Me resulta particularmente difícil encontrar tema para este domingo: los uruguayos estamos acaparados por la expectativa electoral. No obstante ello —y sin recurrir a generalidades piadosas del tipo "piense bien lo que va a votar"— hay algo que tiene estrecha relación con lo que está sucediendo y que viene bien traerlo a colación justo hoy que se vota. Me refiero a la reforma constitucional que dio origen al sistema electoral vigente.
En 1995 escribí tres artículos exponiendo mi visión contraria a la reforma constitucional que se estaba pergeñando: uno en El Observador, otro en Cuadernos de Marcha y una carta en Búsqueda. Hoy, en el día en que tienen lugar las elecciones, las prevenciones contenidas en aquellos artículos se ponen a prueba frente a lo que está sucediendo: que el lector saque sus conclusiones.
En el año 1995 funcionaba una coalición de gobierno muy estrecha. Para mi gusto era eficaz y beneficiosa para el país; quitando lo subjetivo, nadie puede negar que era estrecha. Ese hecho político desarmaba el principal argumento a favor de la reforma (me refiero a los argumentos confesables) que consistía en adjudicarle al viejo sistema una derivación insalvable hacia el bloqueo. En virtud de la ley de lemas y del doble voto simultáneo los presidentes llegaban al cargo con un 18% o 22% de los votos y debían empeñarse todo el tiempo (demasiado tiempo) en conseguir apoyos para cualquier medida. Pero la coalición que funcionaba demostraba que el problema se podía superar sin reformar la Constitución ni toquetear el sistema electoral. No obstante esas evidencias la reforma fue trabajosamente empujada y al final salió (a gatas). Se impuso la cantilena, repetida hasta el cansancio por la izquierda y por ciertos intelectuales majaderos que nunca entendieron la política uruguaya, de que el voto era tan secreto que ni el mismo votante sabía por quien votaba, ya que su voto por el candidato A podía terminar en el candidato B. El argumento era nulo porque a través de generaciones el uruguayo común había aprendido cómo funcionaba el sistema y cuál era su lógica.
El viejo sistema electoral tenía su sabiduría; veamos la descripción que hacía Solari: "lleva a un pacto implícito por el cual la oposición no irá demasiado lejos ni el gobierno tampoco" (...) "En este sentido todo parece conducir a la relatividad de la distinción entre el poder y el llano, entre los que ganan y los que pierden" (...) "El arte del equilibrio y del compromiso dentro del conflicto son aparentemente la esencia del arte político uruguayo" (Aldo Solari: "Estudios sobre la sociedad uruguaya" T. II, pág. 154).
Es bien sabido que todas las realizaciones humanas son imperfectas y que aún lo bueno tiene sus puntos flacos. El viejo sistema ofrecía un encare pragmático, plástico, eminentemente dinámico, manejable y corregible sobre la marcha, pero el elenco político uruguayo, primero abusó del arte del equilibrio hasta desnaturalizarlo y luego, fastidiado de su propio abuso, lo abolió. El nuevo sistema electoral conduce a la bipolaridad (el balotaje lo disputan dos). So pretexto de darle mayor respaldo al Presidente se parte en dos al electorado y al país.
En el presente el nuevo sistema ha forzado una convergencia entre el Partido Nacional y el Partido Colorado que aparecen —aunque no lo sean— como formando una misma familia ideológica. Eso, según J. Lanzaro, hace que "encuentren dificultades para cultivar sus respectivas identidades y hacer valer sus vetas de tradición, articular opciones distintas y competir entre ambos de cara al tercer partido" (...) "La bipolaridad genera fenómenos de concentración interna, ha perjudicado a las tendencias de centro y a los núcleos más progresistas de los partidos tradicionales. (La Izquierda Uruguaya, Fin de Siglo, pág. 60).
El sistema electoral vigente no es la causa de la división que sufre el Uruguay, pero la institucionaliza y hace más difíciles los remedios y contrapesos. En la instancia que se está dilucidando hoy, amén de haberse frustrado los propósitos inconfesables, el resultado va a ser o bien un presidente sin mayoría parlamentaria (más bien, con un Parlamento en contra) o bien un presidente sin oposición. Ambas situaciones son poco recomendables.