Resulta curioso comprobar cómo los humanos investimos a determinados enunciados con una carga de convicción tal que, aunque la experiencia nos demuestre lo contrario, nos mantenemos impertérritos en su afirmación. Uno de esos enunciados es aquel que dice que al llegar el fin del año el ser humano se encuentra en inmejorable situación para trazar raya y efectuar un balance. Que las proximidades de fin de año, en los hechos, sean un tiempo de corridas, jadeos, batallas campales en los comercios, peligros exponenciales en el tránsito, encuentros forzados con quienes no tenemos mucho que ver y falta de tiempo y paz para el encuentro con los que queremos y con nosotros mismos, nada de eso impide que sigamos atribuyéndole a ese tiempo fugaz y febril las mejores condiciones para efectuar un balance espiritual. ¡Alarmante comprobación de la necesidad de revisar las sentencias consagradas por la llamada sabiduría popular!
Pero, por otro lado, las expectativas traen, incluidas y por el mismo precio, rutinas consagradas, y, además, las expectativas frustradas desorientan, despiertan preguntas inapropiadas y terminan generando sospechas. Para evitar todo esto y al terminar algo que no es precisamente un año de calendario pero que comparte con él el hecho de dejar atrás ciertas cosas que pasaron y al enfrentar otras cosas que vienen pero que también quedarán atrás, ofrezco para la reflexión (imposible, como queda demostrado) dos avatares que a los uruguayos nos atañen: uno que se va y otro que se viene.
No hace mucho, y con tanta contundencia que duele como si el golpe hubiera sido recién recibido, el Uruguay quedó en la vía. Todos sabemos que fue así. Perdió su capital y su herencia, dio vuelta sus bolsillos hasta la última pelusa. Pero no perdió la cabeza. No se argentinizó (y, perdonen hermanos, pero no hay manera más clara de describirlo). No salió a llorar frente a los bancos, a martillar sus puertas y cubrirlas de grafitti, no cortó calles, no se puso histérico. Es más: organizó sin alharaca y sin directrices de nadie una serie de redes solidarias particulares para ayudar a los que estaban peor. Todos sabemos que fue así. De todo esto he escrito varias veces, admirado y reconfortado. La tempestad se llevó toda la arboladura de la nave pero la tripulación no perdió la serenidad ni la dignidad. (Mi deseo fue que este hubiera sido el discurso de la crisis...)
Ahora la tormenta económica empezó a ceder: íbamos cayendo y ahora vamos subiendo. Pero en el horizonte está formada otra tormenta: una tormenta política. Sin dramatizar pero nada se gana con hacerse el otario.
El Uruguay está en condiciones de ingresar a esa tormenta con la misma disposición con que dio cuenta de la otra (no dejando que ella —la tormenta— diera cuenta de él). En lo que viene, disposición a dejar de lado los desplantes, evitar las corridas pizarreras, sin baboseos ni embriagueces (de licor barato), sin intimidaciones ni reculadas temerosas, apartado de la hipocresía, haciendo pata ancha y sin cuidar la ropa. Así nomás. Hay otra cosa mucho más importante que cuidar y es la misma de siempre: la dignidad. La tormenta política puede llegar a ser un desastre o no serlo. Depende. No depende de los resultados inmediatos (necesariamente secundarios) sino de cómo se entable.
Más allá de resultados y de cómo esos resultados afecten a unos y a otros, de esta tormenta que se avecina el país en su conjunto puede salir dignificado o envilecido. Si hay un balance para hacer hoy es que los antecedentes que nos hemos dado al enfrentar la otra tormenta auguran, también para ésta, la posibilidad de un desenlace traumático pero enaltecedor. Repito: traumático pero enaltecedor.