Salto, abril, l970. Terminamos en el Teatro Larrañaga una gira por el litoral con La presencia invisible de Strindberg. La organiza Hugo Mazza. Viajamos con él los intérpretes (Carmen Avila, Luis Berriel, Mario Branda) y el director (yo mismo). Al final de la obra, las usuales visitas: autoridades, gentes de la cultura, algún artista, un grupo juvenil de teatro, dos o tres periodistas. Y por detrás de la pequeña multitud, al fondo del salón (o el escenario, no puedo asegurarlo) una figura inmóvil y al mismo tiempo inquieta, tímida. Pero extrañamente decidida. Y extrañamente vestida. Todos las vemos —está a contraluz— y todos debemos estar preguntándonos quién es. Porque a través de los funcionarios, de las señoras cultas que hacen preguntas y de los actorcitos que cuentan sus vacarezzas y sus lopes de rueda, ella consigue estar siempre presente en su zona de penumbra. Por fin se van los demás. Ella avanza tímidamente. Nosotros también lo hacemos, como una coreografía prestablecida. Se presenta. No le entendemos. Pero ella parece no darle importancia, dice algo sobre nuestro cansancio y su inoportunidad. Y sólo quiere invitarnos a tomar algo, mañana, en la "confitería" para charlar tranquilos. Vuelve a decir su nombre al irse, yéndose ya, de espaldas. También de espaldas es una figura original, no quiero usar la palabra misterio. Cuando se ha ido, aventuramos nuestros pálpitos sobre el nombre de la desconocida: Rosa, Delle Orsa, María Rosa, Del Corvo, Reggiani...
Salto, al día siguiente. La confitería. Marosa di Giorgio nos espera, mejor dicho nos recibe, como una reina en su trono de roble y cuero. Allí no está intimidada. El mozo la atiende con una mezcla de devoción y confianza, como se debe atender a las reinas. Hablamos de Strindberg, por supuesto pero ella sobre todo quiere hablar del vestido de Tekla, el que lleva Carmucha, (mi hermana, Carmen Avila). Ese vestido ya tenía su historia. Por única vez en la historia de nuestra colaboración, Guma Zorrilla estaba trancada en el diseño del traje. Traía bocetos a los ensayos que rompía antes de dejárnoslos ver. Me prometía no dormir esa noche hasta encontrar la inspiración tan elusiva. (Gumita había diseñado para Carmucha algunos de sus mejores vestuarios de época: los de La Parisienne, Lecho nupcial, el de La pulga en la oreja). Pero el bloqueo siguió. Dos días antes del estreno, renunciamos. Me recomendaron una modista. Se llamaba Alicia, tenía su taller en la Plaza Independencia. Fuimos con Carmucha, con pocas esperanzas. Yo explicaba el personaje y su entorno, y Alicia miraba a Carmucha. Hubo un silencio, que rompió Alicia: "Creo que se me puede ocurrir algo". Se levantó, se fue, esperamos, y de repente llamó a Carmucha. Yo estaba acostumbrado a trabajar con Juanita Cavallero. Era un genio, pero yo le discutía cada puntada. Esta espera era como un salto en el vacío. Y de repente apareció Tecla. Llena de alfileres, pero Tecla. Un prodigio de invención sartorial. El color, la tela, el corte. De ese traje se había enamorado Marosa. Carmucha le contó los secretos, nunca sabré si Marosa intentó copiarlo.
Montevideo, otoño del 2002, Museo Blanes. Peluffo y Arbeleche inventan celebrar en el Blanes, al aire libre, el día de la Poesía. Estamos Estela Medina yo y los poetas que leerán sus propias obras, entre los cuales está Marosa. La busco, no la encuentro. Por fin Jorge me aclara que está escondida detrás de una columnas, y que seguirá allí. Ha pedido un micrófono. Un problema de salud, sumado a otro de coquetería, pienso yo. Lo que no le impide leer sus propios textos con una precisión impresionante. La busco, tras las columnas, para felicitarla. Se adelanta a hablar: "Supe lo de tu hermana. No la puedo olvidar, tan divina, con su traje rojo". Habían pasado más de cuarenta años. Una vida. Y algunas muertes.