Domingo 31 de octubre de 2004 | Año 87 - Nº 29895
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  - Editorial
Anécdotas del Parlamento

VEDADO nos está, hoy, domingo de elecciones, incursionar en temas políticos nacionales. Pero, como el espacio hay que llenarlo, trataremos de entretener a los lectores con episodios del anecdotario parlamentario, que, por cierto, es inagotable.

Don Aureliano Rodríguez Larreta interpelaba a un Ministro de Obras Públicas, allá por 1914 o 15. Primero lo acosó con las fallas jurídicas de algunos contratos celebrados para construir carreteras. Y luego, floreándose, pasó a señalar errores técnicos en la construcción de las mismas. Un diputado quiso entonces darle una mano al ministro.

—Doctor Larreta, terció el colaborador, no vamos a discutir sus conocimientos jurídicos. Pero no nos quiera enseñar cómo se hacen las carreteras, cuando usted no sabe ni con qué materiales se construyen.

—¡Cómo no!, replicó en el acto Don Aureliano. Arena, piedras blancas y otras porquerías.

Su hijo Eduardo, parlamentario de los más brillantes que tuvo el país, quiso impedir cierta vez un previsible incidente entre los doctores Fusco y Stewart Vargas, vehementes y apasionados ambos. El primero planteó una cuestión de orden, paso previo al ataque furibundo a su oponente.

—Presidente, dijo Rodríguez Larreta, estamos tratando el primer punto del orden del día, que no se puede interrumpir.

—El señor senador sabe bien que las mociones de orden son, precisamente, para interrumpir el orden del día, retrucó Fusco.

—Muy bien, contestó el aludido, pero entonces me temo que su moción sea de desorden...

Y así fue. A los cinco minutos se armó un batifondo fenomenal. Hasta relucieron armas. Otra vez, un presidente inexperto, allá por 1959, lo ve levantar la mano y le pregunta:

—¿Qué quiere, señor senador?

—¿Y qué voy a querer? ¡Hablar!, replicó Larreta.

Ese mismo año, reunida estaba la Asamblea General y consideraba las medidas prontas de seguridad a adoptar en razón de las famosas inundaciones de aquel año. La situación era crítica en Rincón del Bonete y el tiempo apremiaba. Pero el legislador cívico Venancio Flores peroraba sobre las imperfecciones jurídicas del mensaje del Ejecutivo. Había algunos ministros en el hemiciclo y uno de ellos señaló al veterano senador la necesidad de poner fin a aquella oratoria interminable.

—Muy bien, dijo nuestro fundador. Se levantó, subió los escalones y salió de sala, dejando confundido a quien había requerido su colaboración. Pero casi en seguida se abrió otra puerta del hemiciclo e irrumpió la figura de Eduardo Rodríguez Larreta, abriendo los brazos y gritando con voz estentórea:

—¡Estalla la represa!

Asombro y alarma general, que el presidente cortó con el clásico "se va a votar". Y en el acto se votó.

Clásica es la anécdota de Haedo, cuando adornaba un discurso con citas bíblicas, lo que motivó la siguiente interrupción de Luis Batlle Berres:

—No es prudente que el señor senador nos venga con ese tipo de citas, cuando ha sido un gran pecador.

—En esa materia, nos podemos tratar de tú con el señor senador, retrucó Haedo sobre la marcha.

DEL antedicho presidente inexperto, se narra una "gaffe" que constituye un auténtico récord.

Visitaba nuestro país Sukarno, presidente casi vitalicio de Indonesia. Grande era su cultura y hablaba con fluidez el castellano. Al término de un banquete en el salón de fiestas del Palacio Legislativo, improvisó un breve discurso y pronunció, con su copa de champagne en alto, el brindis de rigor:

—¡Por Sumatra!, fueron sus palabras.

—¡Por la sutra!, replicó nuestro presidente, blandiendo también su copa de champagne.

Para el mejor recuerdo han quedado también los múltiples episodios en que el doctor Martín Echegoyen hizo brillar su ironía punzante. Un legislador conocido por sus escasas o ningunas lecturas se parapetó cierta vez, en la mesa de la sala de una comisión que iba a considerar el tratado de límites en el río Uruguay, tras una nutrida biblioteca. Grande fue la sorpresa de Don Martín al ingresar al recinto y presenciar aquel sorprendente espectáculo, que le motivó esta pregunta:

—¿El señor diputado está de mudanza?

Siendo presidente del Senado, convocó a su despacho a un novel funcionario que había redactado el borrador de una nota a remitir a un organismo público. Tras las cortesías de estilo, en las que era experto, le espetó al azorado joven la siguiente interrogante:

—Mi querido amigo, ¿cree usted por ventura que los signos de puntuación se distribuyen al azar, como los papelitos en carnaval?

En el mismo despacho presidencial, recibió un mediodía a un diputado célebre por sus pocas luces, que llegó con tardanza a firmar un proyecto de reforma constitucional, allá por abril de 1966. Wilson Ferreira y García Costa fueron testigos del episodio.

—¿A qué debo el honor de su presencia?, inquirió Don Martín a modo de introducción.

—Vengo a firmar, presidente, replicó el demorón.

—¿Y el señor diputado, ha practicado?, fue la estocada final del gran parlamentario.

MUCHAS, algunas célebres, son también las anécdotas que jalonan la trayectoria legislativa del doctor Emilio Frugoni. Rescataremos dos, de las menos repetidas. En cierta oportunidad, ingresó a la Cámara Armando Pirotto, ciudadano de valía intelectual. Lo hizo en calidad de suplente y, durante algunas sesiones, guardó discreto silencio. Pero una tarde, pagado ya el derecho de piso, se despachó con una intervención tan inesperada como acertada.

—El señor diputado "Poroto" se ha anotado un "pirotto", apuntó en el acto Frugoni.

En la constituyente de 1917 se produjo en debate de algo vuelo sobre la separación de la Iglesia y el Estado. Y en medio del torneo oratorio irrumpió de pronto Frugoni con esta reflexión:

—Señor presidente —Vásquez Acevedo, nada menos—, no hagamos frases, porque haciendo frases se pierde, con la mala retórica, la belleza de las grandes verdades, que, como ciertas mujeres, ganan mucho desnudas...

Al barrer, no: "ciertas mujeres".

PERO a estos recursos oratorios talentosos, se contraponen muchísimas anécdotas dignas de ingresar a alguna antología del disparate. Un juvenil diputado por Artigas pidió, en plena Asamblea General, que sus palabras no cayeran "en saco vacío". Y un colega del mismo departamento creyó del caso, ya que se iba a derogar el duelo entre las gentes de ciudad, que se derogara el duelo criollo. Un senador culminó su evocación de un correligionario fallecido, diciendo que, al término de sus días, "sus amigos lo llevaron al cementerio donde había vivido toda su vida". Y otro senador, al reclamar ayuda gubernamental ante un terremoto en México, pidió solidaridad para "las víctimas de ese fenómeno climatérico".

Y otra anécdota del Senado, como colofón. Su reglamento autorizaba a realizar exposiciones de media hora, sobre cualquier tema, en la primera sesión ordinaria de cada mes. Eran instancias harto tediosas. Un senador suplente, recién ingresado él, creyó oportuno hastiar a sus colegas con una perorata de ese carácter. Recabó la autorización de precepto y su intervención quedó fijada como primer punto del orden del día de la primera sesión de agosto. Ingresó luego a sala un colega impuntual y formuló idéntico petitorio para dicho primer punto del orden del día de la misma sesión.

Debió aclararle, el doctor Tarigo, que ello no era posible y que su exposición se haría en segundo termino.

—¡De ninguna manera!, prorrumpió quien iba a aburrir primero al Senado. Será para mí un placer escuchar antes al señor senador Fulano, agregó.

—¡En modo alguno!, retrucó el aludido. El placer y el honor será mío, en escuchar antes al señor senador Zutano. Y así siguieron, intercambiando cortesías y sin arreglar la cuestión.

—Bueno, señores senadores, terció impaciente el presidente, pónganse de acuerdo con el orden de sus exposiciones.

—Presidente, ¡que sean simultáneas!, sugirió el senador Gonzalo Aguirre.


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