Era un compromiso ineludible condenar a los terroristas que secuestraron a 1.300 personas en una escuela de Beslán, capital de Osetia del Norte, operativo que determinó la muerte de más de trescientos de esos rehenes, la mitad de los cuales eran niños. El episodio motivó frases dramáticas de parte de dirigentes mundiales y la salida a la calle de 130.000 moscovitas que se aglomeraron en la Plaza Roja para repudiar el terrorismo bajo el redoble de las campanas de la catedral de San Basilio. Seguramente no hay nada más estremecedor que la muerte violenta de niños en circunstancias como las de esa escuela de Osetia, y por ello la conciencia de la humanidad respondió como debía. Esa reacción popular fue un gesto de identificación con la inocencia profanada y un llamado de atención sobre el desprecio por el valor de la vida, ni más ni menos.
El pavor con que la gente encara los actos de brutalidad donde muere el prójimo, tiene sin embargo sus altibajos. En Buenos Aires, 200.000 personas respondieron hace cinco meses a la convocatoria de Juan Carlos Blumberg para manifestar en la calle su rechazo a los secuestros extorsivos —en uno de los cuales había sucumbido el hijo de ese hombre— pero sería difícil reunir a una multitud similar para protestar en una plaza pública por los once millones de pequeños huérfanos africanos que deja el sida en ese continente donde escasea la asistencia sanitaria. Médicos sin Fronteras, una admirable organización que opera a escala internacional, denunció el gasto mundial en armamentos y sostuvo que con una parte de ese despilfarro podría salvarse la vida de todos los padres y madres de aquellos once millones, mientras en países subdesarrollados mueren por año cuarenta millones de otros niños por culpa de enfermedades que una mejor atención y un mayor combate de la pobreza remediarían fácilmente.
Sería bueno contemplar marchas callejeras por esa masacre silenciosa, que es consecuencia de los olvidos y postergaciones en que incurre la política pero también es reflejo de las clamorosas desigualdades de fortuna en este siglo XXI tan ufano de sus conquistas tecnológicas, aunque no parece haber mucha gente dispuesta a organizar esos actos masivos. El espíritu humano necesita efectos espectaculares como el horror en la escuela de Beslan para sublevarse y mostrar su sensibilidad, pero todo depende del tratamiento que cada episodio reciba de los medios de comunicación: el secuestro de los 1.300 escolares y sus familias obtuvo una cobertura mucho más tremolante que —por ejemplo— la carnicería de hace diez años en Ruanda, donde en pocas semanas fueron liquidadas 500.000 personas, 100.000 de las cuales también eran niños. No estaría mal que las campanas de San Basilio doblaran por ellos.
Los niños del mundo siguen muriendo en circunstancias desgarradoras: mueren niños israelíes en atentados palestinos, mueren niños palestinos bajo las balas israelíes, mueren niños iraquíes en bombardeos de las tropas de ocupación o en batallas promovidas por grupos extremistas, mueren niños magrebíes en barcos que naufragan cuando miles de emigrantes cruzan el Mediterráneo para llegar a las costas de un mundo mejor. Habría que tocar alguna campana para que la gente vuelva a agruparse y condene esos escándalos, de los que todos somos responsables.