El culpable en la mitad de la película

Víctor Hugo Morales

La ciudad en llamas fue atravesada por la caravana cordobesa. Buenos Aires, con su piel sudorosa, los poros del cemento penetrados por un calor que parecía proceder directamente del infierno, observó ese corso esperanzado, el carnaval desatado por los líderes inesperados del torneo.

La tarde avanzaba con la lentitud de un domingo en el lejano oeste. Nada, salvo el paso de los cordobeses era registrado por los tomógrafos de la ciudad. ¿Podría el partido satisfacer la tremenda expectativa generada en los días anteriores y ahora escondida en los edificios, con la gente tomando coraje para salir a las calles desiertas?

Poco a poco la ciudad tuvo también a los hinchas de Boca rumbo a su Bombonera de oro. Y llegó la hora señalada, la de la verdad para Talleres, el insólito líder.

Nunca se dio una respuesta tan rápida a las pretensiones de la gente. La emoción ocupó su sitio bien temprano. A los siete minutos, los defensores (y no los delanteros precisamente) tenían el partido uno a uno. Verdaderos horrores defensivos promovieron que el estadio se convirtiera en una sucursal del manicomio. Torsos desnudos, transpirados, excitación y euforia. Del fútbol, la dinámica, el esfuerzo, el mejor trato posible de una pelota en procura de la cual se movían afanosos jugadores que reducían los espacios en toda la cancha.

De pronto, un penal. Y el estadio se viene abajo al saber que Barros Schelotto anotará su gol numero 100, y pondrá a los xeneises 2 a 1. Boca en ventaja es un asunto muy complejo para cualquier equipo del mundo. Mucho más para ese misterio que para el público porteño era Talleres. Se supo, entonces, aunque fuera prematuro que el cuadro de Bianchi, una vez más respondía con clase a un partido difícil

Para evitar toda sospecha, a los 43, Cagna de cabeza anotó el tercero. El espectáculo había terminado. En la mitad de la película ya se sabía quien era el culpable.

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