Emilio Cazala
Al Práctico de Puerto Capitán Miguel Gari, (78) hace muchos años que lo conocemos y siempre lo vemos, mejor dicho, nos cruzábamos a menudo cuando él desembarcaba luego de atracar el barco y subíamos nosotros como periodistas ya fuera de carga general, portacontenedores o crucero de turismo. Gari es un Práctico que en el ámbito marítimo local logró un bien ganado prestigio por su profesionalismo siendo respetado entre miles de capitanes de todas las nacionalidades que compartieron el "Puente" entrando o saliendo de nuestro puerto. En síntesis fue un Práctico que dio seguridades a los armadores y hay que decirlo también al Puerto de Montevideo, dándole confiabilidad. Gari hoy está retirado.
El trabajo de Práctico es siempre el mismo, sólo que cada caso es diferente, pero en general se trata de embarcar en la lancha, navegar casi una hora, ir al encuentro del barco que deberá pilotar que queda en espera allá afuera en la llamada Boya del Pito, y después tres o cuatro horas de navegación y a las seis de la mañana el barco deb estar atracado para que comience las operaciones de carga a las 7 horas. Eso era antes, cuando el puerto funcionaba con el horario de los estibadores, ahora los barcos entran a cualquier hora y se van dos minutos después de que terminaron de cargar o descargar el ultimo contenedor: el puerto de Montevideo no para nunca, o sea que trabaja las 24 horas, los 365 días del año.
Cuando el Práctico saca el barco del puerto, lo lleva hasta el kilometro 6/7 del canal, allí lo entrega al Capitán y regresa en una lancha o remolcador. En este trabajo no importa el frío, viento, lluvia, oleaje, ni la noche. Siempre es así, cuando va allá afuera, lo espera el barco que es una isla flotante inmóvil en el medio del Río de la Plata, la que baila al vaivén de las olas como una cáscara de nuez es la lancha que lleva el Práctico, que si no se maneja con habilidad puede golpear contra el casco del barco y sobrevenir un siniestro. Así que con destreza marinera, se pone a su costado protegido de las olas y en el momento oportuno, que es un instante único, debe saltar y prenderse como pueda de una escalera de gato que le han lanzado desde la borda del barco. Con manos, que su mente y cuerpo han convertido en verdaderos garfios, debe prenderse de esa peligrosa escalera (que hace algunas décadas hemos experimentado) y con su instinto de sobrevivencia y fuerza, remontar escalón por escalón sin mirar para abajo los 10 metros hasta llegar a la cubierta del bendito barco de ultramar y lo mismo cuando la operación es a la inversa. Han habido accidentes y también ahogados pero el trabajo hay que hacerlo, porque los barcos seguirán entrando y saliendo del puerto de Montevideo tal como lo hacían desde los egipcios. Y el Río de la Plata seguirá con sus complejidades y contradicciones climáticas, orden de mareas y y no pocas sorpresas para seguir desafiando la habilidad de nuestros prácticos.
"Mi vocación comienza de muy niño, con los fantásticos relatos de mi padre, que trabajaba en una barraca de carbón bien conocida en nuestra plaza que era la Gueret’s Anglo y un día me prometio que me llevaría al puerto y fue tal mi entusiasmo que esa noche no pude dormir, a cada rato me despertaba y preguntaba si ya era hora de salir. El era capataz de las lanchas y siempre hablaba de los barcos, del puerto, de los embarques y describía un mundo apasionante que a los seis años me sabía a pura aventura marinera y ese día iba a conocer los misterios que mi padre manejaba muy bien.
El siempre estaba en las lanchas, ya sea para entregar carbón para consumo de los barcos o bien cuando en los grandes barcos venían con el carbón de Inglaterra o de EE.UU. y se trasbordaba a las lanchas para llevarlo a las barracas que bordeaban el puerto de Montevideo. Eran los tiempos que la energía se obtenía del carbón y las máquinas a vapor movían generadores que producían electricidad y los barcos directamente movían sus hélices con máquinas a vapor. Todos los dias venían a Montevideo a "carbonear" en su mayoría barcos ingleses, holandeses, alemanes, franceses, italianos, y los griegos. Eran todos barcos a vapor excepto unos pocos a combustible. Un día íbamos en la lancha y nos pusimos al costado de un enorme barco, seguramente en el antepuerto y agarré el timón de la lancha, no tenía más de 7 años y mi padre me fulminó con la mirada como diciendo dejá eso, y yo me sentí muy mal porque me creí con derecho y suficientes conocimientos. Ese episodio lo tengo muy presente hasta el día de hoy. Cuando entré de Práctico de Puerto, le recordé a mi padre ‘te acordás cuando me llevabas a bordo y me enseñabas a hacer costuras, nudos, a remar, lo que nunca se te pasó por la mente es que estabas preparando a un futuro Práctico, y recuerdo a mi pobre padre que se puso a llorar.
día INOLVIDABLE. Pero vamos a mi primera emoción, a aquel primer día de gloria cuando mi padre me llevó al puerto. Recuerdo que esa primera vez entramos por el portón de Colombia, que era por donde estaba la barraca y a pie cubrimos la distancia hasta llegar a la zona de Mantaras y ahí fue donde tuve la mayor impresión; la ribera de ese llamado mercado de frutos estaba repleta de barcos fluviales, con sus diferentes formas, proas, palos, y colores e insólitos nombres. Eran en su mayoría barcos de casco de madera a vela equipados también con motor y no faltaban como dije, los buenos barcos con casco de hierro, de cabotaje para cargar 500/800 toneladas. En realidad la mayoría estaban amarrados de popa al muelle a la mediterránea como se dice. Fue para mí el gran espectáculo, el choque más grande con una nueva realidad marina, quería abarcarla y verlo todo al mismo tiempo, y la vista y el pensamiento me desbordaban. Entonces el mercado de frutos era la base y cuna de todo el movimiento fluvial del Uruguay y hasta de cabotaje y alto cabotaje. Allí estaban también los barcos pesqueros en el muelle de pescadores con sus activos tripulantes gallegos, croatas, rusos, catalanes, aquello era una babel de gente extraordinariamente trabajadora que iba y venía, que descargaba y cargaban mercaderías varias y también bajaban de a bordo el pescado y cargaban las embarcaciones con hielo, y allí se daban cita los pequeños comerciantes mayoristas y al menudeo que venían a procurarse al mercado de frutos y al muelle de pescadores las variedades de pesca. Mire, los yugoslavos, que entonces había muchos en el Uruguay, trabajaban en tareas fuertes y duras y a bordo de estos barcos eran excelentes marineros, incansables y duros frente a las inclemencias climáticas. Pero también los yugoslavos eran muy cotizados como carpinteros de ribera que trabajaban en astilleros del Uruguay y se cuentan anécdotas que esta gente era capaz de reparar accidentes al barco en plena navegación. Entonces se consumía en Montevideo mucho pescado considerando que la enorme colonia de inmigrantes europeos traía costumbres alimenticias de su terruño y la carne estaba relegada a un segundo lugar. Teníamos en aquellos años, el bacalao noruego que por cierto era rico, pero seguramente debía ser muy caro. Así que había algunos artesanos, principalmente italianos, que con la corvina preparaban un exquisito bacalao tal como lo hacían sus ancestros. Salaban la corvina, la secaban y una vez preparada era riquísima. En la calle Florida había un lugar de comidas llamado La Recalada donde su dueño, un italiano preparaba el bacalao con corvina que era un verdadero manjar. Por entonces todos en el puerto y sus alrededores sabían cocinar comidas a la ollas y eran exquisiteces europeas. En cada esquina y a la mitad de la cuadra había restoranes o casas de comidas a precios muy módicos para gente trabajadora. Este mismo artesano italiano producía un exquisito fiambre con las toninas a través de un proceso artesanal que era su máximo secreto y todo el mundo iba a comer su fiambre. Pero a bordo de los barcos fluviales había siempre un cocinero que por lo general era extranjero que hacia unos cocidos que lo ponían a uno en el cielo. Eran los tiempos que se comía muy bien en los boliches, casi todos en manos de italianos y españoles".
En otra parte Gari recuerda que el transporte estaba constituido por pequeños camiones, algunos con ruedas de goma maciza y muchas jardineras y carros de cuatro ruedas. "Estamos hablando de los años 20. Pero mire aquel mi primer día de puerto fue el día del impacto, que no pude borrar jamas de mi memoria y aún lo tengo presente hasta hoy. Ya mayorcito, mi padre me permitía tomar una lancha y remando me iba afuera a disfrutar de los diferentes y llamativos mascarones de proa de cada uno de esos barcos que años mas tarde supe que habían venido del exterior con sus anécdotas y cuentos europeos traídos por inmigrantes y otros comprados por empresas uruguayas. Los mascarones eran figuras formidables que invitaban a generar fantasías increíbles. Tampoco faltaban los que habían sido construidos en los astilleros del Uruguay que por entonces eran de gran prestigio y artesanía heredada de sus mayores. El río Uruguay estaba preñado de astilleros de todo tipo y para todo tipo de embarcación, incluso barcos de pasajeros". Seguiremos.