de García Márquez, que centellea con fuerza. Ese vigor instintivo, que ha sido, sigue siendo su sello, y que es capaz de provocar un grato desacomodo en el lector. Por ejemplo, hablando de su padre dice: "amaneció muerto en su cama de viudo". En un cine abierto, donde se pasaban las películas al aire libre, los espectadores podían a veces verse sorprendidos por "un eclipse de luna" o bien enfermar por culpa de "un aguacero descarriado". O bien puede escribir estas palabras: "el veneno mortal estaba en una foto panorámica del personal...." ¿Por qué? Pues en ella se vio, joven, "con espejuelos metálicos de seminarista présbita", y luego descubrió que de todos ellos quedaban cuatro vivos. "Mudos de alma" le parecen los animales. Y advierte que la gente envejece mucho más en los retratos que en la realidad. Estos destellos, y el final delicado del libro, púdico y límpido, dan a esta última novela de García Márquez (acaso por eso la tapa lo muestra yéndose), un carácter seductor.
En un tiempo en que las novelas que leemos parecen empresas tediosas o fláccidas, esta breve historia de García Márquez es muy disfrutable. El autor se regocija con su personaje, no le falta ingenio, y tiene momentos conmovedores. Y eso es la literatura. Trascender, sacar consecuencias, mirar desde lo alto. Y este libro brinda esas cosas gracias al andar del tiempo, a estas mujeres tristes y hombres singulares, y, especialmente, al mohín cariñoso del estilo cuyo perfume dura hasta la palabra fin.