Miguel Carbajal
¿Juan Castillo será capaz de mostrarle el dedo medio a Tabaré Vázquez si no le satisfacen sus reclamos? ¿Qué pasará con el Sindicalismo, claramente de izquierda, por más que cacaree su independencia, el día que el Frente Amplio llegue al poder? No podrán conseguir todo lo que quieren. ¿Pasarán a la oposición o repetirán el tipo de alianzas que los peronistas hicieron en la Argentina del pasado? El PIT CNT ya no es el mismo de antes en la medida en que el país se quedó sin industrias, sin trabajadores, sin proletariado. Los únicos gremios con fuerza se muestran claramente patrimoniales. Los bancarios demostraron que los destinos de Aebu están por encima de los del país. Los escándalos del Banco Comercial, del Montevideo, del Banco de Crédito, del Hipotecario y otros más han evidenciado lo que algunos visualizan como ciertas formas de contubernio. El Banco Central cayó en el descreimiento total. ¿Y qué decir de la Corporación Nacional para el Desarrollo? Hasta se negó a que le controlaran sus cuentas. Aunque se aduzca lo que quiera, eso origina falta de transparencia. Y toda la gesta de los bancos, bancarios incluidos, es una historia entre turbia y confusa. ¿Y qué decir de Adeom? Ellos mismos se confiesan clasistas. Quieren decir que defienden su clase. No es su clase lo que defienden porque no representan a ninguna. Sólo pelean por sus intereses y sus privilegios, detestados por la población general, que los rechaza. ¿Por qué irritan al imaginario colectivo? Porque operan desde posiciones de ventaja y por lo tanto quedan fuera de la solidaridad. Si los empleados del Poder Legislativo, los bancarios, la gente de Antel y otros entes hicieran lo mismo, levantarían la misma resistencia. El duro espíritu de igualdad de los uruguayos —que a veces se muestra intolerante pero es también un patrimonio nacional— no es fácil de arrear.
¿Y en la Argentina qué pasa? En la Argentina también se lleva adelante un plan de cambios. El Sindicalismo creció en la época de Perón siempre a su servicio. Y amparado en esa protección cayó en la corrupción y los peores desmanes. Cada gremio tenía su hotel en Mar del Plata y su palacio en Buenos Aires. Los dirigentes se volvieron prósperos hombres de negocios. Jorge Triarca, del plástico, tenía una casa de dos millones de dólares en San Isidro y un haras con los colores propios. El Saúl Ubaldini al que Alfonsín tildó de mantequita y llorón, se fotografiaba delante de un placard con cien camperas de lujo. Ahora sucede lo mismo con los jefes de la Policía Federal, dirán.
El Sindicalismo argentino siempre fue intrínsecamente injusto y privilegiado. El metalúrgico Lorenzo Miguel, Triaca y un político actual estuvieron vinculados a cosas nauseabundas. A Ubaldini se lo llevaron en marzo (30) del 82 a Villa Devoto por desacuerdos con los militares y tres días después, el 2 de abril, aplaudió enfervorizado a Galtieri en la Plaza de Mayo por el incidente (más excusa que acto justiciero) de Las Malvinas. A Rucci lo cosieron a balazos. A Lobo Vandor lo eliminaron de parecida forma. Las internas de la CGT eran peores que las purgas soviéticas. Y la CGT se dividió en tres y perdió fuerza. Y ahora tienen al impresentable de Moyano por un lado, un Víctor De Genaro más cercano a Kirchner, y un Barrionuevo que hasta Corleone lo hubiera rechazado por mafioso. ¿Estará libre de huelgas el nuevo peronismo? Se levantan apuestas.