La vida y la muerte, nada menos

Los primeros compases del fondo musical anuncian al espectador que en los noventa minutos siguientes asistirá a una ceremonia. El veterano profesor tiene un cáncer terminal, está internado en un hospital de Montreal, recibe los cuidados de su ex-mujer e irá empeorando a lo largo del relato. Desde Londres llega su hijo, cuya holgura económica ayudará de muchas maneras al enfermo, y desde otros puntos llegan también sus viejos amigos para dulcificar esa agonía. Con ellos se recompone el grupo que ya figuraba en La decadencia del imperio americano, sólo que diecisiete años después la vida les ha dejado otras huellas al pasar. Observando ese crepúsculo, el libretista y director Denys Arcand conduce al espectador a través de la ceremonia de la muerte.

El mundo real desfila por allí con toda crudeza, no sólo al recoger declaraciones sobre el atentado neoyorquino del 11 de setiembre ("tocó por primera vez el corazón del imperio") sino también al examinar el pésimo funcionamiento del seguro nacional de salud en Canadá, que hacina a los pacientes en un piso de hospital mientras otra planta permanece vacía. Manteniendo un ojo crítico para registrar ese mundo, Arcand denuncia a una burocracia y una dirigencia sindical no sólo indiferentes sino además sobornables, lo cual revela dos de las caras ingratas de una realidad que tiene otras (tráfico de drogas, policías cínicos) sin dejar por ello de reflexionar sobre los antecedentes de ese cuadro. El protagonista hace un balance de las cifras de víctimas en guerras del siglo XVI y el siglo XX, con lo cual abre la cabeza de unos cuantos oyentes: "no hay holocausto que valga cuando se habla de los indios americanos" dice el hombre en medio de una indignación que tampoco perdona al gulag soviético, a Pío XII o a la revolución cultural china. Las invasiones bárbaras pueden asaltar al mundo de ayer y de hoy en cualquier momento.

SENSIBILIDAD. Pero esos apuntes son apenas el esqueleto de un asunto cuyo tejido penetra mucho más allá, porque su médula consiste en una exploración de la afectividad (es decir de la vida, no de la muerte) con extremos de incomunicación, de nostalgia, de alejamiento y también de abandono al referirse a parejas deshechas, hijos solitarios, recuerdos amargos y amoríos inútiles. Ese fondo donde pinta a los espíritus castigados va surgiendo en frases sueltas y comentarios casuales, como si trazara paso a paso un mapa de desolación en jóvenes y viejos, interrumpido empero por la gravedad del enfermo, que reaviva de pronto la necesidad de una manifestación de sentimientos o el beneficio de una ejercitación de la memoria. Esa agonía del protagonista opera como un detonador para llegar a ver con claridad unas cuantas cosas que habían ido borroneándose en su entorno con el paso del tiempo y el desgaste de las relaciones.

La extraordinaria sensibilidad de Arcand consiste por un lado en proponer situaciones donde el contacto de unos seres con otros destapa gradualmente los lazos ocultos que explican su comportamiento, iluminan su pasado y descifran sus crisis (la de una esposa desplazada, una joven drogadicta, un hijo ofendido) hasta lograr con esos vínculos la transparencia de una membrana radiográfica. Por otro lado, el realizador va tanteando el pedal de la emoción con la levedad que exigen esos intelectuales tan ufanos de su erudición y tan burlones ante la ignorancia ajena, pero en instancias culminantes del relato esa corriente emotiva se libera, acentuándose ante la llegada de lo irreparable: el protagonista va a morir y sus seres queridos lo rodean en el momento decisivo, donde ciertas cosas largamente guardadas deben por fin decirse. Allí la película se vuelve estremecedora hasta alcanzar niveles que rara vez se ven en el cine, en parte por la congoja y el pudor que Arcand sabe transmitir con sus imágenes, pero también en parte por la expresividad de un elenco al que el director maneja maravillosamente, con algo de la familiaridad que suele establecerse entre Bergman y sus actores. Resulta difícil que el estado de ánimo del espectador permanezca al margen de esa conmoción.

CELEBRACION. De principio a fin, la película avanza como un ritual, con su hilera de escenas de ritmo acompasado que funcionan igual que los pasajes de la liturgia, un terreno donde no es extraño tantear la huella del cine de Bresson cuando los contenidos van sumándose silenciosamente a través de palabras, miradas y elipsis. Pero Bresson era un maestro cerebral, cuyo lenguaje nunca deponía cierta frialdad y mantenía un distanciamiento ante los pesares o el sacrificio de sus criaturas. En cambio Arcand administra la calidez para volcarla en algún pasaje capaz de doblegar al más resistente: quien haya visto La decadencia o Jesús de Montreal conoce ese prodigio.

El personaje central domina toda la historia. Su conciencia de la proximidad de la muerte, su mal humor inicial, la iracundia con que enfrenta a varios interlocutores y luego su desvalimiento ante el dolor físico o su fragilidad interior al recuperar viejos apegos familiares, ayudan a componer un personaje de insólito espesor. Alrededor de ese eje, Arcand se complace en recorrer todo un abanico de climas, desde las bromas y expansiones de escenas de camaradería hasta el fondo más sombrío (la utilización de recursos inconfesables para calmar al enfermo) en busca de la demostración última de su planteo: el hombre está solo ante los azares de la vida y del mundo, pero ese individuo enfrentado a su final es capaz de superar el desamparo cobijándose en los amores perdurables, en el reencuentro de la amistad verdadera, en la obstinada defensa de la verdad y finalmente en la mansedumbre para recibir a la muerte. No puede haber mejor conclusión en medio de una película recorrida por la grandeza.

El secreto de esa grandeza consiste en un relato que comienza sacudido por el nervio testimonial (guerras, atentados, genocidios, desastres asistenciales) y se desliza luego bajo la piel de un drama individual. Ese pasaje no es antojadizo: lo que Arcand dice al espectador es que en el fondo de aquel cráter de cientos de millones de muertos se encuentra un sobrecogimiento definitivo y único, el de la propia muerte. Por eso desde la contabilidad escandalizada de las masacres se pasa al otro horror: el de la intimidad en torno a un moribundo. Pero en la última imagen algo levanta vuelo, demostrando que la pena es reversible y que la vida se acaba pero también se transmite por un lazo biológico que en realidad es un eslabón del amor. Así el funeral se convierte por fin en una luminosa celebración.

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CRITICA | JORGE ABBONDANZA

LAS INVASIONES BARBARAS

Les invasions barbares

Director y libretista. Denys Arcand.

Elenco. Rémy Girard, Stéphane Rousseau,

Marie-Josée Croze, Marina Hands,

Dorothée Berryman, Pierre Curzi,

Yves Jacques, Toni Cecchinato.

Canadá-Francia 2003

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