EL hecho político-ideológico más importante del S. XX fue el colapso general de la URSS y de la doctrina que la sustentaba unidos a la pérdida de la bipolaridad que caracterizaba el funcionamiento de las relaciones internacionales.
En adelante, no hubo más un bando representado por los países situados detrás de la "cortina de hierro", de corte marxista, enfrentado a otro, el llamado mundo occidental o liberal o regido por la economía del mercado, cada uno de ellos con sus aspectos positivos y negativos aunque de muy distinto grado en ambos casos.
El mundo siguió girando a pesar de que se reconoció la existencia de una sola superpotencia —Estados Unidos— sin que ninguna otra contrabalanceara su poder. Sin embargo, esta presunción se debilita a medida que pasa el tiempo. En efecto, la consolidación y expansión de la Unión Europea indica que un fuerte centro económico —el euro se cotiza más que el dólar— ha surgido en el antiguo mundo occidental, hoy dividido en varios sectores en virtud de que ha desaparecido el enemigo común que lo aglutinara y de que, en consecuencia, ya no necesita del paraguas norteamericano para sobrevivir.
COMO resulta lógico desde el punto de vista geográfico y, aun, cultural e histórico, la Unión Europea crece incorporando a su núcleo a naciones que integraban el universo socialista con lo cual aumenta su capacidad de desligarse de la influencia rectora de Washington. Esta fortaleza, que no es militar —precisamente, al carecer de mayores responsabilidades en esta área puede dedicar sus energías y recursos a su desarrollo económico— le permite subvencionar a sus agricultores, proteger a su clase media y transformarse en un polo de atracción para millones de inmigrantes que absorben en sus industrias y sus actividades poco calificadas pero que crean problemas sociales que abarcan desde los laborales hasta fuertes corrientes xenofóbicas de consecuencias imprevisibles.
POR otro lado, Estados Unidos —que siempre consideró a América Latina como una zona de influencia directriz— va abandonando esta visión geopolítica no sólo porque su interés primordial se centra en otros lugares del mundo (Irak, Cercano Oriente, Nordcorea, redes terroristas, etc.) sino, también, porque la misma América Latina se aleja de él y mira en otra dirección, tal como parece demostrarlo el reciente Consenso de Buenos Aires entre los presidentes de Argentina y Brasil, y la tendencia a satisfacer las exigencias alimenticias de las mayores concentraciones de la población mundial, es decir, las del Lejano Oriente.
Pero, plantearse este objetivo es seguir apuntando y apostando a la producción de materias primas, "commodities", en lugar de recurrir al poder del conocimiento que nos puede liberar de la dependencia y nos haga sintonizar la onda de la ciencia y de la tecnología del siglo XXI. No podemos seguir renunciando a lo que es un inevitable cambio de ruta.
Hace cuatro o cinco años, un experto norteamericano de visita en la Argentina dijo que este país —así como ningún otro de cualquier parte del mundo— jamás superaría sus dificultades si continuaba dedicándose a la producción de materias primas. La revelación resultó impactante: ¿qué país es desarrollado si privilegia el cultivo del trigo o la explotación de petróleo o de cafetales o del cobre, por más necesarios que sean estos productos?
EL mensaje es claro. Quizá se exprese de otra manera en el aforismo popular: pan para hoy y hambre para mañana.
Si un país es desarrollado y rico puede permitirse el lujo, por ejemplo, de tener una gran agricultura subsidiándola generosamente pero afectando, por consiguiente, la economía de los países productores netos de "commodities".
¿Qué ocurrirá cuando China, India y el sudeste asiático se pongan a la altura de Japón, Corea del Sur, Taiwan, Singapur, Hong Kong, etc.? Argentina, Brasil y otros, ¿continuarán siendo "tomadores de precios" de lo que quieran comprarle aquellos enriquecidos países o, en cambio, recién comenzarán el proceso evolutivo correcto que los lleve a una sólida prosperidad económica?
TODO indica que el planeta contará con centros de poder económico muy definidos y competidores entre sí: América del Norte, la Unión Europea y el este asiático (India incluida). El resto del mundo —con las excepciones del caso— los visitará con el sombrero en la mano y la sonrisa del solicitante en el rostro, a menos que también estos países busquen y alcancen la excelencia que otorga el conocimiento y breguen por incorporarse a modalidades productivas que atraigan a inversores foráneos y a la tecnología que los acompaña.
Sin pretender propiciar nada que sea excluyente, es bueno recordar que nuestro país exporta más "software" que el inmenso Brasil y que ello genera divisas por un monto más elevado que el que proviene de varias actividades tradicionales. Una educación adecuada y bien encauzada hacia objetivos claramente determinados, el fortalecimiento categórico del Pedeciba y afines, la aprobación de leyes con claros propósitos de reestructurar al país y una reducción de la presión fiscal pueden servir de parámetros para una efectiva inserción de nuestro Uruguay en un mundo en el que nadie dejará de competir y en el que nadie regala nada.
Peajes
En el controvertido asunto del cobro del peaje a la ida y a la vuelta, el señor Ministro de Obras Públicas ha dicho que la concesionaria tiene derecho a cobrarlo como mejor le parezca, por cuanto lo que cobrará en el caso de ida y vuelta, es el mismo precio que se pagaba al salir. Nadie discute el estado de las carreteras en las que se paga peaje. Por cierto que se mantienen casi en perfecto estado. Pero el asunto que se discute no es ése ni siquiera se discute el precio. Lo que está en desacuerdo con esta medida, es el atolladero que se producirá cuando se regrese a la capital los fines de semana. Por lo dicho por el señor Ministro, aparentemente la cuestión ya está resuelta y no habría vuelta. Claro que la concesionaria no se va a hacer responsable por el gasto de combustible ni por los motores averiados por calentamiento.