Parece que los mayores hechos de la historia se gestan en los países pequeños. Así Irlanda ha asumido en el 2004 la presidencia de la Unión Europea en un año llamado a importantes acontecimientos mundiales. Tal fue también el caso de Grecia en el primer semestre del 2003 que sentó las bases de la primera etapa de la expansión de la UE. Hoy el remate de esos procesos integracionistas ha venido a corresponder a Irlanda, democracia occidental de recio nacionalismo y país cristiano que tiene su fiesta nacional el Día de San Patricio.
Lo primero que le va a corresponder a la presidencia irlandesa de la Unión va a ser lograr la aprobación de la anunciada y ampliamente respaldada Constitución Europea cuyo texto final fue preparado con tantas participaciones que se daba por segura la aprobación durante la presidencia italiana en el segundo semestre del 2003; pero no fue así por la oposición de España y de Polonia. Es seguro que Irlanda, que ha superado las contingencias de una agitada historia, va a lograr limar las asperezas finales de las discrepancias para llegar a la aprobación del histórico documento.
El otro paso integracionista que va a formalizarse bajo la presidencia de Irlanda va a ser la oficialización del ingreso de los diez nuevos miembros ya aprobados por la UE, incorporando así a la Europea Oriental con los que la Unión pasa a completar sus 25 miembros, hecho de trascendencia histórica que constituye un ejemplo para la dispersa región latinoamericana en donde todavía campea la desunión que nos caracteriza y nos debilita en el concierto internacional.
Irlanda es una isla en el Océano Atlántico. De valerosa historia tiene una población romántica y patriótica que ya fuera identificada por los griegos y los romanos. Sus raíces originales son celtas y su adopción del cristianismo se remonta al siglo IV, en tiempos de los escotos católicos y por la acción de San Patricio el unificador y patrono del país.
Ya Irlanda dio otra prueba de su vocación europeizante cuando en octubre pasado votó en favor de la continuidad del Tratado de Niza, a pesar de que, en el año 2001, ese mismo texto había sido rechazado por los votantes irlandeses. Pero la decisión final, por gran mayoría positiva, consolidó a la Europa de los 15 y abrió las puertas de la Europa de los 25 con el nuevo contingente de países en la UE. Está claro, eso sí, que a la verde Erin, la madura Irlanda, le habría de corresponder la noble tarea de consolidar la unidad de la nueva Europa de 460 millones de habitantes, dando así vigor y apertura definitiva para su significativa presencia ejemplar en el escenario mundial y acaso acentuando en el horizonte una membresía todavía mayor en la anunciada y posible incorporación de Turquía, Rumania y Bulgaria con lo que se llegaría a un conjunto europeo de 560 millones, no solamente como mercado sino como germinación de índole política llamada a desempeñar un papel orientador en la historia de las naciones.