Cada vez más altos

| Jorge Abbondanza

Hay algo emblemático en poseer la construcción más alta del mundo. Hace ciento catorce años, cuando Francia levantó la torre Eiffel para la Exposición Universal que se preparaba en París, esa nación era el eje cultural de todo el planeta y atravesaba uno de los períodos de prosperidad más brillantes de su historia, en la cresta de la segunda revolución industrial. Con 300 metros de altura, la torre metálica dejó pasmados a millones de visitantes y se alzaba por encima de cualquier otra edificación fabricada por el hombre. Pero Nueva York crecía aceleradamente, sobre todo en altura, de manera que a fines de los años 20, embarcado en una riqueza que no parecía tener límites (aunque los tuvo después, en octubre de 1929) Estados Unidos levantó el Empire State Building de Nueva York y mantuvo durante décadas la marca consagratoria de poseer la torre más alta del globo, prestigio que nadie parecía capaz de disputar pero que la ciudad perdería cuando en Chicago se elevó el edificio Sears en la década del 60, aunque el récord pasaría en los 70 al World Trade Center de Manhattan, sin sospechar que ese doble rascacielos sólo permanecería treinta años en pie.

Antes del 11 de setiembre, empero, Estados Unidos ya había perdido el primer puesto porque el arquitecto argentino César Pelli (un hombre de notoriedad similar a las de sus colegas Norman Foster o Renzo Piano) había entregado en Kuala Lumpur, capital de Malasia, la proeza de las Torres Petronas que tienen 451 metros de altura. El hecho parecía trasladar simbólicamente el eje del poderío económico a uno de los tigres asiáticos, ese rosario de centros industriales que bordean Japón y China, desde Corea del Sur hasta Singapur, peleándole a la arrogancia occidental esa pulseada de lucir la mayor riqueza mercantil del orbe y sobre todo el desarrollo más vital. Una confirmación de ese nuevo eje llegó este año, cuando Taipei (capital de Taiwan) anunció que tenía el edificio más alto de todos e inauguró con enorme revuelo el Taipei 101, llamado así por el número de pisos que tiene sobre la superficie hasta alcanzar los 509 metros.

Pero Estados Unidos no quiere verse derrotado por los advenedizos asiáticos y se empeña ahora en mantener el cetro de las alturas, de manera que acaba de lanzar con bombos y platillos la Torre de la Libertad, que estará clavada en el siniestro Ground Zero pero será coronada por una antena gigante capaz de completar 610 metros de altura. Claro que en cualquier momento puede llegar desde Shanghai o Tokio la noticia de que habrá rascacielos aún más vertiginosos: la cuestión no es sólo una pelea de alturas físicas sino ante todo de imagen, en medio de esa batalla ascendente. Como se sabe (o se supone) el más alto también puede ser confundido con el más poderoso, el más desarrollado, el más audaz y el más fuerte.

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