VEDADO nos está, hoy, domingo de elecciones,
incursionar en temas políticos nacionales. Pero, como
el espacio hay que llenarlo, trataremos de entretener a
los lectores con episodios del anecdotario
parlamentario, que, por cierto, es inagotable.
Don Aureliano Rodríguez Larreta interpelaba a un
Ministro de Obras Públicas, allá por 1914 o 15. Primero
lo acosó con las fallas jurídicas de algunos contratos
celebrados para construir carreteras. Y luego,
floreándose, pasó a señalar errores técnicos en la
construcción de las mismas. Un diputado quiso
entonces darle una mano al ministro.
—Doctor Larreta, terció el colaborador, no vamos a
discutir sus conocimientos jurídicos. Pero no nos
quiera enseñar cómo se hacen las carreteras, cuando
usted no sabe ni con qué materiales se construyen.
—¡Cómo no!, replicó en el acto Don Aureliano. Arena,
piedras blancas y otras porquerías.
Su hijo Eduardo, parlamentario de los más brillantes
que tuvo el país, quiso impedir cierta vez un previsible
incidente entre los doctores Fusco y Stewart Vargas,
vehementes y apasionados ambos. El primero planteó
una cuestión de orden, paso previo al ataque furibundo
a su oponente.
—Presidente, dijo Rodríguez Larreta, estamos tratando
el primer punto del orden del día, que no se puede
interrumpir.
—El señor senador sabe bien que las mociones de
orden son, precisamente, para interrumpir el orden del
día, retrucó Fusco.
—Muy bien, contestó el aludido, pero entonces me
temo que su moción sea de desorden...
Y así fue. A los cinco minutos se armó un batifondo
fenomenal. Hasta relucieron armas. Otra vez, un
presidente inexperto, allá por 1959, lo ve levantar la
mano y le pregunta:
—¿Qué quiere, señor senador?
—¿Y qué voy a querer? ¡Hablar!, replicó Larreta.
Ese mismo año, reunida estaba la Asamblea General
y consideraba las medidas prontas de seguridad a
adoptar en razón de las famosas inundaciones de
aquel año. La situación era crítica en Rincón del
Bonete y el tiempo apremiaba. Pero el legislador cívico
Venancio Flores peroraba sobre las imperfecciones
jurídicas del mensaje del Ejecutivo. Había algunos
ministros en el hemiciclo y uno de ellos señaló al
veterano senador la necesidad de poner fin a aquella
oratoria interminable.
—Muy bien, dijo nuestro fundador. Se levantó, subió los
escalones y salió de sala, dejando confundido a quien
había requerido su colaboración. Pero casi en seguida
se abrió otra puerta del hemiciclo e irrumpió la figura
de Eduardo Rodríguez Larreta, abriendo los brazos y
gritando con voz estentórea:
—¡Estalla la represa!
Asombro y alarma general, que el presidente cortó con
el clásico "se va a votar". Y en el acto se votó.
Clásica es la anécdota de Haedo, cuando adornaba un
discurso con citas bíblicas, lo que motivó la siguiente
interrupción de Luis Batlle Berres:
—No es prudente que el señor senador nos venga con
ese tipo de citas, cuando ha sido un gran pecador.
—En esa materia, nos podemos tratar de tú con el
señor senador, retrucó Haedo sobre la marcha.
DEL antedicho presidente inexperto, se narra una
"gaffe" que constituye un auténtico récord.
Visitaba nuestro país Sukarno, presidente casi vitalicio
de Indonesia. Grande era su cultura y hablaba con
fluidez el castellano. Al término de un banquete en el
salón de fiestas del Palacio Legislativo, improvisó un
breve discurso y pronunció, con su copa de
champagne en alto, el brindis de rigor:
—¡Por Sumatra!, fueron sus palabras.
—¡Por la sutra!, replicó nuestro presidente, blandiendo
también su copa de champagne.
Para el mejor recuerdo han quedado también los
múltiples episodios en que el doctor Martín Echegoyen
hizo brillar su ironía punzante. Un legislador conocido
por sus escasas o ningunas lecturas se parapetó
cierta vez, en la mesa de la sala de una comisión que
iba a considerar el tratado de límites en el río Uruguay,
tras una nutrida biblioteca. Grande fue la sorpresa de
Don Martín al ingresar al recinto y presenciar aquel
sorprendente espectáculo, que le motivó esta
pregunta:
—¿El señor diputado está de mudanza?
Siendo presidente del Senado, convocó a su despacho
a un novel funcionario que había redactado el borrador
de una nota a remitir a un organismo público. Tras las
cortesías de estilo, en las que era experto, le espetó al
azorado joven la siguiente interrogante:
—Mi querido amigo, ¿cree usted por ventura que los
signos de puntuación se distribuyen al azar, como los
papelitos en carnaval?
En el mismo despacho presidencial, recibió un
mediodía a un diputado célebre por sus pocas luces,
que llegó con tardanza a firmar un proyecto de reforma
constitucional, allá por abril de 1966. Wilson Ferreira y
García Costa fueron testigos del episodio.
—¿A qué debo el honor de su presencia?, inquirió Don
Martín a modo de introducción.
—Vengo a firmar, presidente, replicó el demorón.
—¿Y el señor diputado, ha practicado?, fue la estocada
final del gran parlamentario.
MUCHAS, algunas célebres, son también las
anécdotas que jalonan la trayectoria legislativa del
doctor Emilio Frugoni. Rescataremos dos, de las
menos repetidas. En cierta oportunidad, ingresó a la
Cámara Armando Pirotto, ciudadano de valía
intelectual. Lo hizo en calidad de suplente y, durante
algunas sesiones, guardó discreto silencio. Pero una
tarde, pagado ya el derecho de piso, se despachó con
una intervención tan inesperada como acertada.
—El señor diputado "Poroto" se ha anotado un "pirotto",
apuntó en el acto Frugoni.
En la constituyente de 1917 se produjo en debate de
algo vuelo sobre la separación de la Iglesia y el
Estado. Y en medio del torneo oratorio irrumpió de
pronto Frugoni con esta reflexión:
—Señor presidente —Vásquez Acevedo, nada
menos—, no hagamos frases, porque haciendo frases
se pierde, con la mala retórica, la belleza de las
grandes verdades, que, como ciertas mujeres, ganan
mucho desnudas...
Al barrer, no: "ciertas mujeres".
PERO a estos recursos oratorios talentosos, se
contraponen muchísimas anécdotas dignas de
ingresar a alguna antología del disparate. Un juvenil
diputado por Artigas pidió, en plena Asamblea General,
que sus palabras no cayeran "en saco vacío". Y un
colega del mismo departamento creyó del caso, ya que
se iba a derogar el duelo entre las gentes de ciudad,
que se derogara el duelo criollo. Un senador culminó
su evocación de un correligionario fallecido, diciendo
que, al término de sus días, "sus amigos lo llevaron al
cementerio donde había vivido toda su vida". Y otro
senador, al reclamar ayuda gubernamental ante un
terremoto en México, pidió solidaridad para "las
víctimas de ese fenómeno climatérico".
Y otra anécdota del Senado, como colofón. Su
reglamento autorizaba a realizar exposiciones de
media hora, sobre cualquier tema, en la primera
sesión ordinaria de cada mes. Eran instancias harto
tediosas. Un senador suplente, recién ingresado él,
creyó oportuno hastiar a sus colegas con una perorata
de ese carácter. Recabó la autorización de precepto y
su intervención quedó fijada como primer punto del
orden del día de la primera sesión de agosto. Ingresó
luego a sala un colega impuntual y formuló idéntico
petitorio para dicho primer punto del orden del día de la
misma sesión.
Debió aclararle, el doctor Tarigo, que ello no era
posible y que su exposición se haría en segundo
termino.
—¡De ninguna manera!, prorrumpió quien iba a aburrir
primero al Senado. Será para mí un placer escuchar
antes al señor senador Fulano, agregó.
—¡En modo alguno!, retrucó el aludido. El placer y el
honor será mío, en escuchar antes al señor senador
Zutano. Y así siguieron, intercambiando cortesías y sin
arreglar la cuestión.
—Bueno, señores senadores, terció impaciente el
presidente, pónganse de acuerdo con el orden de sus
exposiciones.
—Presidente, ¡que sean simultáneas!, sugirió el
senador Gonzalo Aguirre.