Los títulos se venden

DURANTE siglos, ciertas universidades británicas han gozado de un prestigio internacional difícilmente comparable. Ahora esa imagen muestra algunas grietas, ateniéndose a lo que ha informado el diario The Observer, en cuyas páginas pudo leerse una información inusitada: "muy necesitadas de fondos, algunas universidades británicas están otorgando diplomas a estudiantes que deberían haber sido aplazados, lo cual sucede porque a cambio obtienen lucrativas matrículas". Los estudiantes de esas célebres instituciones —sobre todo los extranjeros que cursan en ellas— pueden llegar a pagar hasta 55.000 dólares para lograr una licenciatura en administración de empresas, por ejemplo, cifra que permite tener idea de los ingresos que nutren a tales centros de estudio. En función del aspecto económico y de los desequilibrios presupuestales, unos cuantos catedráticos y directivos han impartido instrucciones para que los profesores sean indulgentes y permitan que alumnos de rendimiento dudoso aprueben sus exámenes para que sigan pagando.

EL fenómeno, que debe haber sobresaltado a muchos británicos confiados en que sus universidades seguían siendo organismos de conducta sacrosanta, abarca no sólo a Oxford sino también a Swansea, Bournemouth y Londres: desde esos puntos ha crecido un rumor que "se ha convertido en escándalo, girando en torno a la venta de diplomas". Abarca "desde las instituciones más prestigiosas hasta antiguos politécnicos y tanto a diplomas de graduación como de postgrado" incluyendo estudiantes locales y extranjeros, que pagan bastante más que los nativos. "El escándalo está minando los patrones académicos" declaró un catedrático a The Observer, aunque ese y otros profesores no han admitido que trasciendan sus nombres "por temor a perder sus trabajos".

HAY empero datos muy concretos sobre el caso: un titular del Departamento de Informática, Ingeniería y Diseño de la Universidad de Bournemouth envió un e-mail a su personal "pidiendo que minimizara la cantidad de alumnos reprobados" solicitud que se formuló al comprobar una caída en la cantidad de inscripciones. Ese e-mail agregaba: "exhorto a todo el personal académico encargado de calificar exámenes, a poner especial atención en aquellos alumnos que reciban calificaciones ubicadas justo por debajo de lo necesario para aprobar y les ruego que asignen los puntos adicionales faltantes en caso de que sea adecuado". La presión que contienen esas líneas permite imaginar el clima que se vive en torno a tales calificaciones y pedidos de la superioridad, pero todo se aclara cuando "uno piensa que cada estudiante aporta por lo menos un ingreso de cerca de 8.300 dólares".

EL rigor, la severidad, la disciplina, la integridad académica y la exigencia para formar a los estudiantes, parecían rasgos inseparables de las mayores universidades de Occidente, por no hablar de la honradez de esos institutos y de la limpieza de su régimen de pruebas y exámenes. Pero la realidad demuestra lamentablemente lo contrario. Atendiendo al creciente flujo de estudiantes extranjeros (que en Gran Bretaña saltó desde los 7.000 que había hace poco a los 33.000 actuales, y que son el sector del alumnado que paga más) se han desarrollado esos métodos para retenerlos y hasta recompensarlos, teniendo en cuenta que el costo de su formación les exige desembolsos hasta seis veces más elevados que los de un condiscípulo británico. Quienes no pertenecen a la Unión Europea dejan en las arcas de universidades inglesas unos 1.100 millones de dólares al año.

UN norteamericano inscripto en Oxford en los cursos de Historia y Teología dijo haber recibido "las calificaciones más altas que se otorgan en Gran Bretaña", lo cual provocó su sorpresa: "La mayor parte del tiempo que estuve allí —agregó— me pregunté si podría escribir a propósito una tesis malísima y aún así recibir elogios de mi coordinador, sólo porque yo significaba una inversión importante para la universidad". El panorama inquieta no sólo por los hechos concretos sino porque parece un síntoma de otras degradaciones a nivel educativo, cívico y cultural. El dato alentador, en todo caso, consiste en que el fenómeno ha sido denunciado y ello podrá acarrear algún control que permita superar una crisis de valores tan triste.

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