Libros de cabecera

Rebar

Uno ya no sabe qué pensar de todo lo que se cuenta alrededor del tormentoso matrimonio del Príncipe Carlos de Inglaterra con Lady Di. Ni los más delirantes libretistas de radioteatro (los hay también de teleteatro) habrían podido concebir escenas tan particulares como muchas que se dieron en esa "desunión" conyugal. Yo confieso que en aquellos tiempos de Carve en que, por mandatos de mis libretos, Juan Casanovas se "casaba" con Violeta Ortiz, o Luis Vega "llevaba al altar" a Margot Vera, jamás se me habría ocurrido prepararle al novio un maletín, con libros para leer durante la luna de miel. Daba mil rodeos para evitar hablar de lo inevitable en la noche nupcial: detrás de un beso prolongado, adivinado entre un marco musical romántico que me serviría de inmediata cortina, llegaba la tanda salvadora: luego, con una melodía muy suave, matizada por pajaritos cantores, retomaba el tema.

Era el momento en que Julio Cabot, con su voz incomparable, hablaba, sin decirlo, de lo que había pasado: "Amanecía. Las aves se asociaban, con sus alegres y armoniosos trinos, a la primera aurora feliz de la pareja. Y mientras el ama de casa —soldada a la autógena al receptor— dudaba entre sonreír o llorar en evocación de tiempos idos, el guasón de la casa gritaba como para que lo oyera todo el vecindario: "¡Vamo’ arriba, loco! !!..." Era —por si ustedes no lo han captado— el comienzo de la luna de miel, que había que disfrutarla al máximo hasta que venciera la licencia del individuo, el único de los dos que laburaba afuera. ¡Otra que libros!... ¡Ni tiempo para ver la carátula!...

Al parecer, el príncipe Carlos —gran lector— no creyó que esa pasión suya fuera a aflojar al casarse con Diana Spencer, una rubia muy mona pero, aparentemente, no demasiado entretenida. Fue a la biblioteca de Buckingham —donde sobreviven desgastadas por el uso de varias generaciones, versiones en todos los idiomas del "Decameron" de Bocaccio— y empezó a elegir literatura de cabecera, poniéndose en guardia ante un eventual aburrimiento. Abrió la valija que —se pensaba— iba a contener una selección de piyamas, y fue llenándola con volúmenes que le aseguraban noches de solaz... por las dudas. Así comenzaron a juntarse "Blancanieves y los siete enanitos", "Pinocho", "La isla del tesoro", "La cabaña del tío Tom", "Las aventuras de Tom Sawyer", "Bertoldo, Bertolino y Cacaseno", "Oliver Twist", "Robinson Crusoe" y "Las mil y una noches". Nueve, en total. Cuando "desenfundó" semejante carga literaria frente a la flamante desposada, Diana se desconcertó.

Pensó que se había casado con un librero. Los libros formaron una pirámide en la mesa de luz principesca. Apenas terminaba de colocarlos, cuando sonó la campanilla del teléfono:

—Es para mí... (dijo Carlos con absoluta seguridad).

Diana sospechó lo peor:

—Es la maldita Camilla... (se equivocó).

Carlos tomó el tubo:

—Hola, Embajador... Bien, muy bien... ¿Y Vd.?... Me alegro... Aquí estoy, esperando ansiosamente sus noticias... ¿Ah, sí?... ¡Qué bueno!... Le agradezco mucho... Usted ya sabe dónde enviarlo, ¿no?... Gracias de nuevo... Adiós.

Diana se animó a preguntarle:

—¿Quién era?

—Nuestro Embajador en Buenos Aires... para avisarme que, por suerte, me consiguió "El Libro Gordo de Petete". Mañana me lo pone en el avión.

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