Jorge Abbondanza
Proyecto macabro: ayer en Florencia comenzó la exhumación de los restos mortales de dos miembros de la familia Médici. Esos despojos fueron sacados de sus tumbas para averiguar cómo murieron aquellos banqueros —los Rockefeller del siglo XV— y dejar de lado ciertas vaguedades novelescas sobre asesinatos, conspiraciones y envenenamientos que han rondado durante siglos el recuerdo del célebre linaje florentino. Pertenecientes al partido güelfo, los Médici se enriquecieron compitiendo por el control del mercado medieval europeo con la opulenta familia alemana de los Fugger de Augsburgo, que también especulaban con el comercio marítimo, las minas, el oro y los préstamos a la realeza. De hecho, esos dos clanes inauguraron el concepto del magnate moderno (cuyo antecedente francés pudo ser el millonario Jacques Coeur) y conquistaron una prominente imagen a nivel continental, a pesar de tener origen plebeyo.
Pero los Médici hicieron algo más: se ennoblecieron a partir del siglo XVI, pasando a ser grandes duques de Toscana, lo cual barnizó suntuosamente una tendencia que ya era noble, la del mecenazgo mediceo hacia los grandes artistas del Renacimiento, empezando por Miguel Angel, a quien Lorenzo el Magnífico había convertido en su ahijado. También como benefactores los Médici fijaron un precedente que ha dado a la familia una aureola fulgurante: mientras regenteaban esa filantropía artística, empero, manejaban negocios menos altruistas, incluyendo la regia maniobra de casar a dos jovencitas de la familia con monarcas franceses (Catalina con Enrique II, María con Enrique IV). No había límites para su poderío.
Sin embargo no estuvieron a salvo de enfermedades, peligros e intrigas homicidas, como cualquier mortal: los dos restos desenterrados ayer corresponden a los hijos de Cosme de Médici y Leonor de Toledo, cuyas muertes la historia oficial atribuye a la malaria, que los habría fulminado a los 15 y 19 años respectivamente, aunque hay dudas sobre la causa de esas defunciones prematuras, de manera que el trabajo de ocho especialistas respaldados por un sofisticado laboratorio biológico y químico, comenzó con esas exhumaciones aunque abarcará en los dos próximos años un estudio de otros 47 integrantes de la familia Médici, que deberán soportar este ultraje póstumo en beneficio de la verdad y para mayor lucimiento de la ciencia contemporánea.
En junio serán sacados de sus panteones Francisco y su esposa Bianca Cappello, que en 1587 habían muerto con un solo día de diferencia, también por culpa de la malaria según se dijo, aunque siempre se sospechó que alguien había acelerado ese tránsito con ayuda de un frasco de arsénico. Y después la lista continuará, reiterando con esa dinastía florentina las honorables profanaciones que hace unos meses se cumplieron con las dos urnas de Cristóbal Colón (en Sevilla y en Santo Domingo) para saber dónde descansa realmente el descubridor. Por el estudio de los huesos se comprobará si Cosme o Francisco fueron emponzoñados o sólo se trató de chismes de las malas lenguas, deseosas de empañar el prestigio de una familia que dio a la historia tres papas, dos reinas de Francia y dieciseis duques antes de extinguirse en el siglo XVIII.
Quien haya visitado la iglesia de San Lorenzo en Florencia, en cuya cripta están las tumbas de los Médici envueltas en esculturas de Miguel Angel, tendrá idea de la grandeza que rodeó a esos potentados, cuya residencia pasó del palacio Ricardi al más vasto Palazzo Vecchio en momentos de esplendor, cuando eran capaces de convertir a esa ciudad en el centro artístico —y financiero— más encumbrado de Occidente. Ahora sólo quedan sus cenizas, manipuladas por extraños para conocer cómo vivieron y sobre todo cómo murieron hace cuatrocientos años. Nadie podrá decir que descansan en paz.