Al comienzo hay un accidente brutal, en que el galán queda cuadrapléjico. Luego hay un paréntesis desolador, donde el ánimo de la víctima se desploma y su novia encuentra refugio en un médico del hospital. Después esa relación que parecía simplemente humanitaria se convierte en un complicado adulterio, no sólo porque el médico es casado y tiene hijos sino porque esa familia llega a sospechar y por fin a comprobar el clandestinaje amoroso del hombre. Mientras la situación se agrava, el destrozado galán recupera desde el hospital cierto diálogo con su novia al cabo de un aislamiento voluntario. Pero todo ese vaivén, que tiene sus sombras y sus padecimientos, está contemplado con ojo nórdico, sin los acaloramientos ni ferocidades con que tales conflictos se encararían en el universo latino, de manera que este trámite y sus entretelones mantienen siempre una tibieza agridulce, el tono de una comedia dramática donde casi todo puede zanjarse con explicaciones verbales, asordinadamente.
Embarcada en los códigos del Dogma 95, famosa estética escandinava que tiene sus imposiciones y rigores, la directora Suzanne Bier cumple con tales normas manejando su cámara a mano y dando al espectador la sensación de un rodaje casero, casi documental. Sale de esas reglas, en cambio, cuando ilustra el fuero íntimo de sus personajes recurriendo a breves flashes en blanco y negro, donde los deseos no manifestados contrastan con las durezas de la realidad exterior. Esos flashes son una de las bisagras del enfoque de la realizadora, que en frecuentes primeros planos sabe explorar en sus actores las dos vertientes que se articulan entre los comportamientos formales y las emociones escondidas, como si ese detenimiento en los rostros y en sus gestos silenciosos cruzara una y otra vez el umbral entre lo que trasluce y lo que oculta cada uno.
Antes de desembocar en un final abierto, donde no se sabe qué ocurrirá con relaciones interrumpidas, parejas deshechas y reencuentros inestables, la directora ejercita su intuición manejando con envidiable flexibilidad a los actores, que llegan a tener esa expresividad afinadísima que otros escandinavos (Sjöberg, Bergman, Widerberg, Axel) han extraído de sus elencos. Aquí era decisivo alcanzar esa fineza, porque el medio tono del asunto, su pátina de sobriedad y su controlada franja de emociones, obligaban a utilizar una constante reserva de lenguaje, empezando por el juego de los actores. El nivel de todos ellos es una de las calidades de la película, pero otro de esos valores es la soltura (de encuadre, de clima, de pedal dramático) que convierte al resultado en una crónica de notable naturalidad, parecida a los altibajos y azares de la vida misma. Lograr esa sensación (que es indefinible y al mismo tiempo tan aromática) explica el interés y el pequeño placer que esta experiencia despierta en el espectador.
-
CRITICA | JORGE ABBONDANZA
CORAZONES ABIERTOS
Elsker dig for evigt
Directora. Susanne Bier.
Libreto. Anders Thomas Jensen a partir de una idea de Bier.
Fotografía. Morten Soborg.
Elenco. Mads Mikkelsen, Sonja Richter,
Nikolaj Lie Kaas, Paprika Steen.
Dinamarca 2002.