Un estudio realizado por una especialista en sociología de la educación y publicado por Unesco dentro del título "Violencia en el espacio escolar en América Latina", confirma que a nivel de educación secundaria, muchos alumnos demuestran desinterés por el estudio, se manifiestan contra el liceo y protagonizan hechos de violencia. Frente a ello, hay escasez de personal en los centros educativos y los docentes a menudo sienten que no pueden controlar situaciones de indisciplina que van desde alumnos que entran y salen por ventanas, se visten en forma inadecuada, se expresan incorrectamente y hasta llegan, en casos extremos, a la violencia física.
Evidentemente, la educación pública de niños y adolescentes está en Uruguay en un momento crítico. Para superar esto es necesario atender varios factores. Por ejemplo, hay profesores con sueldos inadecuados, quienes no tienen el estímulo necesario para revertir las citadas situaciones. Si pensamos que un profesor con décadas de experiencia, de séptima categoría (o sea la más alta), con el máximo de horas de clase recibe un sueldo mensual de unos ocho mil pesos, vamos entendiendo.
La falta de ayudantes adscriptos, que a veces en número de dos o tres deben atender a cientos de alumnos, así como la escasez de planes concretos que contrapesen las acuciantes realidades, son temas coadyuvantes.
Se repite machaconamente que la enseñanza necesita más recursos. No hay duda de que los recursos son sí necesarios, si atendemos a hechos como el visible deterioro de los edificios liceales o los magros sueldos de docentes.
Pero, ¿y la responsabilidad estudiantil? La inconducta, la violencia, la incuria, dentro de un sistema educativo gratuito, son inaceptables. Está calculado que los repetidores y desertores de los cursos de Secundaria tienen un costo anual de casi 19 millones de dólares. ¿Por qué? Porque nada menos que apenas dos de cada diez jóvenes finalizan el ciclo básico en los liceos públicos, a la edad en que en teoría deberían hacerlo.
El costo por alumnos egresado algo más que triplica al que surgiría de un sistema sin repetición ni deserción.
La juventud uruguaya requiere ser contemplada. Atendida. Porque esa juventud que es el futuro del país, no puede vivir desnorteada.