Don Juan Pivel Devoto me aseguró terminantemente, más de una vez, que Artigas solo había recibido a cuatro visitantes, en Ibiray: un allegado al general Paz, su hijo legítimo José María, el militar brasileño Beaurapaire Rohan, y el científico francés Alfred Demersay.
Ana Ribeiro —en su estupenda obra "El Caudillo y el dictador"— ratifica esos encuentros. El allegado a Paz, más bien su emisario ante el gobierno paraguayo, era nada menos que el Dr. Santiago Derqui, presidente de la Confederación Argentina en 1860 y 61. Estuvo con Artigas a principios de abril de 1845. También lo vio, repetidamente, su hijo José María, que llegó a Asunción el 15 de enero de 1846 y permaneció allí tres meses.
Beaurapaire Rohan lo visitó una vez, entre el 12 y el 28 de mayo de 1846. Su encuentro está narrado en carta a Carlos María Ramírez, datada en 1884. El Dr. Demersay estuvo con él a principios de 1847.
Pero la Prof. Ribeiro asegura que hubo otros dos visitantes. El naturalista belga Alexandre Baguet, en noviembre de 1845, quien narró su entrevista en un libro sobre su viaje a Paraguay y Río Grande del Sur, publicado en 1874. Le atribuyó a Artigas 65 años, cuando ya contaba 81. Francisco Javier Brabo, un gallego aventurero a quien el gobierno de la Defensa le confió unos pliegos reconociendo la independencia paraguaya, viajó a Asunción en el mismo buque que José María Artigas. Habría visto al padre de este una vez, en el verano de 1846 y, aficionado a la pintura, le habría hecho un retrato, "al que Bompland dio los últimos toques", según narró, parece, a Don Juan Zorrilla de San Martín. ¿Existió realmente esta entrevista? Por lo pronto, el sabio Bompland nunca estuvo con Artigas. En ello coinciden Pivel y Ana Ribeiro.
En abril de 1846, el general Paz, derrotado por Urquiza en febrero y caído en desgracia ante el gobierno de Corrientes, a cuyo servicio había estado, ingresó a Paraguay. Lo acompañaba Ramón de Cáceres. Ambos, asevera la Prof. Ribeiro, estuvieron con Artigas. No es la única que lo hace. Aurora Capilla de Castellanos, en su erudita "Advertencia" a los "Escritos Históricos del Coronel Ramón de Cáceres", también lo asegura. José María Paz narró en sus Memorias su encuentro con Artigas, que Pivel Devoto sostenía que no había existido. El memorialista Cáceres también consignó en sus escritos haber conversado con su antiguo jefe.
El relato del militar es breve pero veraz. Refiere a un anciano octogenario como lo era, con sus facultades mentales algo resentidas, quizás por "la paralización física y moral en que lo constituyó el Dr. Francia, secuestrándolo de todo comercio humano", pero gozando de buena salud y con maneras "de un hombre de campo". El encuentro fue luego enriquecido en una crónica periodística de un tal Uvano Cloni, —1884— de dudosa autenticidad, pues atribuyó a Artigas haber dicho: "El fusilamiento de José Miguel Carreras y el manifiesto de sus hermanos a los chilenos, será eternamente mi mejor justificativo". Pero, esos hechos, ocurridos en 1821, no podía conocerlos Artigas.
¿Este recibió los pliegos de Rivera, en 1841, invitándolo a retornar a su tierra? Si los recibió, los devolvió a López, sin abrirlos, que es lo que asegura la Prof. Ribeiro, a tenor de documentación paraguaya. Pivel afirmaba que le había dicho al emisario de Paz —Derqui— que no se enteró de esa propuesta y que habría retornado, pues entonces estaba "medio muerto de hambre y casi desnudo", en Curuguaty. Que tal era su penosa situación, lo ratifica plenamente la autora del libro comentado.
Pero, tampoco regresó cuando lo visitó su hijo. En 1846 tenía libertad para hacerlo. ¿Rechazo a Rivera, en 1841? Es lo que surge de los relatos de Cáceres. ¿Disgusto por la guerra civil y la intromisión extranjera? Se lo habría expresado a Paz, según Uvano Cloni.
Finalmente, felicito a Ana Ribeiro por haber dedicado su libro a cuantos "hicieron posible la gigantesca obra del Archivo Artigas, especialmente a una mujer que dedicó a esa labor su vida entera, con silenciosa abnegación". O sea, a María Julia Ardao.