Sábado 11 de setiembre de 2004 | Año 86 - Nº 29845
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Nada es igual

ERAN alrededor de las 9 y 30 de la mañana en nuestro país cuando el primer avión se estrelló contra una de las torres gemelas del World Trade Center, ubicada en el corazón del principal distrito financiero del mundo y uno de los símbolos de Nueva York. Casi 20 minutos después un segundo avión se abalanzó sobre la otra y las explosiones, el fuego y el caos que rodea a la muerte se apoderaron de toda la zona. Las imágenes de gente arrojándose al vacío desde los pisos superiores para escapar de las llamas, que las emisoras de televisión pasaron una y otra vez, han quedado definitivamente incorporadas a la memoria de uno de los más brutales episodios de horror que se recuerden.

El pánico, el espanto y la impotencia ante una agresión tan sorpresiva como inhumana marcaron el 11 de setiembre de 2001 como la fecha en que, en el mundo, "nada será igual". El terrorismo desnudó su rostro y exhibió con espeluznante fiereza que una nueva guerra empezaba y que los métodos que se iban a usar nada tenían que ver con los convencionales. Y allí cobraron notoriedad una organización y un hombre, poco conocidos para el gran público por esporádicos y violentos atentados anteriores, pero que ahora asumían un despiadado protagonismo: Al-Qaeda y Osama bin Laden.

EL mundo reaccionó con indignación y espanto. Afganistán, una heroica nación arrasada por la pobreza y el despotismo de un régimen islámico fundamentalista —el talibán— quedó en el centro del mapa como el escondrijo y refugio de la organización terrorista y sus jefes. Hacia allí apuntaron Estados Unidos y su presidente Bush, con una cautela que tiempo más tarde olvidaría: dos resoluciones de la ONU y una coalición de cuatro decenas de países le dieron a EE.UU. la legalidad y legitimidad necesaria para actuar y su presidente midió muy bien sus palabras al asegurar que se tratarían de ataques concretos "para atrapar a los terroristas y conducirlos ante la justicia".

Se bautizó la operación como "Libertad Duradera" y un mes después Estados Unidos y sus aliados lanzaban una fuerte ofensiva sobre Afganistán —que previamente se había negado a entregar a Bin Laden— para capturar a los jefes terroristas, destruir las bases de entrenamiento y terminar con el "protector" régimen talibán del Molá Omar. Hubo bombardeos y combates en las zonas montañosas, pero el resultado de este enfrentamiento estaba asegurado desde el principio por la apabullante superioridad militar de la coalición. Cayó el régimen talibán pero, lo que nunca se dijo, es si también cayó Osama Bin Laden y si con su caída, Al-Qaeda quedaba decapitada.

AFGANISTAN había sido descripta como la primera etapa de la guerra contra el terror. Pero, sorpresivamente, cuando sólo las acciones militares habían concluido, la guerra se dio por terminada y Bush, ahora solo con Gran Bretaña como aliado y contra la opinión de las Naciones Unidas, se lanzó a la aventura de Irak para cazar a Saddam Hussein, un sangriento dictador, pero sin ninguna vinculación con Al-Qaeda o las redes del terrorismo mundial. Atrás quedaban sus muertos por los ataques a las torres gemelas y adelante los que iban a venir por una guerra inconclusa, olvidados todos por la torpeza o la codicia de la única superpotencia a nivel mundial. Y esto ocurría, además, cuando en Medio Oriente, el Israel de Ariel Sharon y la Palestina de Yasser Arafat libraban —y libran— una guerra inagotable, que es un polvorín para la paz. Los atentados suicidas en autobuses, restoranes, plazas y supermercados, y sus represalias cargadas de iracundia, se aceleran y aumentan.

Con su pasividad en Medio Oriente, pero, sobre todo, con su movida hacia Irak, Estados Unidos perdió legitimidad, el mundo se dividió y el terrorismo de Al-Qaeda volvió a golpear y lo hace implacablemente hasta nuestros días y en distintas partes del orbe.

España sufrió su 11 de marzo con la matanza en la principal terminal ferroviaria de Madrid; Rusia ha sido blanco de una despiadada espiral de violencia que culminó con la masacre en la escuela de Beslan; Indonesia, tras el atentado a la discoteca de Bali de hace un par de años, volvió a la mira de los terroristas con el ataque a la embajada de Australia. Nada lo detiene.

Un ingrediente más. El jueves, a tres días del aniversario de los atentados, reapareció a través de un video la figura de Ayman al Zawahiri, el histórico número dos de Al-Qaeda y su principal ideólogo. Su mensaje volvió a apuntar a Estados Unidos para advertir que mientras "no se detengan los crímenes contra los musulmanes en Irak, Afganistán y Palestina" no habrá seguridad.

EL mundo se mueve con miedo y lo seguirá haciendo mientras estos grupos existan. Que no se busque en las "causas" del terrorismo, los posibles antídotos contra el terrorismo. Porque la injusticia social o la pobreza en el mundo musulmán, no justifican la aniquilación masiva, alevosamente premeditada, de hombres, mujeres y niños. Lo que sí hay que buscar es cómo golpearlos y derrotarlos y eso solo se logrará con la cooperación y coordinación de todos los países, porque todos están amenazados. Es una guerra donde la información sobre el enemigo es capital, los detalles de sus movimientos deben ser fácilmente conocidos y los operativos para anticiparlos, rápidos y decididos. No se puede esperar con los brazos cruzados y discutir las causas con los brazos cruzados, mientras las bombas explotan en cualquier parte del mundo, se toman rehenes o se les ejecutan por internet.

El mundo se ha convertido en un lugar inseguro y lo seguirá siendo hasta que esta guerra contra el mundo se acabe. Se sabe que el 11 de setiembre de 2001 empezó oficialmente. No se sabe, lamentablemente, cuándo va a terminar.


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