Por una reparación nacional

Enrique Beltrán

"El inmortal Lavalleja, ordena a los lanchones su regreso y con la rodilla en tierra, desplegando las dos banderas, juran ante Dios y por la Patria, libertarla del poder extranjero o perecer en la lucha". Así relata Luis Ceferino de la Torre lo que parece uno de los momentos más solemnes y emotivos del legendario desembarco.

Por su parte Juan Spikerman nos lo cuenta en sus memorias así: "A las 11 de la noche desembarcamos en el Arenal Grande, costa del Uruguay. En ese momento no pudimos menos que besar el suelo de nuestra patria". Algo más adelante sigue: "Concluido ese trabajo, (el despacho de los lanchones a Buenos Aires), nuestro Jefe Lavalleja tomó la bandera y nos dirigió una proclama llena de fuego y patriotismo la que contestamos con el mismo ardor, jurando llevar adelante nuestra empresa de Libertad o Muerte".

El pincel de Blanes, su genio pictórico, trascendido de fervor nacional, nos visualizó para siempre la escena en la gran tela. En ella la bandera que luce la leyenda de Libertad o Muerte, sólo descubierta en parte, parece recoger el solemne juramento. Es la misma que pocos años después, se contará también para siempre en los versos de la Leyenda Patria "como león que sacude la melena, azota el aire y estremece el asta, el pabellón de Libertad o Muerte que el aura agita de presagios llena".

Todo aquello: vivido, recreado en la pintura, evocado miles de veces, venerado desde niños, cantado por nuestros poetas, página admirable de nuestra historia y de nuestra identidad, tuvo, por muchos años un testigo protagonista, latido vivo de la admirable gesta: la bandera.

Custodiada en el Museo Histórico Nacional desde su creación, constituía uno de los más preciados testimonios históricos que tuvo el país. Sólo contemplarlo en su vitrina, emocionaba. Sólo saber que estaba allí, nos recordaba que no era leyenda aquella página, sino historia que nos enaltecía.

Allí quedó, a lo largo de los años, como una presencia inviolable y casi sagrada. El país conoció revoluciones que encendían pasiones y ganaban libertades; disputas por el poder, que llamaban y tentaban a las intervenciones extranjeras con su predominio y prepotencia; ensangrentadas luchas de partido; motines y dictaduras. Cualesquiera fuesen las pasiones que nos dominaran, los odios que poseyéramos, las heridas y aún las furias que nos dejaran la arbitrariedad de los gobiernos, la gesta de los Treinta y Tres y aquella bandera que sobrevivía como su protagonista y testigo, nos unía a todos en el respeto y también en el orgullo.

No hubo nadie, por mérito que ostentara, por arrogancia que se atribuyera, por perverso humor en que soliera complacerse, ni siquiera por la caterva de delitos que llevara encima, que se viera tentado a sacar la bandera de su sagrario, y robársela a su pueblo.

Eso fue lo que ocurrió aquel 16 de junio, hace casi treinta y cinco años; en plena vigencia de la Constitución, cuando seis o siete delincuentes "ideológicos" asaltaron el Museo. Esa afrenta al país entero, a las generaciones de ayer, de hoy y las que vendrán, provino de uno de los diversos grupos sediciosos de izquierda, uno más en la planeada embestida contra nuestras instituciones democráticas, siguiendo las consignas y la preparación, que venían de la tiranía cubana.

La bandera no apareció más. Secuestrada, parece que el descuido y la vergüenza la mataron. Lo que ha quedado es la arrogancia, el desprecio por el país, por su gente, por su historia y por sus libertades. Es lo que dejó aquel robo. Más el desprecio por su cuidado, pues según lo declararon, la bandera se habría destruido. Han quedado sus autores; tan panchos, sin bandera, sin disculpas, sin humildad, y aún erigiéndose en jueces implacables y hasta soñando con el gobierno.

¿No es hora de que se fije un día para que el país entero, por lo menos en el recuerdo y en el fervor reviva la presencia de la bandera, primero secuestrada y después asesinada?

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