COMO el tránsito en las calles montevideanas es un riesgo de facetas múltiples, suele haber acusaciones desde cualquier punto de vista sobre la imprudencia de los conductores, el desorden de los peatones, la falta de semáforos, el desconocimiento de las normas de circulación o la ineficiencia de la cartelería. Ultimamente, sin embargo, nuevos peligros se han sumado a los problemas ya existentes y así el cúmulo de dificultades o de riesgos parece crecer en lugar de atenuarse. Uno de esos peligros ascendentes es el comportamiento de los que circulan en bicicletas, motos y motonetas.
En primer lugar, muchos ciclistas —que mayormente son jóvenes— creen que su vehículo está exonerado del cumplimiento de las reglas de tránsito y que a bordo de él pueden incurrir impunemente en irregularidades similares a las que cometen los peatones. Creen, como dijo un jerarca municipal a propósito del problema, que son peatones con ruedas. Se equivocan gravemente, porque un birrodado, sea de la naturaleza que sea, debe cumplir con el reglamento callejero bajo el mismo código de obligaciones que rige para los automovilistas. Sin embargo, numerosos ciclistas circulan por cualquier carril (cuando deberían hacerlo solamente por el de la derecha, junto al cordón de las veredas), además de pedalear haciendo eses o incluso —en cantidades visiblemente crecientes— circulan a contramano por calles flechadas, con lo cual un automovilista que ingrese por una esquina a esas calles puede encontrarse de golpe con un ciclista que lo enfrenta en la dirección prohibida.
ESA situación, y otras similares, suelen provocar accidentes en los que por cierto ya han muerto varios ciclistas que marchaban a contramano. Lo curioso es que lo hacen con aire de que para ellos todo está permitido, aunque algún automovilista les llame la atención sobre el particular, y lo más curioso es que no hay inspectores de tránsito apostados para corregir la conducta de esos ciclistas irregulares ni hay comunicados de la Intendencia Municipal que adviertan a los ciclistas sobre el peligro de circular a contramano, que de ser una transgresión ha ido convirtiéndose —con el paso del tiempo y con la ascendente masa de infractores— en una moda juvenil. A ella se incorporan con similar desaprensión muchos motonetistas de los que integran la hueste de repartidores de comida a domicilio, esa función que la anglofilia suele llamar delivery. Esta categoría circula a gran velocidad, con visible audacia para deslizarse entre los autos y en ocasiones también lo hace a contramano para ahorrar tiempo y distancia.
Lo que ese ahorro puede costarles es algún accidente, situación donde peligra ante todo la vida de los más desprotegidos, que son justamente quienes circulan sobre dos ruedas y a la intemperie, pero dicho extremo no parece acobardar a ciclistas ni motonetistas, demostrando que la intrepidez y el secreto placer de la transgresión pueden ser más fuertes que la prudencia o la disciplina callejera. Ignorantes (o desdeñosos) de las normas, esos conductores que no se creen tales son cada día más abundantes, multiplicando así la tensión con que los automovilistas deben manejarse para no provocar algún desastre cuando se cruzan con ellos. Pero en última instancia no son los únicos ni los mayores culpables: la culpa primaria reside en las autoridades municipales que hasta el momento parecen incapaces de controlar y amonestar a esa columna de birrodados, que hace literalmente lo que quiere en las calles de esta ciudad.
Y así el deprimente folklore montevideano, que ya tenía a los miles de carros hurgadores como intrusos que gozan de impunidad en medio de la circulación, donde se complacen en violentar todas las reglas de tránsito, tiene además a los birrodados y al inaceptable comportamiento de sus conductores. El cuerpo de inspección municipal, que suele mostrar tanto rigor, tanto celo y tanta presencia cuando se trata de sancionar a los automovilistas (renglón muy redituable dado los empinados montos de las multas), se evapora en cambio cuando debería estar igualmente presente para prevenir a ciclistas descuidados o para corregir la conducta de carros hurgadores que —lo sabe todo el mundo— andan a contramano, sin luces y manejados por menores. Los especialistas afirman que el orden es lo contrario de la anarquía, pero en Montevideo ambas cosas conviven alegremente a lo largo de las calles.
El Frente financiado
En una nota difundida por "Búsqueda" se transcriben las expresiones de un ex tupamaro, senador del Frente Amplio, Eleuterio Fernández Huidobro, expuestas a través de una cadena de diarios de Estados Unidos conocida como "Knight Ridder Newspapers", que se encarga de editar varios órganos de prensa en el país del norte.
Lo que llama la atención, en primer lugar, es que un frentista con sus antecedentes haya aceptado emitir declaraciones a un diario de un país capitalista, dirigidas al conocimiento de otros capitalistas, que son los que lo leen.
Más allá de esa sorpresa y de otras manifestaciones que no vale la pena ni tener en cuenta, lo que sí reviste gravedad son unas palabras donde confiesa que "el Frente Amplio recibe financiamiento de los socialdemócratas europeos y de fundaciones liberales de Estados Unidos".
Que el Partido Comunista uruguayo contaba con un respaldo desde la Unión Soviética en las épocas de Stalin y que Fidel Castro le habría arrimado dinero en algún momento a más de un partido político de izquierda fue, durante mucho tiempo, un rumor con visos de certeza. De lo que no se disponía era de una confesión tan terminante desde dentro mismo del Frente, como esta que ahora se transcribe y en la que se reconoce olímpicamente que son financiados desde el extranjero.
Tal vez ahí está la explicación de por qué gastan tanto en publicidad y en la organización de actividades públicas.
Los partidos políticos uruguayos no pueden si deben ser financiados desde el extranjero, sino que deben sobrevivir con el aporte de sus propios adherentes. Quienes acepten esas ofertas son partidos internacionales, no nacionales, y están sellando una dependencia con quienes contribuyen con ellos de una muy peligrosa posibilidad.
Por ello, la divulgación de ese reconocimiento no debería quedar limitada al breve espacio en que se publicó ni al reducido marco de este comentario.