Uruguay visto por sus emigrados

| Si bien la gran mayoría encontró un país diferente y evalúan que "lo peor ya pasó", todavía no piensan en volver

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JUAN MIGUEL PETIT

Una compulsa entre una docena de profesionales uruguayos emigrados y de visita por los Fiestas de fin de año en el país muestra varias coincidencias en sus percepciones: la gente está más esperanzada que el año pasado, hay una mejoría incipiente en la economía y casi todos les dicen que lo peor pasó. Pero también les preguntan cómo están "allá" y si hay lugar para uno más.

Como tantos uruguayos emigrados y de visita en su tierra por estos días, Alejandra Erramuspe, de 35 años, y Alvaro García, de 42 años, van de casa en casa y de brindis en brindis contandole a toda la parentela que han logrado adaptarse, después de dos años, a la zozobra de vivir en San Pablo. No es fácil convivir con 20 millones de personas y no dejarse amilanar por la inseguridad pública. Alejandra, que es socióloga, dice que el cambio fue grande: "A los pocos días de llegar mi hijo fue a jugar a la casa de un vecinito y cuando volvió vino acompañado por los guardaespaldas del padre del otro niño. Me dí cuenta que todo era diferente. La escuela es a diez cuadras de casa y aunque sale a las cinco y media de la tarde nos autorizan a retirarlo antes para no tener que circular cuando empieza a anochecer. Tanto nos habían hablado de los peligros de cada esquina, que cuando paraba en un semáforo sudaba de nervios. Ahora nos acostumbramos y estamos muy bien". De todas maneras, estos uruguayos paulistas tienen un mapa de San Pablo en la casa y antes de salir a una reunión o ir a cenar planean la "hoja de ruta" al detalle: "Hay que saber por donde ir, donde no meterse, donde parar el auto. No es aconsejable perderse y andar preguntando por ahí" dice Alvaro, que es contador de una multinacional que lo convocó a irse a Brasil. Ese clima de inseguridad con el que conviven contrasta con lo que encontraron al volver a Montevideo. Cuenta Alejandra que: "Llegamos y a las pocas horas, después de la medianoche, nos topamos en la calle con una despedida de soltero, una barra de jóvenes que venía cantando y haciéndole bromas al que se casaba. Eso allá es impensable. En San Pablo el espacio público no existe, uno vive en un circuito planificado". Alvaro, que desde San Pablo hace letras para la murga Contrafarsa —para eso sus compañeros de la murga en Montevideo le cantan por teléfono la música que están haciendo— encuentra que "la gente está de mucho mejor ánimo, parece que hay más trabajo, aunque nos dicen que aguantemos y nos quedemos un poco más".

VESTIDA DE NOVIA. Karin Hintermeister nació en 1976 en Suiza en el exilio de sus padres durante la pasada dictadura. Volvieron con la democracia, estudió y se recibió de asistente social en la Universidad de la República.

Hizo una pasantía en un Centro Comunal de la Intendencia de Montevideo pero sin conseguir un trabajo estable.

En el 2001, aprovechando su pasaporte, se volvió a Suiza y ahora es la administradora de una escuela de idioma español. Siempre viene para las Fiestas porque "es el momento en que se reconstruyen los lazos, está todo el mundo, la familia, los amigos".

Además, vino a casarse en un club sobre las rocas de Punta Carretas con Sebastián, un suizo especializado en combatir el fraude con tarjetas telefónicas. Karin tuvo que superar algunos diagnósticos sombríos: "Durante un año, por correo electrónico, me decían que estaba todo mal, que cerraba todo. Incluso me dijeron que me trajera el vestido de novia porque acá no había. No queda nada, me decían. Pero me encontré con una ciudad que está mejor que otras veces y a la gente con la ilusión de que, de a poco, las cosas van mejorando. Pero en las reuniones también tengo la sensación de que todos se quieren ir".

Karin no se asusta de las quejas de los uruguayos. Es más, dice que los suizos son mucho más quejosos.

Dice que tanto las fiestas de fin de año como un casamiento con familiares y amigos, baile y ruido hasta la madrugada son impensables en Suiza. Apunta que todavía encuentra en Uruguay algo muy valorable: "Entre los jóvenes al menos, cualquier excusa es buena para reunirse y festejar algo. A la menor cosa la gente vibra. Se casa uno de la barra y los demás ayudan en la mudanza o ponen lo que pueden. Todos se ilusionan y por momentos veo una alegría que no veo nunca en Suiza aunque económicamente estén mejor".

CATALOGOS Y HUMOR. Otro que apunta sobre la relatividad de los males y bonanzas propias y ajenas es Martín Peixoto, de 52 años, un sociólogo que hace 25 años que vive en Alemania. Ahora radicado en Berlín se dedica a la capacitación profesional dentro de las empresas. Peixoto dice que "comparados con los alemanes lo de Uruguay es un alivio. Los alemanes se quejan del Estado, del clima, de los políticos. Las quejas allí son una constante. Hay otras culturas más distendidas, por ejemplo en Estados Unidos el ciudadano medio es más positivo, hasta cuando viven una crisis la viven como algo transitorio, que ya va a pasar, los alemanes viven todo como el fin del mundo".

De su reencuentro de fin de año con Uruguay destaca que "el trato humano entre la gente sigue siendo algo notable, allí sigue estando el Uruguay de siempre". Ese trato abierto y amable lo encuentra, por ejemplo, cuando va a comprar algo y lo atienden razonablemente bien. "En Alemania está todo planificado. El que va a comprar algo, un electrodoméstico o una máquina, ya leyó antes las revistas especializadas y catálogos y sabe todo del producto en cuestión. En muchas tiendas han tenido que recalificar a los empleados para que fueran capaces de explicar qué están vendiendo y de atender sin malhumor" dice Peixoto.

Pero este sociólogo uruguayo, que disfruta mucho de la enorme cantidad de cafés que tiene Berlín, también tiene algunas observaciones más allá de lo costumbrista. "Todo indica que la economía está mejorando, la gente está con esperanza y hay más movimiento. Pero hay mucha gente que está muy mal todavía y hay un amplio consenso en favor de la emigración. Me asusta ver a los padres fomentando que se vayan sus hijos, resignándose a quedarse solos. Esa es una señal muy inquietante para una sociedad", comenta.

Por otro lado dice que, viaje va viaje viene, el sistema político ha cambiado: "Me extraña lo poco que se habla de que estamos ante la crisis del presidencialismo. Quizás porque muchos son hiperpresidencialistas. Pero en la crisis al país lo manejó el Parlamento. El propio sistema permite una salida ya que se puede elegir un primer ministro que cuente con apoyo parlamentario, eso podría ser una manera de sacar al gobierno del atolladero en que está ahora. Fue lo que pasó con Atchugarry, salió de la crisis apoyándose en el Parlamento", apunta el sociólogo uruguayo vuelto berlinés.

CIVILIZACION. Como experto de Naciones Unidas en desmovilización de grupos armados, Máximo Halty, de 46 años, estuvo este año en las Islas Salomón, Iraq, Liberia, República Centro Africana, Papua Nueva Guinea, Macedonia y Colombia. Ha estado radicado en Ginebra, Suiza, aunque vive pasando la frontera en territorio francés. Antes de embarcarse rumbo a Montevideo otro uruguayo se lamentaba: "¡Ay, ay, ay, otra vez los trámites, la burocracia, el río marrón...". Pero Halty dice que, luego de su reencuentro con Uruguay, tiene un sentimiento contrario a ese: "Es totalmente al revés. Siento que al fin estoy en la civilización. Aquí ante cualquier cosa a uno lo atienden, le responden, todo funciona de mañana y de tarde. Tengo la sensación de una sociedad fácil, sin ceremonial, donde hablando todo se puede arreglar. No se vive en ese orden atroz de muchos países donde si uno no tiene todo lo previsto no puede hacer nada. La sensación acá es que a todo se le busca la vuelta, todo se puede arreglar, y eso es civilización: poder entenderse".

Halty dice que a diferencia de otros Fin de Año de grandes "bajones", encuentra a la gente con más vitalidad y de mucho mejor ánimo. Cuenta, que se está construyendo una casa —o algo así— con vagones viejos de Afe en Melilla. "La crisis también trajo vitalidad. Aparecieron miles de productos más económicos a competir al mercado. Acabo de descubrir una bebida cola que se hace en la zona que se llama Los Amigos. Y pruebo el vino del almacén más cercano en Melilla y lo pondría sin problemas en una mesa donde yo vivo en Francia. Con la crisis mucha gente se ajustó de golpe y armó estrategias. En medio de grandes dolores se insinúa un país nuevo", indica.

EL INVIERNO REAL. "Al volver se te revuelve todo" dice Pablo Castillo, de 44 años y doctorado en neurociencias, que junto a su mujer y tres hijos vive en Nueva York. En 1993 se fueron a estudiar, volvieron en 1996 para quedarse pero su mujer no encontró trabajo en Uruguay y él no encontró financiamiento para sus investigaciones científicas. Hicieron todo lo posible para no terminar en eso pero en 1999 se fueron de nuevo, ahora para radicarse definitivamente. Pablo dice que irse definitivamente es como subirse a un barco que se va alejando de a poco. Llega un momento en que se dice ya está, estamos del otro lado. Pero sigue viniendo en todas las fiestas y tirando lazos permanentemente para Uruguay. Pablo Castillo encuentra "que la gente está mejor, la depresión bajó, pero el Uruguay real es el del invierno, no este Uruguay del verano y las reuniones familiares. Fue el Uruguay del invierno, que es el real, el que nos empujó afuera". Con una mirada que cada vez más mezcla la óptica del lugareño con la del turista, Castillo dice que "vivimos en una contradicción, somos una cultura tanguera, nos quejamos, pero de noche aprovechamos cualquier cosa para festejar y tirar cohetes".

LUCES DINAMARQUESAS. Carlos Rovira tiene 44 años, es biólogo y se dedica a la investigación del cáncer, usualmente no puede ver "las luces del estadio" que canta Jaime Roos, pero se conforma con las de Copenhague: son las que ve desde Lund, una pequeña ciudad universitaria de Suecia desde la que, agua mediante, ve a la capital de Dinamarca. "No encontré todo bajón. Tampoco es preocupante que los que estudian ciencias quieran irse, porque hoy en la ciencia ir y venir es la constante. El problema es que muchos se quieren ir para no volver. Pero afuera no todo es color de rosas y todo se mueve en base a contactos y conocidos. Eso no solo pasa en Uruguay. Conseguir un cargo estable es muy difícil" señala Rovira.

EL HORNERO NO BAJA. El jamón ibérico y el buen vino pueden hacer olvidar al mate. Eso comprobó "científicamente" Santiago Machado, de 33 años y licenciado en administración de empresas, actualmente gerente de una multinacional en Barcelona, España. Dice que en las reuniones familiares y de amigos prima la idea de que "ya se tocó fondo, la recuperación está empezando", pero el también cree que "bajamos un escalón muy grande que nos va a llevar muchos años superar, por eso sigo allá".

Santiago dice que, al margen de la alegría del reencuentro, se amarga viendo las penurias de muchos de sus amigos. Igual dice que, separadas por doce horas de vuelo, hay dos culturas diferentes: "Aquí se encontraban dos de mis vendedores y, aunque les fuera bien se decían: está brava la cosa. En España se encuentran y se dicen que todo va de puta madre, aunque no hayan vendido nada".

Mientras tanto, Santiago dice que disfruta en su casa de El Pinar de todo el verde que no encuentra en Barcelona, del viento silbando en los árboles y del canto del hornero, que se dio cuenta que allá le faltaba y que —se sabe— como el Fénix y quizás como el Uruguay, en el algún momento vuelve a subir.

Una fiesta masiva

Parece uruguaya: tiene 29 años, padres uruguayos, fue a la universidad, se recibió y hace varios años que no encuentra un trabajo afín a lo que estudió. Pero en realidad Natalia Diaz es española: nació en Barcelona cuando su padre emigró de Uruguay hace 29 años. Es el primer Fin de Año que pasa en Uruguay: "Los veo esperanzados, sobre todo para lo mal que están las cosas. Aunque parezca contradictorio los veo esperanzados pero conformistas, como que lo que venga, que venga... Los veo muy alegres y amables, pero no muy dinámicos". Natalia comenta que "todos le dicen que quieren irse". Ella les dice que: "Bueno, que puede ser, pero en España las cosas también están duras. Yo soy máster, española y recorro y recorro y nada".

Natalia dice que en las Fiestas en España las reuniones son de la familia nuclear, padres e hijos. "Me parecen extraordinarias estas reuniones de abuelos, primos, tíos, allegados y amigos, 20 o 30 personas, allá no es así".

Vivir las fiestas a la "uruguaya"

En la ciudad de Kiel, en el estado de Sahleswig Holstein, en Alemania, es donde terminó radicado el uruguayo Marcos Sommer, de 47 años, biólogo y especializado en el manejo de las franjas costeras. Dice que ha encontrado un Uruguay muy cambiado: "En la calle veo que la gente se ríe poco, en los ómnibus miro las caras de la gente y veo rostros preocupados. Ensimismados. Me parece que todo el mundo está de aquí para allá, como en una búsqueda permanente de estabilidad. A pesar de esa preocupación veo también mucha esperanza, creo que se ha superado el momento más negativo y que se valora ahora la búsqueda de innovación. Pero por momentos la desesperación en que se vive hace que esa innovación se bloquee, porque la gente está tratando de cubrir lo esencial".

Pese a los agridulces del reencuentro, Sommer dice que se siente de nuevo en casa al vivir las Fiestas "a la uruguaya". En Alemania "todo está organizado desde mucho tiempo atrás". No hay compras de último momento. Se festeja desde el lo. de diciembre y se prende una vela todos los domingos del mes. El 24 de diciembre se va a misa a las tres de la tarde y a las cinco se come. A las seis la gente se sienta en torno al árbol, los niños cantan o tocan instrumentos. El árbol está escondido hasta el mismo 24. El 25 y 26 de diciembre son feriados y es costumbre reunirse en las casas a las cuatro y tomar café y comer una torta. Todo es muy formal y sobrio, no hay alcohol ni cohetes. A las 10 de la noche terminó todo. El 31 de diciembre es un poco más festivo, pero a la una de la mañana terminó todo".

Frases

- "Veo los precios y digo: qué barato. Veo los sueldos y digo: ¿Cómo hacen para vivir?". Miguel Angel Díaz, 56 años, empresario en Barcelona, España.

- "Nuestra gran contradicción es que queremos hacer cosas del primer mundo y no tenemos ni el dinero ni el tamaño para hacerlo". Pablo Castillo, 44 años, investigador en neurociencias en el Albert Einstein College of Medicine de Nueva York.

- "Tenemos muchas posibilidades de competir en el turismo mundial pero tenemos un cierto complejo de inferioridad que hace que nos sorprendamos cuando vemos europeos que vienen a veranear aquí. ¿Porqué vienen aquí?, solemos preguntarnos". Ana María Domini, 53 años, licenciada en Ciencias de la Educación, tiene una organización de cooperación al desarrollo en Barcelona.

- "En Montevideo cualquiera puede hablar con el que le pide una moneda en la calle. En San Pablo el que pide ve al otro como su enemigo irreconciliable y se lo hace sentir". Alejandra Erramuspe, socióloga, 35 años, vive en San Pablo, Brasil.

- "Noto que en cualquier reunión el tema del dinero se ha vuelto central. Y la desesperación ha traído muchas rupturas entre la gente y entre compañeros de trabajo por la falta de solidaridad que se va generando. Cada uno está desbordado por lo suyo". Marcos Sommer, biólogo, 47 años, vive en Kiel, Alemania.

- "Montevideo se ha vuelto una ciudad estresante. Berlín es más tranquila. Es un problema de organización". Martín Peixoto, sociólogo, vive en Berlín.

- "En Uruguay hay cosas al alcance de la mano que en otros países no se alcanzan ni con mucho dinero". Miguel Angel Díaz, 56 empresario en Barcelona, España.

- "El científico se siente irrelevante en Uruguay, como que no importa, que es de una comunidad relegada". Pablo Castillo, 44 años, investigador en neurociencias en el Albert Einstein College of Medicine de Nueva York.

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