A medida que pasan los meses y se van aminorando los efectos más severos de la crisis se pueden desgranar en detalle las diferencias que existieron —y que en algún caso subsisten— entre los cuadros técnicos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el equipo económico del gobierno sobre operaciones cruciales para el manejo de la deuda y la reestructura del Banco República.
Primero se conoció el detalle las llamadas que hubo entre el presidente Jorge Batlle y el entonces número tres del Fondo, Eduardo Aninat, quienes divergían sobre la salida antes del préstamo puente de Estados Unidos y el posterior apoyo de los multilaterales.
Casi un año después cuando se decidió el canje de deuda, los cálculos con los que se marcó la sustentabilidad del pago también se hicieron con las previsiones más conservadores aconsejadas por el Fondo.
Ayer un integrante del grupo que negoció en los momentos más duros de la crisis y del canje reconoció que las previsiones del Fondo siempre fueron más pesimistas que las del gobierno. Por ejemplo, mientras en el equipo económico se creía posible que el peso se apreciaría frente al dólar tal como sucedió, para los técnicos del FMI el proceso iba a ser más lento. La semana pasada el jefe de la misión Andrew Wolfe reconoció a El País que la reducción de la deuda como porcentaje del Producto Interno Bruto fue más rápida que la prevista por el organismo y que la baja del dólar "ayuda" al gobierno a la hora de pagar las obligaciones. El portavoz para América Latina del FMI, Francisco Baker, dijo ayer a El País desde Washington que "las primeras conclusiones indican que el fuerte crecimiento (de la economía) y el mantenimiento de los tipos de interés más bajos han mejorado la situación de la deuda uruguaya".
Una historia aparte fueron la creación del fideicomiso del Banco República y la salida de la reprogramación de los depósitos de la entidad que se aprobaría entre esta semana y la próxima.
Otro de los cuadros de gobierno que participó activamente de todas las negociaciones, relató en reserva las maratónicas reuniones donde se trató de convencer a los técnicos sobre la viabilidad de desprogramar los depósitos. Se mostró incluso que con un nivel de permanencia de los depositantes por debajo del 60% y 70% no se erosionaría la liquidez del banco, lo que igual despertaba reticencias.
En el caso del fideicomiso en el FMI hubo desde siempre cierta aversión al mecanismo y sus técnicos se pronunciaban por dar la gestión de la cartera de difícil recuperación a privados. La permanencia de los depositantes por encima del 90% y la recuperación del fideicomiso que le permitiría adelantar un año los pagos al banco darían la razón —hasta ahora— al optimismo oficial.