Amenaza y desafío

El atentado en la ciudad de Beslan, en la provincia de Osetia del Norte, en el Cáucaso, prácticamente coincidió con el tercer aniversario del ataque contra las Torres Gemelas, en Nueva York, y el Pentágono, en Washington. La lista de muertos no cesa de aumentar: hasta ahora se han encontrado 338 cuerpos, muchos de ellos niños. Se piensa que aún quedan unos cien desaparecidos. Para comprender la magnitud del impacto de lo acontecido basta con señalar que la población total de la pequeña ciudad es de unos 30.000 habitantes. La tragedia representa un desafío formidable para Rusia. El presidente Putin declaró que los secuestradores pertenecían a organizaciones chechenas y acusó a dos de sus principales líderes.

Las versiones de que entre los secuestradores se encontrarían personas de origen árabe aún no han podido ser confirmadas. En realidad, todo indica que la raíz del atentado en Beslan se encuentra en la compleja situación en que se debaten varias de las antiguas repúblicas del Cáucaso, que formaban parte de la Unión Soviética. Especialmente en el prolongado y sangriento conflicto que se libra en Chechenia. Pero aunque las causas de lo sucedido el 11 de setiembre de 2001 y en Osetia sean diferentes, los dos ataques comparten un elemento muy importante: la estrategia de los agresores. En ambos casos una organización ha recurrido al terrorismo en gran escala como un arma fríamente calculada y seleccionada, para conseguir un determinado fin político. En lugar de atacar blancos "duros", las fuerzas armadas del contrincante, se optó por asestar un golpe tremendo contra objetivos "blandos", indefensos y desprevenidos.

Los atacantes en Beslan solamente contaban con armas ligeras y explosivos para conseguir su propósito (todavía no se sabe precisamente cómo lograron concentrar un arsenal tan importante en la escuela). Los atentados del 11 de setiembre fueron mucho más complejos y exigieron una preparación más meticulosa. Sin embargo, ni en el primer caso ni en el segundo, los terroristas dispusieron de un arsenal lo suficientemente importante como para enfrentar con éxito las fuerzas armadas de sus oponentes. En este sentido, no representan una amenaza militar directa. En cambio, dirigieron su embate contra los corazones y las mentes de los miembros de ambas sociedades. De esta forma se aseguran dos objetivos críticos: el primero fue sembrar el temor en la forma más eficaz posible, a un costo que no guarda relación con la magnitud de los medios utilizados; y el segundo fue asegurar la máxima difusión posible a sus ideas y reclamos. Sin embargo, hasta el momento ninguna de las dos organizaciones terroristas ha conseguido doblegar la voluntad de las sociedades objeto de sus ataques. Más bien han logrado el efecto contrario, de consolidar la condena y la voluntad de enfrentarlos y derrotarlos. Pero ello no parece haberlos disuadido de sus propósitos.

El terrorismo es una estrategia racional que puede ser utilizada al servicio de organizaciones e ideologías muy distintas. Desde ETA, con su irredentismo vasco, el IRA y la OLP, hasta sus descendientes contemporáneos, muchísimo más virulentos, agresivos y mejor organizados. Los grupos terroristas actuales operan en varios niveles, uno de ellos es el militar, el de la fuerza armada, el otro es el nivel político, el de las ideas. Ambos se refuerzan y complementan entre sí. Esta circunstancia puede plantear desafíos muy difíciles de resolver, por ejemplo, a los medios de prensa. Es inevitable, a veces, preguntarnos ¿hasta qué punto cumplimos con nuestro deber de informar, y a partir de qué momento nos transformamos en un instrumento más de la estrategia terrorista?

No existe justificación posible para un atentado terrorista, cualquiera sea su escala y objetivo. El terrorismo es una amenaza formidable y difícil de enfrentar, especialmente en el seno de una sociedad democrática. Sin embargo, en última instancia se trata de un desafío político que debe ser remediado con instrumentos políticos.

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