Miguel Carbajal
Es la primera vez (y única) que me cruzo con una celebridad en una escalera lóbrega, tan oscura que turba los ánimos. Un par de minutos antes Rimer Cardillo ha cerrado una chapa de acero que hace recordar a Sing Sing, agregado un complicado juego de candados y mientras se aleja para pasar una esquela debajo de la puerta del taller de uno de sus vecinos, un pintor centroamericano, me pide que me acerque hacia la calle mientras quede un poco de luz, apenas, en el pasillo de su estudio en el barrio neoyorkino Chelsea. El barrio estaba casi vacío entonces, no se habían puesto de moda aún las galerías de arte que pasaron a funcionar en los viejos barracones textiles que después se vaciaron y transformaron en ‘lofts’. Y el vecindario tenía mala fama. De día lo ocupaban los artistas pero de noche, cuando los artistas se iban, había que cerrar con cuidado los edificios para que no se metieran en ellos, para dormir sobre los escalones desnudos, los integrantes de la población vagabunda y alcohólica que, echada del Bowery, había escapado para los barrios vecinos. Chelsea funciona ahora como un dije de oro, pero en ese momento sólo era un lugar diurno de trabajo que se tornaba peligroso cuando caían las primeras sombras.
Empujado por las advertencias de Rimer bajo el último tramo justo cuando se abre un apartamento del fondo y emerge, vestida casi en bata, peinada con apuro, la leyenda más rutilante de Broadway. La veo a las apuradas y casi en la oscuridad pero no me quedan dudas: es ella. ¿"La reconociste"? me interpela Rimer que llega en ese momento. "Sí, creo que sí. Sí la reconocí. ¿Es ella no? ¿Pero que hace en Chelsea"?, pregunto. "Geraldine Page vive en Chelsea", me aclara.
No hubiera podido desconocerla. Hacía menos de una semana que la había visto en un festival dedicado a Tennessee Williams en donde todos los papeles los hacía ella. Y digo todos. En Un tranvía llamado Deseo en versión demasiado experimental hacía de las dos hermanas. Estaba magistral como Blanche Dubois y eso que sobraban los parámetros para medirla. Sólo ella podía ser más neurótica y más frágil, a pesar de ser una mujer robusta, que la quebradiza e histérica Viven Leign. Era otra cosa, soberbia, con unos desplantes que acorralaban a Rip Torn, un actor del montón que había mostrado sus músculos en la versión teatral (luego llevada al cine) de El ómnibus perdido de John Steinbeck, cuando el autor empezaba a gastarse los intereses que había acumulado en su mejor momento, cuando Tortilla Flat o Viñas de Ira, y antes del derrumbe. Madame Page se enamoró de esos bíceps, lo reclamó como ‘partner’ en las piezas en la que los productores de Broadway sólo la querían a ella y terminó casándose con él.
En ese mismo ciclo la ví en El zoo de cristal y la perdí en Verano y humo.
Le fui infiel para ir a ver a Chita Rivera en una versión de Aplausos (versión musical de All About Eve) que había rescatado la fama de Lauren Bacall. Fue una elección errónea porque durante todo el tiempo no pude de dejar recordar el papel que había hecho Bette Davis para Mankiewicz en el lucimiento de sus apabullantes dotes histriónicas. Ni Rivera, ni por supuesto la Bacall hubieran podido desdibujar la imagen de la mejor actriz dramática norteamericana de todos los tiempos.