El acuerdo logrado en Buenos Aires a comienzos de marzo entre el Mercosur, la Comunidad Andina de Naciones CAN y Chile, de actuar en conjunto en las negociaciones del Alca, bien puede ser un hecho de profunda trascendencia histórica y de fecundas proyecciones en la evolución continental. Vendría a ser nada menos que la decisión de la América del Sur de entrar a hablar con una misma voz en los foros internacionales.
En el mundo generalmente pospuesto de las integraciones, salvo en el caso ejemplarizador de la Unión Europea, esta presencia del continente sudamericano viene a delinearse como un hecho vitalizante para toda la América Latina pero, sobre todo, es una grata noticia para los sudamericanos conscientes de su presencia coherente y solidaria en la era de las vigencias y compromisos regionales.
En el milenio de la globalización se acentúa cada vez más la necesidad de ser escuchadas de las entidades que hacen la convivencia internacional. Ya se están superando las razones de ser de las naciones aisladas que fueron patrimonio de los absolutismos de ayer y de los archipiélagos de pequeños países de fácil manejo para las superpotencias.
Es significativo que tan trascendente resolución ha sido adoptada por una reunión de cancilleres y de representantes de sectores comerciales lo cual, tras una larga espera de maduración, ha sido por fin, la tan buscada ocasión de que Sudamérica llegara a tener una sola voz para opinar y participar en las decisiones continentales a que desde muy antiguo teníamos derecho.
Está aceptado que la globalización es irreversible y que implica una etapa inevitable de la coherencia internacional. En el tercer milenio ha sido menester para todos los países, grandes y pequeños, entrar a la arena de la discusión mundial munidos de una efectiva mentalidad internacional. Por ello resulta que hasta por simple instinto de supervivencia, el gran bloque regional sudamericano empieza a marcar su presencia en los foros mundiales y en todos los escenarios de temática internacional que constituyen la médula de la convivencia y de la indispensable cooperación entre naciones.
A lo largo de estériles décadas de malentendidos, de innecesarios conflictos territoriales, de celosos períodos de interrupción de enlaces impuestos hasta por la historia y la geografía, y a causa también de los caudillismos y de las ambiciones lugareñas localistas, a base de todo eso, o a pesar de todo eso, la voluntad de una presencia sudamericana está vigente y reaparece como una opción insustituible y obligante para garantizar la madurez de nuestra subregión. Lo que estuvo allí siempre latente y dispuesto a devenir pujante y pródigo, la América del Sur, como una realidad entre los continentes, empieza a avanzar felizmente en tiempos de obligante cooperación pacífica, laboriosa y democrática para cumplir con el destino que por largo tiempo vendría a corresponderle en el concierto de los pueblos y las regiones del mundo.