Rebar
El último viernes se celebró el Día Internacional del Libro. Un amigo mío —que es analfabeto—adoptó una original manera de adherir al festejo: tomó dos platos de sopa de letritas. Este hombre casi no tuvo contacto con los libros: de vez en cuando compraba alguno en la feria de Tristán Narvaja, pero lo hacía para emparejar una mesa que tenía una pata más corta que las otras. Como se había encariñado con la mesa, la retuvo; y de tanto en tanto renovaba el libro de apoyo. Así llegó a formar una pequeña biblioteca. Por las ilustraciones de algunas carátulas pudo aprender a contar: "Los dos pilletes", "Los tres mosqueteros", "Los cuatro jinetes del Apocalipsis", etc. O sea: que los libros, aunque a veces no por su destino específico, siempre sirven y ayudan a seguir viviendo, como le ocurrió a un librero conocido hasta que el negocio comenzó a declinar un par de años atrás:
—La gente no lee (se quejaba); y si lee, lee barato. La última vez que vendí un libro "en serio", me emocioné tanto que le pedí un autógrafo al comprador. En cualquier momento, cierro.
Hace unos días, me topé con él en la rambla pocitense, en una tardecita-noche ideal para caminar. Seguimos haciéndolo juntos, y fui advirtiendo que estaba contento, punto menos que eufórico; le pregunté;
—¿Cómo marcha la librería?
—Pues, mire usted. Hemos reaccionado mucho. Por lo menos, no tuve que bajar la cortina.
—Eso ya es bastante.
—Sí, claro. Y le diré: estoy pensando instalar en el frente del local, una placa de agradecimiento...
—... excelente idea. El lector se sentirá halagado de que...
—No, pero... el agradecimiento sería para la Sra. Rowling y el Sr. Tolkien.
—¡Ah, seguro!... Debí suponerlo.
—Desde que entraron a mi comercio Harry Potter y "El señor de los Anillos", la registradora recordó el sonido que había olvidado.
—Lo felicito sinceramente.
Al despedirnos, me quedé pensando en Shakespeare y Cervantes, que murieron el mismo día: el 23 de abril de 1616, luego de cerrar con déficit todos sus balances. Se dice —aunque dudo de la veracidad del dato— que, angustiado por la situación, Shakespeare intentó suicidarse arrojándose al Río Avon, pero se detuvo temeroso de que pudiera ahogarse. En cuanto a Cervantes —como dijo un humorista madrileño— vivía en una pobreza tal, que falleció creyendo que el queso era el postre.
Quien ha sabido dimensionar el valor del libro, es el nuevo Jefe de Gobierno de España. En seguida de adjudicársele a Gonzalo Rojas el Premio Cervantes, don José Luis Rodríguez Zapatero creyó oportuno obsequiar a cada uno de sus ministros con un ejemplar de "La reniñez", del que es autor el poeta chileno; y como complemento de ese gesto, también les regaló un ejemplar de "Los bienaventurados", de la escritora española María Zambrano.
Sería bueno que esto se extendiera a ciertas esferas políticas de obligada oratoria: porque hay algunos que, al hablar, muestran las cicatrices de las mordeduras que les produjeron los libros.