Sin perjuicio de la respetable opinión sobre este tema
de los entendidos en la materia, así como la de los
prestigiosos integrantes de nuestra página
especializada, este comentario debe recibirse como
un simple editorial referido a una cuestión de
actualidad y su vinculación con algo que también
ocurrió en nuestro país. Lo que no impide que pueda
dar lugar a más de una reflexión.
Hace algunas semanas las agencias de noticias
internacionales y varios periodistas daban cuenta de
un incidente ocurrido en el Museo Nacional de
Antigüedades de Estocolmo el día de la inauguración
de una muestra montada paralelamente a la
conferencia que organizó el gobierno de Suecia sobre
cómo prevenir el terrorismo, en la cual el Embajador
de Israel ante ese país agredió una instalación
artística denominada "Blancanieves y la locura de la
verdad".
Como pudo verse en televisión, se trataba de un
estanque rectangular de relativas dimensiones, lleno
de agua roja —que aparentemente quería significar
sangre—, rodeado de media docena de altos
reflectores que la iluminaban y sobre la que el viento
desplazaba un pequeño barquito cuya vela estaba
constituida por una foto sonriente de la terrorista
Hanadi Janarat, mientras se escuchaba una Cantata
de Bach.
INDIGNADO por el contenido de la "realización" y
entendiendo que era "intolerable y un insulto a las
familias de las víctimas", el Embajador se lanzó contra
uno de los reflectores, tirándolo al agua, provocando
un cortocircuito y dañando lo que numerosas
personas, varios críticos y el Director del Museo
consideraban como una "obra de arte".
En su momento fue motivo de otro artículo la
información sobre quién era Hanadi Janarat. Abogada
palestina de 29 años, miembro del grupo integrista
Yihad Islámica, tiene el triste mérito de haber sido la
primera mujer kamikaze que se inmoló en un atentado,
el que tuvo lugar el sábado 4 de octubre del año
pasado a las 14 y 18, en el céntrico restaurante Maxim
de la ciudad de Haifa. Se encontraba, además, repleto
de gente, por coincidir con la víspera de Yom Kipur o
"Día del Perdón", que es una de las festividades más
importantes para los judíos.
En el atentado perdieron la vida veinte personas y más
de cincuenta resultaron heridas, debiendo incluirse
dentro de aquéllas a cinco niños y a un jugador de
fútbol del equipo local, Macabi Haifa, mereciendo las
más severas condenas, entre otros, del Secretario
General de la O.N.U., la Unión Europea, el Primer
Ministro británico e incluso de Yasser Arafat, quien lo
rechazó "enérgicamente".
En Montevideo, por su parte, en la proa de Br. Artigas y
Avelino Miranda, hace unos meses sorprendió la
aparición de un viejo trolebús tirado sobre el paso,
destrozado y herrumbriento, dentro del cual se habían
colocado unos bloques de hormigón amontonados
desordenadamente y que la Intendencia se animó
audazmente a calificar también como una "obra de
arte" para justificar su exhibición. Aunque fue retirado la
semana pasada, esa actitud no limpia el desacierto de
la exposición pública. Si a alguien le gustó, hubiera
sido mejor que se lo llevara a la casa y lo colocara en
el medio de su living, pero no que agrediera con su
contemplación a las multitudes que transitan
diariamente por la zona de Tres Cruces.
Estos ejemplos llevan a preguntarse qué es una obra
de arte. Más allá de las discrepancias que puedan
tenerse sobre el concepto, lo que no cabe duda es que
ninguna de las dos que se citan merece tan importante
calificativo.
EN ese sentido, y sin perjuicio de las catorce
acepciones y treinta aplicaciones que incluye el
Diccionario de la Real Academia Española, algunos
teóricos dicen que una obra de arte es belleza; otros
que es instinto; o una forma significativa; o expresión; o
comunicación de sentimientos; o la voluntad de la
forma; o una disposición ordenada de la forma que
provoca emoción estética. Pedro Figari anotaba que no
debe confundirse el arte con la acción, coincidiendo
muchos en que el arte es un fin en sí mismo y no un
medio para lograr otros fines.
Las obras de arte, además, son aquellas que están
destinadas a sobrevivir por encima del tiempo y de los
siglos, pareciendo exagerado asignar el mismo
nombre a expresiones que en la mayoría de los casos
no van a trascender la semana que viene y de las que
nadie volverá a acordarse, salvo que sectores
interesados se ocupen de resucitarlas.
Los artistas tienen todo el derecho, en un régimen libre
y democrático, a expresar sus inclinaciones de la
manera que mejor les parezca y hay que respetarlos.
Esa es otra de las virtudes de la democracia, ya que en
los sistemas totalitarios, tanto de ayer como de hoy, la
consideración del tema es distinta, bastando con
recordar la persecución al llamado "arte degenerado"
durante las épocas de Hitler. Lo que no acompaña a
ese derecho es la posibilidad de colocar la etiqueta de
obra de arte a manifestaciones políticas o ajenas al
arte mismo, que se limitan nada más que a serlo.
Como el niño que en el viejo cuento de Andersen "El
traje nuevo del Emperador" se animó a exclamar que
el Rey iba sin ninguna ropa, también en materia
artística hay que llamar a las cosas por su nombre y a
los que son mamarrachos —en el más estricto sentido
de la palabra—, decirles que lo son. Pero no obras de
arte.