Días después

Enrique Beltrán

Las urnas se pronunciaron y nos dijeron que el Dr. Tabaré Vázquez será el presidente de los orientales por el próximo lustro. Como ya lo señalamos, ante el libre pronunciamiento de nuestro pueblo, abrimos una carta de crédito a quien será nuestro presidente. Hacemos votos para que al final de su gestión, nos deje un país más libre, más justo, más culto, más rico, más tolerante en su diversidad y más orgulloso de su historia y de la calidad humana de su gente. El Partido Nacional jamás apostó a las desdichas de la patria, para mejorar sus resultados electorales, por lo que no podían ser otros su voluntad y sus deseos.

Fue a la postre la globalización, tan combatida por algunos sectores de la izquierda, la que se buscó y se la practicó para abrir camino a los vientos, que por encima de las fronteras, trajeran su victoria. Jugó un papel decisivo en el resultado de la jornada electoral, así como en la excepcional resonancia internacional que ha tenido su triunfo. Como si la rotación de los partidos políticos en el poder fuera en el país una novedad que le fuese recién descubierta con la victoria de la coalición de izquierda.

Fue a partir del último domingo de noviembre de 1958 una conquista definitivamente incorporada a nuestras costumbres cívicas, con la victoria del Partido Nacional. Ahí si doblemente histórica: porque daba efectividad a una conquista democrática que no funcionaba, y porque era un partido que llegaba a disponer del gobierno después de noventa y tres años que había sido despojado de él por la acción de la violencia y de la intervención extranjera.

Bien clavado en su tierra y en sus raíces nadie alardeó, no obstante, de que el país volvía a fundarse, ni que todo empezaba de nuevo, como si la historia de sus luchas, de sus grandes hombres y mujeres y de su gente, se hubieran convertido en un desierto sin huellas, a la espera de nuestra llegada al gobierno. Ni aun en la euforia de la extraordinaria circunstancia, figura alguna del partido padeció de esa altanera ignorancia. Alcanzaba con que se llegara al gobierno por la vía del sufragio, y que se entregara en paz el gobierno que detentaban desde hacía más de nueve décadas, para descubrir que pertenecíamos a una gran corriente que venía de lejos y que nuestros pasos por nuevos que parecieron, eran continuación de los otros que nos abrieron el camino más allá de las profundas transformaciones que significaba esa presencia blanca al frente del gobierno.

El Partido Nacional, a pocos años de su contraste en las urnas, volvió a mostrar su pujanza y su siempre renovada juventud, esta vez de la mano del Dr. Larrañaga. Bien ha hecho el Directorio que preside de anticiparse en anunciar que no aceptará cargos en el nuevo gabinete, de reafirmar a la vez su unidad, y de poner desde ya toda su atención en las elecciones municipales, que pronto se vienen encima. Tiene hoy una responsabilidad de las más altas porque en definitiva encarna el sentimiento y la esperanza de ese otro medio país que no acompañó a los vencedores. Su oposición constructiva será ejemplo de aquello que definiera tan bien Wilson, y que recordara Larrañaga: "al país lo que necesite, al gobierno lo que merezca".

Pocos gobiernos electos han tenido tanto poder, como el que tiene el recientemente ungido. A las mayorías absolutas parlamentarias, se agrega la politización sindical y de buena parte de la enseñanza. Siempre el poder excesivo es riesgoso, si se debilitan los mecanismos de contralor y de equilibrio. Esa es hoy la altísima función del partido, de la que tal vez dependa la conservación de entrañables valores cívicos. El cuidado de su unidad y de su pujanza, se hace entonces mandato de la propia Nación.

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