Malas costumbres

Tanto en el Caribe, como en el corazón de la Pampa húmeda y más recientemente en el altiplano andino, las vicisitudes económicas actuaron de reguero de pólvora para soslayar la conquista más relevante desde el punto de vista continental que, con tanto esfuerzo, los latinoamericanos hemos alcanzado en los últimos veinte años.

La consolidación democrática, símbolo del esfuerzo por búsqueda de la libertad de los años ochenta, es una tarea de larga aliento, pues hemos presenciado cómo los fantasmas del pasado reaparecen amenazantes como sucediera con lo acontecido con De la Rúa, Chávez o recientemente con Sánchez de Losada y que, por su gravedad, los nacionalistas no debemos asistir con pasividad.

No hay duda que cada situación tiene su casuística y en los tres casos como todo fenómeno social, existe una multiplicidad de causas para generar estos tremendos descontentos, que desembocan en estos verdaderos golpes de Estado, pero el comprenderlos no significa ni por asomo que se pueda justificar la poca valoración realizada al instrumento democrático y a sus consiguientes gobiernos constitucionales.

Se reciben desde el primer día de mandato, sociedades menos justas, insertadas en la imperiosa necesidad de acceder a los mercados para poder hacer frente a esas injusticias y con toneladas de obligaciones crediticias contraídas por los gobiernos anteriores, se obliga a nuestras naciones a mantener una prudencia superlativa para no caer en los desbordes como los recientemente vividos en Bolivia.

Si a ello le sumamos un incipiente neopopulismo, contestatario y facilista, que supone anteponer siempre sus plataformas agitativas a esta realidad sin ideología, podemos tener la sensación que estamos frente a un síntoma que lejos de terminar puede profundizarse y así postergar cualquier indicio de recuperación económica generada a través de la inversión en actividades productivas.

Un reciente estudio de la OPIC, agencia estadounidense encargada de ofrecer seguro de riesgo político a empresarios que quieren invertir en economías emergentes, señala que estos fenómenos de inestabilidad política son las principales razones que explican la caída de inversión extranjera directa en América Latina, diminuyendo el año pasado a 56.000 millones de dólares, el nivel más bajo desde el año 1996 y que de seguir por este camino continuará deteriorándose.

Afortunadamente nuestra sociedad es consciente de la importancia de defender nuestro sistema democrático, salvo algunos oportunistas que siempre quieren aprovechar estas circunstancias para llevar agua para su molino, asociando la crisis boliviana con el referéndum por Ancap, la inmensa mayoría del sistema político nacional reacciona indisolublemente frente a la preservación de los instrumentos legítimos para gobernar y ser gobernados.

Vaya si la noche oscura del año pasado puso a prueba la robustez de nuestra democracia, y frente a la más descomunal crisis económica que generación alguna de uruguayos pudo vivir y ante la cercanía del fenómeno argentino, a ningún partido político importante se le ocurrió ni siquiera insinuar la posibilidad de encontrar un camino alternativo del que resultó de la apertura de las urnas en noviembre del 99.

Esa demostración del proceso de consolidación de nuestro sistema democrático, es uno de los bienes más preciados que todos debemos contribuir a preservar, más allá de las reformas sociales y culturales que es necesario acometer para culminar su consolidación.

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