PMyriam Goldminc
Periodista (Label France)
Cuando sus costas se perfilan en el horizonte, atracar en tierras separadas del continente tiene un encanto embriagador y misterioso. Sus altos acantilados, sus costas recortadas, su landa barrida por los vientos y salpicada de muros bajos de piedra, atraen la mirada del visitante. Las perspectivas de alta mar recuerdan que aquí el hombre no es más que un viajero, porque el vínculo que une estas islas es una historia arraigada en pleno mar. A partir del siglo V, los religiosos construyeron aquí sus ermitas. Luego les sucedieron los agricultores que colonizaron las tierras y los soldados que erigieron fuertes como los de Vauban*. Finalmente, la marina real trajo la prosperidad a las islas, pero, con el fin de la navegación de vela, éstas cayeron en el olvido. Hoy día, sin embargo, su naturaleza salvaje atrae a una multitud de turistas que reactivan la economía y las islas parecen recobrar fuerza. Y eso no es todo: cada vez más isleños luchan por vivir en "su tierra". Pescadores, ostricultores, vitivinicultores, guías naturalistas... Gracias a ellos, las islas francesas están probablemente atravesando un momento crucial de su historia.
islas faro
de la Costa Oeste
Ouessant, la solitaria. Situada frente a Brest (Bretaña), Ouessant se destaca fácilmente; es la más grande de las islas del mar de Iroise (8 kilómetros de largo por 4 kilómetros de ancho, 932 habitantes). El perfil costanero está delineado de manera increíble, con escollos y acantilados, sobre todo al norte. Al oeste, los veraneantes se inician en la navegación de vela y gozan de sus playas. Ouessant es una vasta landa plana, desprovista de árboles, cuadriculada por muros donde pastan algunos borregos enanos de color chocolate, cuya presencia recuerda que la vocación de la isla fue esencialmente campesina. Es el lugar preferido para la observación de pájaros migradores, se ha convertido hoy en una tierra de cultura y de encuentros literarios.
Sein, la Indomable. Minúsculo trozo de tierra de 3 kilómetros de largo, cuya altitud media es de 1,5 metros sobre el nivel del mar, es una frágil balsa que resiste orgullosamente a los asaltos del viento. Enfrentarse al océano no para desafiarlo sino para acogerlo mejor es su credo, puesto que, en esta isla, es el mar el que suministra el alimento y no la tierra. En Sein no existe ningún recurso natural: ni árboles ni campos. Sólo hay minúsculos jardincitos rodeados de tapias, donde se cultiva el valor.
Salvar las embarcaciones en perdición es también una tradición muy arraigada en Sein. La travesía de la punta de Raz, en compañía de los delfines es ya, de por sí, una invitación al viaje: los colores del cielo y la fuerza del viento dan al lugar un aspecto ora sonriente, ora salvaje. Hoy, Sein cuida celosamente de su identidad y pretende conservar su población de 239 habitantes.
Groix, multicolor. (2.275 habitantes). Es un vasta meseta de 8 kilómetros de largo por 4 kilómetros de ancho, situada a 14 kilómetros de Lorient (Morbihan). El paisaje está formado de acantilados macizos y de profundos barrancos, salpicados de aldeas y de vegetación; las playas forman paréntesis de arena blanca o carmín. Groix está llena de tesoros naturales. En la punta de Chats se encuentran, al aire libre, granates rojos, glaucofanas azules y ripodolitas verdes, formadas hace 400 millones de años. El pueblo de Port–Tudy abriga opulentas mansiones de armadores con fachadas ornadas de medallones y pintadas de vivos colores, muestra suplementaria de riqueza. Hoy, la isla desarrolla microempresas: cría de caracoles, cultivo de hortalizas, fabricación de conservas, cría de mejillones...
Belle–Ile–en–Mer, la bien nombrada. Es la más grande de todas las islas bretonas (20 kilómetros de largo por 5 a 9 kilómetros de ancho, 10 000 habitantes). Recortados acantilados de esquisto y pequeñas calas, rocas oscuras y grutas profundas, playas de fina arena y landas bordeadas de aulagas. Claude Monet, subyugado por la costa Sauvage, plantó allí su caballete. Vauban construyó fortificaciones, la actriz Sarah Bernhardt pasó largos períodos en un fuerte que tiene la apariencia de un decorado de teatro y que lleva desde entonces su nombre.
Al norte, Le Palais, "la capital" de la isla, está dominado por las fortificación de Vauban. Al oeste se encuentra el pequeño puerto color pastel de Sauzon; al sur el municipio de Bangor y su gran faro que domina la costa Sauvage, y al este Locmaria, la misteriosa.
Oficina de turismo
Tel.: (33–2) 97 31 81 93
En Internet: www.belle-ile.com
Fotos Gentileza Embajada de Francia, Label France y Maison du tourisme de Provence d’Azur
Oficina de información de Porquerolles.
Tel.: (33–4) 945833 76
Parque nacional de Port–Cross. Tel.: (33–4) 94128230.
Ayuntamiento de Sein. Tel.: (33–2) 98709035. Fax: (33–2) 987091 98
Oficina de turismo de Ouessant.. Tel.: (33 –2) 98488583.
Oficina de Turismo de Groix.
Tel.: (33–2) 97865308
Las Islas de oro del Mediterráneo
Porquerolles a pie. Con una superficie de 1 254 hectáreas y 350 habitantes, la más grande de las islas de Oro culmina a 142 metros, y ofrece un verdadero caleidoscopio de Provenza: abruptos acantilados, playas exóticas y bosques, justificando así la clasificación que ostenta, desde 1988, de sitio natural administrado por el parque nacional de Port Cros. Posee varias playas próximas al pueblo. Las menos frecuentadas se encuentran en los extremos de la isla. En las cimas de las colinas, los fuertes hacen de centinelas y a sus pies, los viñedos descienden hasta el mar. En 1912, el último propietario de la isla había plantado 200 hectáreas de viñas de buena reputación. Hoy en día su nieto Sébastien le Ber sigue con la tradición familiar. En su finca de la isla cuida con pasión del viñedo de 34 hectáreas. Sus côtes–de–provence tinto, blanco y clarete amplían en la boca el poder aromático de la isla de Oro.
Port–Cros, un sendero bajo el mar. El parque nacional de Port–Cros, creado el 14 de diciembre de 1963, cubre las 650 hectáreas de la isla (30 habitantes) y 1.800 hectáreas de la parte marina. Es un trozo de "montaña" abrupta, que se sumerge en el mar. Como es natural, en el primer espacio terrestre y submarino protegido de Europa, la navegación está prohibida. Con un simple tubo, gafas de buceo y un par de aletas, y sólo a unos centímetros de la superficie, los visitantes descubren un sendero submarino extraordinario, poblado de medusas, de erizos de mar negros o violeta, de crustáceos.