La participación, en el lamentable acto de protesta contra la subasta de bandas celulares, de representantes de las telefónicas de México, Brasil, Chile, Argentina y Paraguay; de la Federación de Ancap, de la Coordinadora de Jubilados y Pensionistas y de un solitario diputado frenteamplista, todos ellos en el estrado junto a representantes del Pit-Cnt y de Sutel, justifica dedicar un editorial al tema de la globalización.
Además de convocar a globalizarse.
Cuando los Verdes se volvieron gordos y burgueses y no pudieron seguir disimulando entre sus ropajes ecologistas el hilachón de izquierda con el que nacieron, fueron sustituidos por otro movimiento internacional que levantó el fantasma de la globalización, oponiéndose y protestando contra todo. Algo que a los uruguayos nos resulta familiar en su versión doméstica, con un Frente Amplio que desde hace treinta años viene también oponiéndose a todo y contra todo.
Aquellos habían aparecido en Alemania Occidental como un ingenuo partido ambientalista, llegando a obtener en las elecciones de octubre de 1979 el 59% de los votos al Parlamento y extendiéndose luego a Escandinavia e Italia, hasta que sufrieran en Gran Bretaña, en 1987, un histórico revolcón.
RAPIDOS en sus reflejos, los titiriteros que movilizan a las fuerzas gremiales en todo el mundo libre —en las dictaduras no lo pueden hacer, ni les interesa hacerlo—, los sustituyeron por unas manifestaciones masivas "contra la globalización neoliberal", que todavía se mantienen latentes.
Se ha recordado que surgieron en Madrid, con motivo del cincuenta aniversario de la creación del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, desde donde se desplegaron a Chiapas (1996), Amsterdam y el Foro Social de Porto Alegre hasta cubrir, prácticamente, toda Europa y América, al servicio de la más variada temática.
En Praga contra la OTAN; en Málaga contra la privatización; en Génova contra la Cumbre del Grupo de los 8, acompañados de Amnistía Internacional y envueltos en la bandera gay de los homosexuales y las lesbianas; en Colonia (Alemania); en Sevilla contra la Cumbre de Europa; en Gotemburgo (Suecia) e incluso en Salónica (Grecia), en el 2003, contra los McDonald’s, aunque todos coman hamburguesas con papas fritas.
NUESTRO pobre continente no ha podido verse libre de ellos. Se juntaron un 12 de octubre en Nicaragua y El Salvador; protestaron en Cancún y Porto Alegre contra la ALCA y la OMC; en Seattle (EE.UU.) en 1999, al celebrarse la Asamblea de primavera del Banco Mundial y el FMI ("contra la globalización que los convertía en una especie de retrógrados"); en Washington; en Buenos Aires; en Santiago de Chile, en setiembre del 2001, contra el BID; en Miami de nuevo contra la ALCA y la OMC; en Cuba, naturalmente, y hasta en Montevideo, donde llegó a sostenerse que "cuando el hambre es ley, el saqueo es legítimo".
Como se ve, hay disparates de todos los tamaños y para todos los gustos.
Lo que llama la atención es que mientras protestan "contra la globalización", ellos mismos se globalizan, tanto política como gremialmente. Políticamente —recordando, por razones de espacio, sólo los casos más recientes—, pueden citarse la publicitada reunión anti-FMI de Lula, Kirchner y Chávez antes de la Cumbre Presidencial de México y los declarados matrimonios múltiples entre Tabaré Vázquez-Lula y Kirchner a los pies del altar desde donde imparte gracia Fidel Castro.
Gremialmente, en el ejemplo que ofreció esta presencia de delegados de telefónicas de México, Brasil, Chile, Argentina y Paraguay en la licitación de las bandas celulares y en una nueva consigna doméstica de acuerdo a la cual, en todo conflicto gremial, no sólo participan los directamente implicados sino un séquito de acompañantes, como pudieron verse ya junto a los de Salud Pública, a los docentes y a los del Registro Civil.
EN el fondo y en el frente de todas esas movilizaciones, campea una frase que pronunciara Fidel Castro el 3 de julio de 1998 en La Habana —en una reunión donde también se le escapó otra frase famosa—, cuando declaró, utilizando el mismo término, que "no concibe otro modelo que una globalización socialista".
De la misma manera que las injerencias en los asuntos internos de un país son malas cuando se las hacen a Cuba, pero no cuando Cuba las lleva a cabo en otros países, ahora han demostrado con total impudicia que la globalización también es mala y hay que combatirla cuando la aplican los países capitalistas, pero... no si la cultivan los países o las dictaduras llamadas socialistas, donde, aparentemente, no se corre el riesgo de convertirse en "una especie de retrógrados", como se dijo en Seattle. Porque ya lo son.
ANALISTAS internacionales han caracterizado el movimiento antiglobalización como "un intento contrario al juego democrático" y Jean Franois Revel lo ha calificado como "el chivo expiatorio de los inútiles", que, además, desde las manifestaciones de Génova, agregaron el saldo de vidas humanas, policías heridos, civiles lastimados y estudiantes golpeados, dando satisfacción así al gusto macabro que tienen los promotores por buscar víctimas y criminalizar sus acciones.
De cualquier forma, hasta que no se la sustituya por otra cosa, los que quieren la democracia; los que respetan el Derecho y la ley; los que aspiran a un futuro mejor para su país y para sus hijos; los que están en desacuerdo con esa torcida estrategia a la que recurren, deberían también globalizarse para neutralizarlos.
No para enfrentarlos, ya que hay que dejarlos que sigan de largo en su camino hasta que se rompan la cabeza contra el muro de su ignorancia y de su servilismo totalitario, sino para salvar al Uruguay y al mundo libre que deterioraron y que quieren destruir.
A globalizarse, pues.