Gustavo Laborde
Se estrenó en Buenos Aires el documental El arte de resistir, del uruguayo Eduardo Orensetin. La película está dividida en tres capítulos, que el realizador denomina "trincheras", en las que entrevista a creadores de ambas márgenes del Río de la Plata que realizan un tipo de arte marginal tanto en su expresión como en su comercialización. El documental fue ampliamente elogiado por la prensa argentina.
Eduardo Orenstein nació en Montevideo en 1957, pero reside en Buenos Aires desde 1974. Si bien Orenstein es dueño de una librería, siempre estuvo vinculado a la producción audiovisual y muy en especial al periodismo como corresponsal de cadenas como las estadounidenses NBC y CBS, para Televisión Española o la ZDF alemana. En esos trabajos se destaca, entre otros, la cobertura de la toma de la embajada de Japón en Lima en 1996.
El director y guionista de El arte de resistir comentó a El País que este documental inicialmente no fue realizado para ser exhibido en una sala cinematográfica, aunque debido al pequeño auge que está teniendo este género ese fue su destino final. "Siempre me interesó el arte marginal, y lo que hacen estos autores que entrevisté es eso que he dado en denominar el arte de resistir", comenta el uruguayo desde Buenos Aires. Los protagonistas del documental son los uruguayos Diego Portela y Francisco Ros, hacedores de unos macaquitos que gozan de cierta fama en Uruguay; el argentino Yoel Novoa, librero de profesión que sin embargo destruye libros para utilizar su papel en singulares esculturas y Ral Veroni, que imprime diferentes imágenes sobre papel billete ya caducos (resignificando así el rol del dinero).
"Todos ellos tienen algo en común y es la manifiesta vocación de independencia, en especial en cuanto al mercado y al consumo de sus obras de arte. Digamos que ellos no traicionan nunca su discurso", comenta Orenstein. El director agrega que estéticamente los artistas seleccionados no tienen puntos en común, aunque todos tienen una lógica creadora y mercantil afín. "Cuando ellos vieron el documental y vieron lo que hacía cada uno, se dieron cuenta que había una ética en común". El realizador señala a la vez que quizá sean los dos creadores uruguayos los más heroicos, los más refractarios a las imposiciones del mercado.
CRITICA. La prensa argentina saludó este documental que el director ahora quiere estrenar en su Montevideo natal. "El uruguayo Eduardo Orenstein puso su cámara delante de un grupo de artistas tan solitarios como no convencionales, de una y otra margen del Río de la Plata, para que expusieran cada uno a su manera cuáles son las razones que los impulsan a crear (incluso a contracorriente) y cómo producen sus obras, obsesivamente, pensando en ellas desde que se levantan y hasta que se acuestan, incluso cuando duermen", escribió Claudio D. Minghetti en La Nación.
"El videasta retrata a Diego Portela y Francisco Ros, fabricantes de muñecos de madera en Montevideo, que, al margen de toda convención artística y comercial, consiguen dar a sus juguetes el valor agregado de obra única, de pieza de colección. Para ellos, diseñar y construir juguetes es una manera de divertirse que no están dispuestos a cambiar por más dinero que el suficiente, mucho menos a convertir en productos seriados. Cada uno de ellos expone sus inquietudes con firmeza, más allá del sacrificio que significa seguir con otros oficios menos creativos (como el de pintores de brocha gorda) para subsistir", agrega el cronista.
"El segundo de los personajes elegidos es el argentino Yoel Novoa, un librero ‘de viejo’ que, además de comprar y seleccionar publicaciones de otros tiempos para exponer y vender en su quiosco, se dedica a desmenuzar muchos de esos impresos amarillentos por el paso del tiempo, para construir complicadas esculturas de papel mâché (machacado), muchas de ellas basadas en personajes de Jorge Luis Borges y Roberto Arlt", comenta el crítico. "El tercero es Ral Veroni y su obsesión por dar otro sentido a papeles impresos o figuritas, en esta mirada de Orenstein, viejos billetes, papel moneda que convierte en piezas de colección cuando los sobreimprime con igual técnica a la usada para serigrafías. Orenstein deja a cada uno de los personajes expresarse libremente y ellos aceptan participar incluso como si la cámara estuviese apagada. Se detiene en la técnica de cada uno, pero fundamentalmente en la palabra y en el discurso, que va más allá de lo simplemente dicho".
Orenstein comenta a El País que ahora estos artistas pueden hacerse famosos y quizá sus obras terminen en alguna galería de arte. Sería un ironía del destino, y una encrucijada para los artistas.