ERAN alrededor de las 9 y 30 de la mañana en nuestro
país cuando el primer avión se estrelló contra una de
las torres gemelas del World Trade Center, ubicada en
el corazón del principal distrito financiero del mundo y
uno de los símbolos de Nueva York. Casi 20 minutos
después un segundo avión se abalanzó sobre la otra y
las explosiones, el fuego y el caos que rodea a la
muerte se apoderaron de toda la zona. Las imágenes
de gente arrojándose al vacío desde los pisos
superiores para escapar de las llamas, que las
emisoras de televisión pasaron una y otra vez, han
quedado definitivamente incorporadas a la memoria
de uno de los más brutales episodios de horror que se
recuerden.
El pánico, el espanto y la impotencia ante una agresión
tan sorpresiva como inhumana marcaron el 11 de
setiembre de 2001 como la fecha en que, en el mundo,
"nada será igual". El terrorismo desnudó su rostro y
exhibió con espeluznante fiereza que una nueva guerra
empezaba y que los métodos que se iban a usar nada
tenían que ver con los convencionales. Y allí cobraron
notoriedad una organización y un hombre, poco
conocidos para el gran público por esporádicos y
violentos atentados anteriores, pero que ahora
asumían un despiadado protagonismo: Al-Qaeda y
Osama bin Laden.
EL mundo reaccionó con indignación y espanto.
Afganistán, una heroica nación arrasada por la pobreza
y el despotismo de un régimen islámico
fundamentalista —el talibán— quedó en el centro del
mapa como el escondrijo y refugio de la organización
terrorista y sus jefes. Hacia allí apuntaron Estados
Unidos y su presidente Bush, con una cautela que
tiempo más tarde olvidaría: dos resoluciones de la
ONU y una coalición de cuatro decenas de países le
dieron a EE.UU. la legalidad y legitimidad necesaria
para actuar y su presidente midió muy bien sus
palabras al asegurar que se tratarían de ataques
concretos "para atrapar a los terroristas y conducirlos
ante la justicia".
Se bautizó la operación como "Libertad Duradera" y un
mes después Estados Unidos y sus aliados lanzaban
una fuerte ofensiva sobre Afganistán —que
previamente se había negado a entregar a Bin
Laden— para capturar a los jefes terroristas, destruir
las bases de entrenamiento y terminar con el
"protector" régimen talibán del Molá Omar. Hubo
bombardeos y combates en las zonas montañosas,
pero el resultado de este enfrentamiento estaba
asegurado desde el principio por la apabullante
superioridad militar de la coalición. Cayó el régimen
talibán pero, lo que nunca se dijo, es si también cayó
Osama Bin Laden y si con su caída, Al-Qaeda quedaba
decapitada.
AFGANISTAN había sido descripta como la primera
etapa de la guerra contra el terror. Pero,
sorpresivamente, cuando sólo las acciones militares
habían concluido, la guerra se dio por terminada y
Bush, ahora solo con Gran Bretaña como aliado y
contra la opinión de las Naciones Unidas, se lanzó a la
aventura de Irak para cazar a Saddam Hussein, un
sangriento dictador, pero sin ninguna vinculación con
Al-Qaeda o las redes del terrorismo mundial. Atrás
quedaban sus muertos por los ataques a las torres
gemelas y adelante los que iban a venir por una guerra
inconclusa, olvidados todos por la torpeza o la codicia
de la única superpotencia a nivel mundial. Y esto
ocurría, además, cuando en Medio Oriente, el Israel de
Ariel Sharon y la Palestina de Yasser Arafat libraban
—y libran— una guerra inagotable, que es un polvorín
para la paz. Los atentados suicidas en autobuses,
restoranes, plazas y supermercados, y sus represalias
cargadas de iracundia, se aceleran y aumentan.
Con su pasividad en Medio Oriente, pero, sobre todo,
con su movida hacia Irak, Estados Unidos perdió
legitimidad, el mundo se dividió y el terrorismo de
Al-Qaeda volvió a golpear y lo hace implacablemente
hasta nuestros días y en distintas partes del orbe.
España sufrió su 11 de marzo con la matanza en la
principal terminal ferroviaria de Madrid; Rusia ha sido
blanco de una despiadada espiral de violencia que
culminó con la masacre en la escuela de Beslan;
Indonesia, tras el atentado a la discoteca de Bali de
hace un par de años, volvió a la mira de los terroristas
con el ataque a la embajada de Australia. Nada lo
detiene.
Un ingrediente más. El jueves, a tres días del
aniversario de los atentados, reapareció a través de un
video la figura de Ayman al Zawahiri, el histórico
número dos de Al-Qaeda y su principal ideólogo. Su
mensaje volvió a apuntar a Estados Unidos para
advertir que mientras "no se detengan los crímenes
contra los musulmanes en Irak, Afganistán y Palestina"
no habrá seguridad.
EL mundo se mueve con miedo y lo seguirá haciendo
mientras estos grupos existan. Que no se busque en
las "causas" del terrorismo, los posibles antídotos
contra el terrorismo. Porque la injusticia social o la
pobreza en el mundo musulmán, no justifican la
aniquilación masiva, alevosamente premeditada, de
hombres, mujeres y niños. Lo que sí hay que buscar
es cómo golpearlos y derrotarlos y eso solo se logrará
con la cooperación y coordinación de todos los países,
porque todos están amenazados. Es una guerra
donde la información sobre el enemigo es capital, los
detalles de sus movimientos deben ser fácilmente
conocidos y los operativos para anticiparlos, rápidos y
decididos. No se puede esperar con los brazos
cruzados y discutir las causas con los brazos
cruzados, mientras las bombas explotan en cualquier
parte del mundo, se toman rehenes o se les ejecutan
por internet.
El mundo se ha convertido en un lugar inseguro y lo
seguirá siendo hasta que esta guerra contra el mundo
se acabe. Se sabe que el 11 de setiembre de 2001
empezó oficialmente. No se sabe, lamentablemente,
cuándo va a terminar.