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LAS COLUMNAS
El affaire Langlois
H. A. T.

CON UNA BOINA ROJA como símbolo rebelde, la joven Eva Green aparece encadenada a las oficinas de la Cinemateca Francesa, en protesta por el despido de Henri Langlois, su secretario general. Ese es el comienzo de Dreamers (Soñadores), nueva película de Bernardo Bertolucci. Tras las cadenas del comienzo la protagonista vive otras en un "ménage trois" con los jóvenes Louis Garrel y Michael Pitt. La fecha es febrero 1968 y al fondo de esa ficción se vive un drama que integró la historia del cine.

Desde 1928 el gran maniático Langlois (n.1915) había juntado películas de todo tamaño y sistema, mediante regalo, robo, súplica o engaño. Tras rescatar un cine mudo que desde 1930 aparecía desdeñado, su colección recibió cierto apoyo del Estado y se convirtió en la Cinemateca Francesa. Luego educó en cine a los jóvenes de postguerra y en especial a quienes después se lucirían como críticos y como realizadores (Truffaut, Godard, Chabrol, Rivette). Su gran defecto fue un desorden monumental, porque vida y obra de Langlois se acercaban al caos.

En abril 1965 el Ministerio de Finanzas produjo un fatal Informe Heilbronner que condenaba a Langlois. Allí figuraban objeciones razonables, como la falta de un inventario de materiales, pero también denuncias ridículas como la carencia de comprobantes para un gasto de 17 dólares (taxis y propinas en el festival de Cannes, 1964). Como buen burócrata, Heilbronner medía un trabajo de copia en laboratorios por sus cifras y no por su calidad. No comprendía que ciertos aparentes derroches de invitaciones a personalidades rendían sus frutos y que todos los costosos homenajes al director Vincente Minnelli terminaban siendo una barata inversión, porque el director después regaló 17 películas suyas a la Cinemateca. Tampoco comprendía la imposibilidad de pagar derechos de autor y conseguir permiso de exhibición para un material antiguo y obtenido en forma irregular. Cabía explicar bien la realidad, pero esas tensiones prosiguieron tres años.

El 9 de febrero de 1968 el Consejo administrativo de la Cinemateca resolvió sustituir a Langlois por Pierre Barbin, antes director de festivales en Tours y en Annecy. La decisión provenía del ministro André Malraux. Las protestas fueron inmediatas. De los 32 miembros del mismo Consejo, ocho se ausentaron para no aprobar la medida. Cuarenta directores del cine francés anunciaron que no permitirían la exhibición de sus películas si Langlois era despedido. Entre ellos figuraban Abel Gance, Truffaut, Resnais, Franju, Godard, Chabrol, Renoir, Bresson. A los dos días se anunció idéntica negativa de Rossellini, Minnelli, Losey, Nicholas Ray, Fritz Lang, Orson Welles y Chaplin. Entre las firmas de adhesión a Langlois figuraron Lindsay Anderson, Kazan, Buñuel, Litvak, Karel Reisz, Samuel Fuller. Como pronosticaba Alexandre Astruc en uno de los muchos textos, Barbin quedaba condenado a dirigir una Cinemateca que no tendría películas. El 22 de abril el gobierno francés retrocedió, se retiró de la Cinemateca, permitió la reposición de Langlois. El episodio fue el prólogo al Mayo Francés del 68.

Langlois recibió en 1973 un Oscar especial de la Academia de Hollywood, porque sus robos y maniobras habían contribuido a conservar el pasado del cine. Falleció en 1977, dejando el recuerdo de una controvertida personalidad, bien dibujada en la biografía que en 1982 le dedicó el historiador norteamericano Richard Roud.

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