Carlos Páez Vilaró comenzó a festejar su cumpleaños 80 de forma anticipada. Dos de sus amigos, Enrique Benech y Pedro Salord, organizaron una velada en el Palermo Boxing Club, el clásico sótano de Gonzalo Ramírez y Santiago de Chile, a 50 metros de donde Páez tuvo su atelier, en Santiago de Chile 912.
El artista nació el 1º de noviembre de 1923, en Montevideo, y a pesar de que viajó por todo el mundo, vivió en diferentes ciudades y finalmente se radicó en su casa escultura Casapueblo, en Punta Ballena, Montevideo nunca dejó de ser el eje, el motivo principal de su arte, sobre todo el reflejo de la cultura afrouruguaya, el Sur y Palermo, donde ayer lo agasajaron algunos amigos de décadas.
El ambiente y la concurrencia tenían mucho que ver con Páez Vilaró. Ese gimnasio de Palermo y los cronistas veteranos de tantos carnavales, como el Laco Domínguez y Carlos Soto, junto a Eduardo D’Angelo, eterno hombre de televisión, el director técnico de básquetbol Víctor Hugo Berardi, el mítico César Bernal, quien junto a Néstor Iroldi se aburrió de salir campeón mundial de paleta. También estaba la prensa, otra circunstancia que suele acompañar a Páez Vilaró, además de algunos diplomáticos y amigos de toda la vida.
"La idea fue darme una sorpresa, con una fiesta tan cerca de donde tuve mi taller y tan cerca, también, de donde está la raíz de mi pintura, tan cerca de ese corazón, que era el Medio Mundo", manifestó el homenajeado.
La atracción principal de la fiesta era la presencia de una cuerda de tambores de la comparsa Cuareim 1080 y tambores llegaron, puntuales, cuando la concurrencia estaba animándose con una copa de tannat.
Tal como todos esperaban, los tambores realizaron un desfile que terminó frente a Páez, a quien le entregaron un tambor, para que fuera otra vez protagonista, como lo ha sido en tantas Llamadas.
Páez tomó el instrumento con soltura, y también los hábitos del buen lubolo, el traje de la C1080, y participó de la batucada, ante los aplausos, los flashes y las cámaras de televisión. A punto de cumplir sus 80 años, Páez se mostró cómodo con las lonjas.
En sus más de seis décadas de trayectoria, Pez Vilaró se dio el lujo de hacer muchas cosas, desde cine en Africa y el sudeste asiático, hasta esa escultura onírica en la que vive. Puesto a pensar en algo que quiso pero no pudo hacer, piensa en una obra para ciegos: "Siempre tuve esa idea, una obra con sensaciones táctiles y de aromas, un ciclo dinámico para no videntes". Todavía no la descarta.