Nuevamente, en un episodio que a esta altura aburre un tanto, Kirchner embiste contra el presidente uruguayo. Este dilema de presidentes que se llevan mal, pero que la geografía y la historia obligarían a lo contrario, se reitera casi que quincenalmente. A fin de año habíamos tenido el último capítulo de desencuentros. No es fácil recordar cuándo fue que comenzó la zaga, y seguramente si se le preguntara a los actores pondrían fechas diferentes. Uno, el argentino, diría que el día que el Dr. Batlle se introdujo impropiamente en la política interna de su país haciendo pronósticos electorales que para colmo fueron errados. El otro, nuestro mandatario, señalaría lo mismo de su par santacruceño cuando en respuesta empezó a hacer campaña por el Dr. Vázquez.
Desde entonces todo sirve para demostrarse mutuamente que no se llevan bien, más bien bastante mal. Si no fuera porque presiden naciones, la nuestra que es lo que más nos importa, y Argentina, sería cosa de ellos. Pero no es así. Es cosa de todos.
La situación señalada, es decir su condición de presidentes, determina que los problemas de relacionamiento que tienen se traduzcan en problemas de la política exterior de los estados comprometidos. Es necesariamente así siempre, aunque en este caso esa es solo una consecuencia inevitable. No son las declaraciones desafortunadas de ambos con respecto a la política interna de los países, en injerencias que no deben suceder, lo que motiva el enfrentamiento. Esos fueron errores que se hubieran saldado si no existieran detrás otras intenciones.
La verdad es que los dos presidentes aprovechan sus disputas no sólo para posicionar mejor a sus países, ni para defender únicamente los intereses de éstos sino para mandar mensajes a la interna de los mismos. La pelea parece ser un problema internacional pero responde a necesidades interiores y más concretamente de imagen de sus mandatarios; de recuperar características perdidas. El argentino necesita recobrar popularidad para la presidencia argentina y Batlle coherencia en la suya.
Kirchner, que asume la presidencia luego de dos gobiernos que terminaron con altísimos niveles de rechazo, el último encabezado por un presidente que huyó echado por la gente, necesita cristalizar la figura de presidente popular. En eso no tiene límites, por desgracia. Para ello le sirve también pelearse con un presidente vecino, debilitado y con bajo índice de eso que él por ahora goza: popularidad. Es el argentino que aviva cierto disparador que su pueblo valora mucho, hasta la defensa de un nacionalismo de estandartes y bastante de encierro. Compadrea en una dosis que sus coterráneos, luego de una situación de quiebre institucional y de valores profundos de hace tres años, necesitaban y hasta si se quiere reclamaban. El hermano mayor, se sugiere, no sólo es más fuerte sino que además tiene razón. Notable combinación que el presidente le ofrece a un pueblo que venía castigado. No hay duda que esto es bien popular, si además se agrega que el contendor lo es poco en su país. La actitud de paternidad frente al vecino chico les gusta históricamente a los argentinos.
Por otro lado nuestro mandatario tiene la necesidad de mostrarse más serio que su par argentino. Es notorio que propios y ajenos comentan que el famoso estilo K del patagónico no se sabe cuánto va a resistir. Hasta ahora el presidente argentino ha nutrido a su pueblo de política pero no ha podido asegurarle a los argentinos que pasado el carnaval patriotero su economía sea más segura y por lo tanto el futuro también.
En todo caso Batlle apuesta a que la contraposición con su colega le permita recobrar un estilo de seriedad y mesura en la gestión del que, a pesar de su vasta experiencia, careció su gobierno.
Cada uno quiere sacar de esto su victoria. No estaría mal si en este barco no viajáramos todos. Por ello sería prudente que se acabara la novela.