En estos días, se ha reavivado el fuego de un casi permanente intercambio de ideas sobre nuestro país, su ubicación en el mundo y su futuro. Este es un tema complejo que se mantiene en la agenda de la discusión pública, algunas veces ocupando un primer lugar, otras relegado a una posición de poca importancia. En esta oportunidad, el fuego fue atizado por un artículo de Claudio Paolillo, titulado "No somos nada", publicado en el semanario Búsqueda. Aquél condujo a una columna de Gonzalo Aguirre, en esta página (El País, 9 de noviembre), quien, a pesar de compartir el aspecto central del enfoque, realiza algunos interesantes comentarios sobre la tesis de Paolillo.
Pero, ¿realmente es tan grave que, como sostiene Búsqueda, el Uruguay sea un país chico e irrelevante para el mundo? A veces llama la atención cómo algunas de las grandes potencias se dedican al cultivo sistemático de su imagen exterior, de su "grandeur", con un celo y dedicación digno de los monarcas absolutistas del pasado. En cualquier caso, ¿cuáles son los criterios, cuantitativos si fuera posible, que distinguen a un país "chico" de otros "grandes"? Algo parecido podría preguntarse en cuanto a la "relevancia" o no de una determinada sociedad nacional en el escenario regional o global.
Es posible proponer una variedad de factores que influyen sobre el desarrollo económico y social de los pueblos. Por ejemplo, la superficie territorial y la población.
Pero unas sencillas comparaciones nos indicarán que el Uruguay no es un país pequeño: podríamos albergar en nuestro territorio a Austria, Bélgica, los Países Bajos y todavía nos quedaría lugar para una buena parte de Dinamarca.
Con 3.4 millones de habitantes, no somos uno de los países más poblados del planeta. Pero, entonces, más de la mitad de los países del mundo tiene menos de diez millones de habitantes (la población de Irlanda y de Nueva Zelanda es cuatro millones). No somos ni muy grandes ni muy pequeños. Aunque es cierto que la población de nuestro país solamente representa un porcentaje muy pequeño de la población total del Cono Sur (con nuestros grandes vecinos, Brasil, 176 millones de habitantes y la República Argentina, 37 millones). Sin embargo, algo parecido sucede con Irlanda, respecto de sus grandes vecinos, el Reino Unido (59 millones), Francia (59 millones) y Alemania (82 millones). En ciertas circunstancias, el poseer una población limitada puede llegar a ser más un punto a favor que uno en contra.
Algo parecido sucede con otros factores que pueden influir el desarrollo económico y social de una determinada nación. La geografía de nuestro territorio es amable, sin excesos. Es cierto que no tenemos minerales abundantes pero esta circunstancia no es una garantía de progreso, como lo demuestra la situación de muchos países exportadores de petróleo. Es posible mencionar varios países con niveles muy altos de vida que tampoco disponen de esas reservas naturales. Algunos de ellos, incluso deben enfrentar el tremendo desafío de una geografía inhóspita y un clima hostil (por ejemplo Islandia o Noruega).
Podríamos mencionar a la distancia como un obstáculo para el desarrollo. Sin embargo, Nueva Zelanda (otro país mediano, con cuatro millones de habitantes), ubicado en una región aún más remota y aislada que, a pesar de ello, tiene un nivel de desarrollo muy superior al nuestro.
Entonces, ¿qué nos va quedando? Lo que resta es el factor clave: la más escasa de todas las materias, la materia gris. Cada vez más los estudios llegan a la conclusión de que el elemento clave para el progreso económico y social son los componentes inmateriales de la ecuación: la cultura, las escalas de valores, la mentalidad, la experiencia histórica de la población. Si estos son los factores clave para el progreso económico y social, entonces deberemos aceptar que los responsables del subdesarrollo de nuestro país somos nosotros mismos.