E. Etchevarren/R. Aguirre
El juez Alejandro Guido acaba de terminar su turno. Fueron diez días recibiendo malas noticias, diez días en los que tuvo que atender todos los delitos cometidos por menores en la ciudad de Montevideo.
El turno fue difícil, pero no más que otros: tres homicidios —algunos salvajes— cometidos por menores drogados o en busca de pasta base —la droga del momento— y el caso del liceal que con un arma de fuego hirió a una compañera dejándola parapléjica y desencadenó un drama que removió a la opinión pública.
Guido arregla los papeles desplegados sobre el pequeño escritorio de su despacho y atiende el teléfono mientras explica que todavía sigue trabajando en los últimos casos que le tocaron en suerte. Desde las ventanas del cuarto de tres por tres se ve el teatro Solís en obras y una esquina de la Plaza Independencia. Pero Guido dice que desde allí se contempla mucho más: la realidad del impacto que la droga está provocando en los casos de violencia juvenil; los rostros de menores infractores que se repiten y de nuevos que llegan por primera vez pero cuya suerte ya adivina; la impotencia —reconoce— de un sistema que no está en condiciones de resolver un problema creciente.
—¿Cuántos casos atiende en un día?
—En el turno tenemos un promedio de 30 o 35 llamadas por día. Cada una significa tomar contacto con un caso. En el último día del turno, por ejemplo, se recibieron 17 partes (policiales) que en un 95 por ciento son por infracción.
Algunos casos se archivan por razones de política criminal —si es un primario que tiene contención familiar—y si el hecho es leve. Si es un homicidio no hay política criminal que valga.
De esos 17 casos por día, se pueden formar diez expedientes.
El juez echa mano de un expediente de encima de su mesa, al azar, y explica:
Este es un ejemplo: un menor detenido por "acometimiento con arma apropiada" con cinco hurtos especialmente agravados en reiteración real. Y acá está la resolución que inicia el expediente: "por la gravedad de la alarma social causada, la ausencia de continentación y la reiteración de conductas punibles... y su problema de adicción a las drogas, se lo internará con medidas de seguridad, teniendo en cuenta un tratamiento a su problema de adicción a las drogas y sus fugas".
Así es más o menos un procedimiento.
—¿Hay más menores infractores o son los mismos que capturan, se fugan y vuelven a delinquir?
—Con una cuota de ironía o humor, que es lo que tenemos que poner acá para soportar esto, lo que yo llamo el "elenco estable" está siempre. Son nombres que se repiten, que generalmente son de internados sin medidas de seguridad. Porque tenemos otro grave problema, con los que van internados con medidas de seguridad, una problemática que está en vías de solucionarse de acuerdo a lo que me ha manifestado el presidente del Iname. Al menos es lo que vengo escuchando desde que estoy acá.
—¿Cuál es el problema?
—En primer lugar el problema locativo. En segundo lugar, que los chicos no hacen nada porque no tienen nada para hacer. Los talleres (de la Colonia Berro) se cerraron por falta de medios. Había un taller de herrería y otro de carpintería que hace más de un año no funcionan. No hay un proyecto de rehabilitar esos talleres, esos chicos ni siquiera tienen la oportunidad de ir a una huerta a carpir tierra.
—¿El grupo de menores que vuelven al juzgado es una cantidad significativa?
—Es importante sí, porque además si no entran por este turno entran por alguno de los otros. Están siempre. Si será estable que en mi turno repito los nombres, y me entero a veces por los informes que aparecen en los expedientes que ya ingresaron por otro turno.
—¿Ese grupo es especialmente violento?
—Tenemos de todo. Hay menores que están en el hogar Garibaldi, en el Hogar Sayago que tienen 9, 10, 12 años que cometen pequeños hurtos. Esos que van a una parada de ómnibus, por ejemplo, y agarran a una señora de edad entre 3 o 4, la aprietan y le sacan algo de la cartera. Eligen esas víctimas. Rompen alguna vidriera para llevarse alguna cosa para vender. Ellos forman parte del elenco estable porque son los nombres que siempre se repiten, entonces van a esos lugares que tiene Iname sin medidas de seguridad porque por los hechos que producen tampoco ameritan una internación con medidas de seguridad, y se fugan inmediatamente. Ahí está otro de los grandes dramas que tenemos.
Yo, en un día he mandado internar a un mismo menor tres veces.
—Eso parece una situación fuera de control.
—Hay falencias que son muy básicas. Yo sé que la opinión pública se queja de la falta de seguridad. Hay gente que tiene comercios a quienes les piden y esos mismos que piden capaz que después son los que les roban. Hay como una especie de cosa extorsiva porque ellos saben que van a pedir y les dan porque si no entran y les desvalijan todo.
Hay comerciantes que están desesperados, que no saben que hacer porque llaman a la policía, se los llevan y al otro día vuelven.
—¿Cómo se soluciona eso?
—Creo que es un problema estructural que pasa por una cantidad de soluciones que van mucho más allá de lo represivo. No es que esos menores aparezcan por generación espontánea en la calle, vienen de toda una temática que se ha incrementado por razones económicas, socioeconómicas, ya entraríamos en otro terreno. Lo que sí estoy convencido es de que tienen que haber políticas de Estado.
—¿Siente que el sistema está desbordado?
—Sí, absolutamente, claro que desborda. Hasta los propios policías me llaman. Me dicen: doctor, ¿usted no puede hacer algo? Porque a este menor ya lo tuvimos hace dos días.
—Y usted, ¿qué responde?
—Y yo les digo: el Iname no soy yo. Lo he hablado con el Iname y me dicen que lo van a tratar de mejorar. Aparte hay un tema que es recurrente; si a mí me dicen que es un problema de recursos, yo no lo sé porque no estoy ahí.
—¿Ahora hay mayor violencia?
—Lo he dicho antes. He concedido entrevistas —que a los jueces no nos gusta hacer— porque tengo una aspiración personal, pero a la vez represento a un poder: quiero llevar a la conciencia pública el grave problema de la drogadicción y el aumento enorme del consumo, sobre todo de la pasta base que está haciendo estragos en jóvenes, adolescentes y niños.
Todos los días, hoy mismo, vino una señora que es madre de dos chicos. Vino a decir que lo último que quedaba de valor en su casa —la mesa del televisor— se la habían llevado para venderla. Ya le habían robado el sueldo, le habían robado todo, no le quedaba nada, lo último era la mesa del televisor que se la llevaron esta mañana. Son dos hermanos, uno de 17 y otro de 14, los dos consumen pasta base y la mujer viene a pedir ayuda. Ese es el tema.
—¿Se refleja en los delitos tanto como algunos sostienen?
—Yo tuve tres homicidios protagonizados por menores en este último turno. Los tres, de alguna forma, están ligados con el consumo de drogas. En uno de los tres homicidios, lo mataron entre dos; un mayor y un menor. El mayor le daba con una pesa de hierro y el menor le daba las puñaladas. Casi 30 puñaladas. Y el fallecido a su vez también era un menor que ya tenía procesos acá y que también era consumidor de pasta base. La droga siempre está presente. Sobre todo esta droga.
—¿Qué se está haciendo ante ese nuevo fenómeno?
—Yo creo que este es un tema de las autoridades. No quiero decir ni que saben ni que no saben. De repente, en este momento, hay 100 personas trabajando en el tema de la pasta base y tratando de ver cómo se la va a combatir. Tal vez sí o tal vez no, no lo sé.
—Si la respuesta fuera no, ¿cuál es su pronóstico sobre el futuro?
—Si fuera no, mi pronóstico es muy negro.
—Más allá de los reincidentes, ¿hay más primarios?
—No es explosivo, pero hay un aumento y creo que eso está relacionado con el deterioro de la situación social o de la situación de determinadas capas sociales, por decirlo de alguna manera. Yo no soy economista y aparentemente la economía está creciendo, pero yo lo que les puedo decir es que acá, en este juzgado, no se nota. Acá lo que está creciendo es el número de infractores.