LO que suele llamarse NATO y también OTAN es la Organización del Tratado del Atlántico Norte, una alianza militar que Estados Unidos consumó en abril del año 1949, durante los turbulentos comienzos de la Guerra Fría, a la cual se afiliaron desde aquella fecha Francia, Alemania (occidental), España, Gran Bretaña, Noruega, Italia, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Grecia y Turquía. En aquella época, con Stalin en el poder y abundantes tiranteces a un lado y otro de la cortina de hierro, la OTAN funcionó como un bloque antisoviético y poco tiempo después provocó el surgimiento de un tratado desde el lado opuesto, el Pacto de Varsovia, de carácter igualmente militar y comandado por la Unión Soviética con apoyo de sus seis satélites en Europa oriental.
MUCHOS años después, luego del desmantelamiento de la URSS y con el cambio de aires ideológicos en los países del llamado socialismo real, hubo nuevas incorporaciones a la OTAN: se produjeron en 1999 e incluyeron a Polonia, Hungría y República Checa. Pero ahora acaban de confirmarse otras afiliaciones que llevan la frontera del Tratado cada vez más hacia el Este. La lista de siete flamantes socios comprende a Rumania, Bulgaria, Eslovenia, Eslovaquia, Estonia, Letonia y Lituania. El hecho desencadenó el fastidio del gobierno ruso, que hizo público "su descontento ante esa expansión" y marcó que entre las nuevas incorporaciones figuraban las de los tres países bálticos, que hasta 1990 formaron parte de la Unión Soviética y que hoy mantienen frontera con Rusia, pudiendo considerárselos como parte de la esfera de influencia de ese país.
EL juego hegemónico de Estados Unidos ha tocado así el límite geográfico de un país que aspira a mantener su rango de gran potencia militar, como es la Rusia de Vladimir Putin, y debe haber significado una satisfacción para los estrategas de Washington, aunque ahora ya no se sabe bien contra qué enemigo potencial funcionaría la OTAN, que sin embargo está presente con tropas en Afganistán y ha dado apoyo logístico en la ocupación de Irak. Derretida la Guerra Fría, la tensión Este-Oeste también se ha disuelto, pero los bloques de cualquier alianza militar son útiles a la política norteamericana de control global y también sirven de antifaz para que ciertas iniciativas del Pentágono obtengan la apariencia de un emprendimiento colectivo.
DE paso, y aunque no figure entre los planes concretos de la OTAN, el nuevo ensanchamiento de ese tratado contribuye a otorgar cohesión a otro mapa: el de la Unión Europea, ese mercado común transformado en confederación de países, cuyo límite también sigue avanzando hacia el Este a medida que se producen nuevas incorporaciones. De una y otra manera, Europa camina así hacia un porvenir monolítico que por el momento refuerza las normas de su asociación interna, programa desde ya una Constitución común y puede llegar a constituir una futura unidad política, revestida de protagonismo e influencia impredecibles en el concierto mundial. No habrá más que esperar y ver, pero el proyecto europeo luce desde ya como una revancha continental frente al peso irresistible de quienes fueron (USA y URSS) las superpotencias durante medio siglo y a partir de la pérdida de primeros papeles que debieron sufrir países como Gran Bretaña y Francia en su carácter de ex potencias mundiales, después de la disminución de su calibre luego de la Segunda Guerra Mundial.
AHORA, con 26 naciones dentro de su órbita, la OTAN —que hace 55 años había sido creada "para salvaguardar la seguridad de sus miembros y prevenir o manejar las crisis"— tiene un presupuesto civil de 125 millones de euros y un gasto militar de 746 millones. Tiene además una capacidad potencial que no será poca cosa para los futuros proyectos de expansión y de vigilancia militar que puedan desplegarse. Por el momento, los efectivos de ese Tratado y cualquier otra fuerza armada de países de cualquier dimensión, tienen con qué entretenerse: hay conflictos en Asia Central, en Medio Oriente, en Africa Occidental y Oriental, sin ir más lejos. Esos sitios, y algunos otros, son focos de perturbación que tarde o temprano pueden emplear los servicios uniformados: la paz sigue estando lejos de este mundo, y la OTAN lo sabe.
No dejarla correr
Cómo nos cuesta dejar de lado algunas viejas creencias. Desde hace mucho tiempo los estudios y datos disponibles han confirmado que nuestro país no es uno de los más ricos del continente en agua dulce. Si bien, la situación uruguaya es muy buena en cuanto a la disponibilidad del recurso con relación a la población, esta ventaja tiende a neutralizarse por la mala gestión realizada por la gente.
En primer lugar, todos los cursos de agua dulce vinculados a ciudades están contaminados en diferente grado. Falta red de saneamiento y tratamientos adecuados de las aguas servidas en la mayoría de los centros poblados.
Carecemos de una cultura del agua, transmitida desde el hogar, afirmada en la escuela, el liceo y la universidad, y reforzada a través de la comunicación social. Se refleja en el descuido y el derroche llevado a cabo por las personas, sin distinción de nivel educativo ni socioeconómico. Tampoco importa si estamos en época de sequía o de lluvias; el agua se despilfarra sin control.
La nueva costumbre de "barrer" las veredas a fuerza del chorro de mangueras conectadas a la red de agua potable es un buen ejemplo de la falta de respeto que se tiene hacia uno de los recursos naturales más vitales. Algo que jamás ocurriría en sociedades donde el agua es un bien muy preciado.
Es hora de iniciar un proceso de revalorización del agua, en especial sabiendo que, según las estimaciones más confiables, en las próximas décadas la escasez mundial de agua segura se incrementará de manera alarmante.