Los antiguos helenos cubrían los rostros de los actores teatrales con máscaras que —trágicas o cómicas— expresaban las características del personaje que representaban. La personalidad del actor desaparecía, se ocultaba detrás de una máscara cuya mueca fija —de llanto o de risa— facilitaba la percepción que el público, que apreciaba la escena desde cierta distancia, tenía del personaje. Es decir, en términos modernos, el actor "vende" un personaje a través de la máscara que utiliza. Diversos tipos de viejos, de jóvenes, de sirvientes, de mujeres, ciegos, vagabundos, desesperados, en fin, más de treinta máscaras, y sus múltiples variantes, abarcaban esas y otras categorías, tanto en la comedia como en la tragedia.
¿A qué conclusión queremos llegar? A la única posible, ya expuesta: el actor esconde su expresividad facial tras la máscara con la que se muestra ante el público.
En política, pasa otro tanto, aunque no se usen máscaras materialmente hablando. Pero sí se utilizan máscaras verbales, conceptuales, pues se engaña al público diciendo lo que conviene que éste oiga, aun cuando ello no se compadezca con las reales intenciones de quienes así actúan.
LOS ejemplos abundan en filas del Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría, el incoherente conglomerado de la eterna y sistemática oposición parlamentaria y sindical a cuanta iniciativa se plantea para reestructurar y modernizar al país.
Nos limitaremos a exponer algunas de las innumerables máscaras (¿o mascaradas?), que han utilizado dos prominentes dirigentes de esa izquierda: el presidenciable Dr. Tabaré Ramón Vázquez y el senador José Mujica Cordano, cabeza visible del grupo frenteamplista presuntamente más votado. El lector juzgará si las máscaras que se muestran a continuación responden, o no, a la cristalinidad, honestidad y buena fe que la ciudadanía espera encontrar en sus agentes políticos. Veamos.
El Dr. Vázquez ha dicho, frente a un público radicalizado, que, si llega al gobierno, "hará temblar hasta las raíces de los árboles". Supuestamente, se ha puesto la máscara del revolucionario más intransigente, más intolerante. Pero, después, y en adelante, ante empresarios, funcionarios internacionales, etc., afirma que el socialismo no puede implantarse de la noche a la mañana y que, por tanto, los cambios han de ser graduales. ¿Cuál de las dos máscaras interpreta mejor al versátil actor que está detrás de ellas?
EN otra ocasión, el Dr. Vázquez tuvo un arranque más demagógico que el de costumbre: en un boliche de un pueblito del interior manifestó que si llegaba a Presidente, reuniría al Consejo de Ministros allí y en similares poblados. Esta máscara no le cae muy bien al inexperiente jefe frenteamplista, no sólo por su vocación personal sino, también, porque, si cumple con su promesa y la extiende a todo el territorio nacional, ¿alguna vez logrará reunirse el Consejo de Ministros en la capital del país?
En cuanto al senador Mujica, su máscara va cediendo su lugar al personaje actuante. Al principio, hay que reconocerlo, llamó la atención. Hoy en día, en cambio, todos esperan que el legislador tupamaro no se aparte de su libreto. Se ha convertido en un clisé, un estereotipo: se compone de franqueza, ordinariez, seudofolclorismo y licencias inaceptables en el lenguaje.
Pero esa máscara ya se le cayó del rostro. El Dr. De Posadas lo lapidó: "Miren sus manos... Este hombre hace cincuenta años que no toca una pala..."
¿Dónde quedó el hombre de campo, el rústico existencial? Puro cuento para atraer incautos.
PERO Mujica mantiene puesta otra máscara, mucho más peligrosa que la anterior, pues está de acuerdo con sus antecedentes sediciosos y denota que no ha cambiado su personalidad juvenil tupamara. Es la que nos muestra cuando dice: "Yo me abrazo hasta con las culebras" (para conseguir votos), con lo cual quiere significar que la máxima marxista-leninista de que el fin justifica los medios, sigue vigente para él. Es lo que reitera, también, cuando dice que Fidel Castro no confesó que era marxista sino hasta que tuvo el poder en manos seguras. Para Mujica, entonces, es una ley estratégica no declarar intenciones reales, no "asustar al burgués, a los giles", antes de dominar la situación. Una vez en el gobierno, se dispondrá de la superioridad del poder y el camino quedará libre para hacer cualquier cosa.
LA pregunta es: ¿qué hará Mujica después de quitarse la máscara? ¿Eliminará las libertades básicas, controlará los medios de comunicación, nacionalizará todo lo que fue privatizado, impondrá el proselitismo partidario en la educación, nivelará hacia abajo a nuestro pueblo, en otras palabras, reeditará la dictadura del proletariado a la que ninguna persona cuerda adhiere en el mundo avanzado? Es que nadie sabe qué cara aparecerá cuando caigan las máscaras que utiliza el EP-FA.
¿Quién puede, entonces, creer en el Dr. Vázquez cuando les envía a los empresarios argentinos un mensaje moderado en el que no menciona al neoliberalismo —caballito de batalla de la izquierda—, se compromete a no cambiar por otro al actual modelo económico, se propone respetar contratos y obligaciones y persiste en mostrar la misma expresión santurrona que adoptó frente a los emisarios del FMI? ¿Por qué, ante la colonia uruguaya en Argentina, empleó otro tono, más enfervorizado, radical y combativo?
Por todo ello, nosotros no creemos en él. No nos convence su aparente sinceridad. Ha usado demasiadas máscaras. Y, para aumentar la incertidumbre sobre un eventual gobierno frenteamplista, la fuerza mayoritaria del EP-FA se agrupa en torno a quienes secuestraron, asesinaron, dinamitaron, coparon y asaltaron en plena vigencia de una Constitución y bajo un gobierno democráticamente elegido.
Las máscaras seguirán existiendo mientras no se rinda una importante asignatura pendiente: el arrepentimiento público y auténtico de estos enmascarados.