Históricamente el movimiento sindical ha reivindicado su independencia de clase. Se sustenta ello en la concepción marxista y la interpretación que más tarde el leninismo agregó a esta corriente de pensamiento. Los trabajadores, según esa visión, conforman uno de los bandos que en el enfrentamiento con la burguesía definen la mentada lucha de clases de la cual surgirá el hombre nuevo en una comunidad donde ya no habrá ni explotados ni explotadores que, obviamente, son todos aquellos que no integran su clase. El motor de estos cambios es el movimiento obrero que se organiza políticamente en los partidos socialistas en general, así lo sostienen aún, aunque parezca muy antiguo, los mentores de estas ideas.
Las fracturas sucesivas, las purgas que los secretarios generales de estos partidos realizaron, las diferentes interpretaciones que de la doctrina original se fueron dando, motivaron que por el mundo entero se dispersaran estrategias que diferían en matices pero que coincidían en la dependencia de los sindicatos de los partidos marxistas dado que son éstos los representantes de su "clase". Salvo en Argentina donde la aparición del peronismo desbancó la preeminencia de los partidos de raigambre socialista en la conducción del movimiento obrero, siendo el justicialismo quien organizó a las masas trabajadoras, y las conduce hasta hoy, en el resto de los países sigue operando la lógica señalada.
En Uruguay el sindicalismo transitó por corrientes ideológicas que abrevaron en distintas fuentes, pero la segunda mitad del siglo XX lo encontró claramente alineado con las ideas y las consignas del mundo socialista. De allí en más comenzó a reiterarse un fenómeno que perdura hasta estos días, que fluye casi espontáneamente, y que aceptamos en forma natural aunque diste bastante de ello. Nos referimos al doble papel que los dirigentes sindicales tienen en tanto gremialistas y dirigentes políticos en forma simultánea.
Por estas horas en los muros de la ciudad así como en anuncios en comités de base luce el nombre de integrantes del Pit-Cnt postulándose en listas del Encuentro Progresista. Uno de ellos, quizás el más notorio lo es el Sr. Castillo, que anuncia su intención de ser diputado por la lista 1001. Es el mismo ciudadano que habló en el estrado del 1o. de mayo en nombre, aparentemente, de todos los trabajadores, y que llena los informativos con su imagen. Está bien que se postule, está muy bien, lo que no lo está es que siga ejerciendo la tarea de dirigente sindical. Es incompatible.
No es una novedad, así sucede elección tras elección desde, incluso, antes del golpe de estado, pero se acentuó a partir de la restauración democrática. Notorios dirigentes sindicales llegan al parlamento sin abandonar su carrera gremial.
No pueden ser independientes de nada en la medida que pertenecen a estructuras partidarias a las que cultivan para poder llegar al destino legislativo y a ellas responden, sin disidencias, para que los sostengan en sus cargos sindicales. Estos ciudadanos, quizás, no sientan ninguna violencia en lo que están haciendo porque para ellos el movimiento sindical y sus partidos son la misma cosa, tal cual les enseñaron, y por ello la simultaneidad de roles. Pero no es así.
Esta representación universal, la de los trabajadores, que en un sistema plural y libre es insustituible, requiere que se nutra de las mismas ideas que discurren por la sociedad que las cobija, de todas en general pero de ninguna en exclusividad. La otra, la partidaria, es una convocatoria restringida ya que la misma pluralidad implica que no haya unanimidades y por lo tanto su apelación es a los correligionarios. Por más amplia que sea siempre dejará gente afuera.
Por ello no se puede representar a todos y solo a algunos a la misma vez.