Abriendo los ojos

Antonio Larreta

No soy lingüista. No estoy seguro de que sea una antinomia, pero el título original del último film de Stanley Kubrick (Eyes wide shut) es una contradicción en sí misma, algo cuya traducción correcta —Ojos desmesurada o desorbitadamente cerrados— es comprensible que haya asustado a los exhibidores por feo, largo, equívoco (de eso se trata) y además el desprestigio de los adverbios terminados en "mente", sumada a su largura, puede haber llegado a oídos de esos señores que nos han condenado a recordar Mrs. Miniver como Rosa de abolengo y The Philadelphia Story como Pecadora equivocada. O los hispanoparlantes somos cursis o algunos de los más cursis han estado a cargo de esa tarea infame. Volviendo a Kubrick, tendremos que quedarnos para siempre con un título tan soso como Ojos bien cerrados cuando queramos identificar una de las películas más ricas y provocativas de un maestro absoluto.

La película no es perfecta, pero la perfección no está siempre unida a la maestría. Se ha descubierto que a La última cena de Leonardo le sobra una mano. A Ojos bien cerrados (me rindo) le sobran algunas cosas, y tampoco podemos llamar a Kubrick, qué tristeza. Porque hay pocos maestros en el cine de hoy y para hacérnoslo más difícil, todos o casi todos tienen nombres asiáticos a menudo impronunciables, de esos que despertarían suspicacias en cualquier agente de seguridad norteamericano.

De las cosas que le sobran, la más evidente y más grave es la elección de Tom Cruise para un personaje extraordinario que hubiera necesitado un actor ídem. Es curioso que esté muy bien en las escenas con la Kidman, y muy plano en los largos fragmentos en que está solo. O su mujer lo inspiraba, o las sesiones con Kubrick y Kidman fueron extenuantes, o simplemente los ojos bien abiertos del espectador están hipnotizados por el juego asombroso de la actriz. Tal vez Tom Cruise fue el precio que Kubrick tuvo que pagar para tener a la Kidman y darle por primera vez un papel a la altura de su privilegiado talento. Hay dos escenas de antología —muy largas, como casi todas las de la película, que es un andante maestoso—, la del baile del comienzo con el ignoto y avasallante galán húngaro, y luego la discusión matrimonial con Cruise y el canuto de marihuana compartido. Es fascinante observar el ritmo de locución pausado, casi irreal, como soñado, que Kubrick le impone a la actriz o por lo menos acordó con ella. Al fin y al cabo el guión transcribe fielmente el relato original de Schnitzler, tan influído por Freud, y se mueve en el terreno de los sueños y del inconsciente. Sí, los ojos están cerrados, y quiérase o no, desorbitadamente.

P.S. Querido lector, Ud. puede ver —o rever— esta película en video o por cable y dejarse seducir por ella o simplemente odiarme. Cualquiera de las dos cosas constituye una experiencia.

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