El hielo es japonés

Miguel Carbajal

Me enfrento a los despliegues de Sean Penn en (sobre todo) Río Místico y 21 gramos y no resisto la tentación de equipararlo con los fuegos histriónicos del Marlon Brando de Nido de Ratas y algunos otros de sus momentos culminantes. Caigo en la trampa de las comparaciones. Penn obtiene el Oscar y lo celebro como propio. Me fanatizo en el tema. Al otro día de la entrega de los premios de la Academia, me llama por teléfono Jorge Bolani para felicitarme. "¿Por qué?", le pregunto. "Porque ganaste el premio", me contesta. Ha estado siguiendo de cerca mis columnas y detectado el rastro de algunas de mis obsesiones interpretativas. En algún momento lo comparé a él con Sean Penn, en el sentido de ser el paradigma de su generación, y luego comprobó las otras formas que adquiría el impacto. Pero soy un ciclotímico.

Unas semanas después veo a Bill Murray en Perdidos en Tokio y me conduelo de su mala suerte. Sofia Coppola debió haber filmado su película un año antes u otro después, para evitar un enfrentamiento sangriento. Murray está soberbio y lo que produce más pena es el previsible perfil de su carrera futura. Es muy difícil escapar a las acechanzas que le depara el poder de su vis cómica. Seguirá discriminando entonces aunque sea uno de los cinco grandes actores de la actualidad. Lo demostró en Perdidos en Tokio, donde construye una actuación compleja, sutil, contenida en la superficie mientras la explosión estalla bajo su piel (algo que parecía sólo viable en Gene Hackman), muy inteligente, a partir de un papel minimalista. De pronto Bill Murray es mi favorito. Me siento otro exponente de la inteligencia emocional que Martín Reyes enarbola desde el candor de su sinceridad: critica un film y reconoce después que se equivocó cuando lo ve de vuelta para chequear información de interés que llega a sus manos. Un caso de franqueza como el suyo es del todo infrecuente. Esa ausencia de cálculo aumenta sus niveles de frescura.

Murray aparte, lo que Coppola narra es una historia que debería calentarse en un freezer. Están muy bien el personaje de la norteamericana que quiere venderse como anoréxica, un par de climas nocturnos, el apogeo de una cultura tipo facsimilar que sólo en Kyoto rescata la única imagen de herencia antropológica, el fragor auditivo tipo Sony y el vallado sentimental de la anécdota central. El resto repite la cuota de hastío que depara una ciudad a la cual se llega desde Occidente después de volar 24 horas sobre el Pacífico con el sol sin claudicar ningún momento sobre las ventanillas cerradas del avión. El destino de ese viaje inhumano es un país difícil.

No es fácil establecer empatía con un emplazamiento sin historia (el Palacio Imperial es de lo poco que quedó en pie después de la Guerra), ultramoderno, muy frío y sin ángel, al que se enfrenta desde el cansancio y la incomprensión. Coppola aprovecha bien las imágenes clásicas de un centro tapiado por el cromatismo de los luminosos como una manera de aminorar la asepsia de una urbanización pensada funcionalmente como si fuera un sanatorio. Construida como contracara de la vivienda tradicional, encerrada entre el perímetro amurallado, los espacios subdivididos por las paredes de papel y el interminable espacio que ocupan los ritos de la cotidaneidad. El nuevo habitat tiene la conformación de una pajarera en medio de una iluminación líquida a lo pecera.

Sofia Coppola resume fugazmente algunos de sus rasgos: la lluvia de tarjetas personales que se intercambian en cualquier presentación, el ceremonial de las cortesías que esconden abismos de distancia, el gusto nipón por los aspectos más bizarros de las culturas foráneas, la soledad de los hoteles, el abigarramiento de los encuentros sociales y el maldito sueño que sólo llega después que se terminó la experiencia japonesa. La premiaron por un guión imaginativo pero demasiado magro que sólo se sostiene por la proeza actoral de Bill Murray, agazapado detrás de una máscara que le quita hasta el brillo de unos ojos que en la simbología de Hollywood fueron pensados para la delación a través del humor.

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