H. A. T.
Los problemas de dinero parecen dramáticos si aluden a la vivienda, la salud o la alimentación de la gente, en especial la gente humilde. Pero como dijo un filósofo, las diferencias en cantidad terminan por constituir diferencias en calidad. Si hay mucho dinero en juego, los periodistas abren los ojos, adivinando que allí no hay miseria sino un abuso o quizás un delito. Un reciente ejemplo fue la noticia periodística de que en Londres se remató un collar de diamantes que perteneció a Eva Duarte de Perón (fallecida en 1952) y que estaba evaluado en medio millón de dólares. La pregunta inmediata alude a cómo hizo Juan D. Perón, durante los años previos de su presidencia (1946 a 1952) para ganar tanto dinero y regalar tantos diamantes a su esposa. Otra pregunta inmediata cuestiona los medios de vida de Juan D. Perón durante su largo exilio (1955 a 1973), mayormente en España, sin trabajo ni ingresos regulares conocidos. Y una tercera pregunta alude a lo ocurrido tras la muerte de Perón en 1974. Sucedió en Buenos Aires, durante el gobierno Alfonsin, en 1988. La expresidenta María Estela Martínez de Perón, (a) Isabelita, volvió de Madrid para iniciar pleito a una firma de abogados, por 150.000 dólares, como parte de un juicio mayor por 5.600.000 dólares, que sería su herencia y su medio de vida, según fue informado por la prensa argentina de ese momento. Una explicación peronista de esa fortuna fue que el gobierno Alfonsin habría entregado a la interesada los sueldos no percibidos desde su derrocamiento, o sea desde 1976 a 1988. Cabe dudar de que ese dato sea correcto, porque la suma entregada habría sido escasa, pero si fuera cierto obliga a recordar que en ese momento muchas provincias argentinas se quejaban de la falta de fondos para sus escuelas y hospitales, mientras la expresidenta pleiteaba desde el lujoso hotel Claridge por un dinero que no se ganó.
La respuesta correcta a las tres preguntas es que Perón y los suyos cobraron toneladas de dinero a los nazis fugitivos de Europa, desde 1945. A su vez, esos nazis habían robado tales dineros, en especial a judíos perseguidos y asesinados, con lo que esa es una historia de muchos villanos. Sobre el tema hay varios libros y en especial uno de Uki Goñi (La auténtica Odessa, Paidos, 2002), que los peronistas no recomiendan leer. Ahora hay que esperar que algún novelista joven descubra la historia del collar de Evita, que era defensora de los humildes, aunque no vendía sus joyas para ayudarlos.
Los laberintos morales y psicológicos que provoca el dinero son un tema infinito y alimentan al periodismo. Es comprensible el caso del gerente de fábrica o el cajero bancario que por algún método impecable consigue robar algunos miles y se fuga para siempre a remotas islas de los Mares del Sur. Sería un caso de inteligencia aplicada. Pero si se queda cerca y comienza a comprarse autos, mansiones, collares para la señora y una casa para la suegra, esa ostentación lo delatará y terminará preso. Sería culpable de inteligencia mal aplicada. Algo así ocurrió en Argentina con María Julia Alsogaray, con otros funcionarios de Menem y con dos docenas de comisarios, que hicieron popular a la palabra "coima".
Tampoco es aconsejable robar 350 millones de dólares, fundir a cuatro Bancos y dejar en crisis a miles de ahorristas. No sólo esas maniobras se notan y salen en los diarios, sino que los ladrones no pueden aprovechar tanto dinero y terminan por preguntarse (en la cárcel o en el exilio) para qué hicieron lo que hicieron.
Detrás de esos ladrones vienen los salvadores de la patria, que no se muestran preocupados por la gente sino por la "estabilidad de la plaza financiera". Inventan un Banco nuevo con dinero oficial, le ponen chapa de entidad privada y así se niegan a dar explicaciones. Deberían darlas, porque no les da vergüenza fijarse sueldos astronómicos manejando entidades cuya primera obligación debería ser devolver el dinero a los ahorristas despojados. Están protegidos por el famoso secreto bancario, por contratos previos, por indemnizaciones previstas y por abogados que también saben ganarse su dinero. En este mundo hay que vivir.