Principios

Empobrece el horizonte de nuestra América comprobar que, en vez de vigorizarse la aplicación concreta de los principios generales, recrudecen planteamientos que contraponen a unos sectores con otros a partir de visiones penosamente unilaterales.

La guerra de clases fracasó como método de lucha. Fracasó en Europa, para donde la propusieron Marx y Engels. Fracasó en América. En ninguna parte el marxismo ortodoxo se impuso por el triunfo del proletariado sobre la burguesía a través de la proclamada metodología que consistía en divulgar "conciencia de clase", sembrar odio de clase y librar lucha de clases. Si alcanzó el poder fue únicamente mediante la cruza de violencia y engaño.

En los países más civilizados y prósperos, esos con los cuales en el Uruguay quisimos y querremos compararnos siempre, a la vista de los hechos y los resultados, el socialismo abandonó el dogma marxista y el sueño de una sociedad humana que funcionase como una colmena, y en su lugar abrazó la vía de la legalidad democrática fundada en la libertad.

Pero quedó la costumbre de plantear las reivindicaciones en términos de confrontación sectorial.

El resentimiento es fuente de moral, según la expresión que acuñó Max Scheler, pero a condición de que los dolores de personas y grupos se reciban desde un radical amor al prójimo, por encima de divergencias de opiniones, intereses y situación social; es decir, a condición de que nos demos cuenta —con conciencia de universalidad— de que en cada apuesta personal y grupal entran en juego el destino común, el bien común y los principios generales.

Contra el utilitarismo que entonces avanzaba, enseñaba nuestro Vaz Ferreira: "Los principios son experiencia a cuenta". Y correlativamente, nos alertaba para que no adoptáramos actitudes unilaterales, destinadas a tomar una parte del problema como todo el problema y a fomentar radicalismos excesivos a partir de lo que sólo eran "ideas a tener en cuenta". Pues bien. Los movimientos particularistas muchas veces parten de observaciones verdaderas y reclamos justificados: la naturaleza es un bien, la marginalidad es un mal, la discriminación viola el amor al prójimo y el sometimiento de la mujer es una afrenta execrable que llega a la violencia y al crimen. Pero por mucho que sintamos la perentoriedad de las causas que de ello resultan, no debemos perder de vista que su verdadera solución no es arremeter desde ellas contra todo y todos sino iluminar cada uno de sus temas con los valores de la moral y los principios del Derecho, sobreponiendo lo general a lo particular.

En un mundo donde millones y millones padecen hambre y humillación, ¡vaya si hay injusticias! Pero tomarlas como banderas sectoriales, acotando el esfuerzo de pensar sólo al reclamo del respectivo grupo, es perder de vista la perspectiva ancha de la persona, del Derecho y de la libertad, que es la única que podrá resolverlas.

No es acantonándonos los unos contra los otros ni es reemplazando la fracasada guerra de clases por la proliferación de tensiones grupales que vamos a gestar la solidaridad de base que requiere la convivencia civilizada.

Al contrario: es afirmando los principios generales, sin los cuales no hay democracia ni hay República.

Por lo cual, junto con denunciar la explotación de crispaciones, condenamos enérgicamente la indiferencia de quienes —en el Uruguay y en el mundo— dejan de vivificar los principios del Derecho batallando por su aplicación práctica: con su actitud omisa, alientan particularismos y especializaciones donde arriesga naufragar nuestro común sentimiento de humanidad.

Es que siempre tiene razón nuestro nunca olvidado Ihering: el Derecho sólo existe como voluntad de lucha por el Derecho.

Y si ella se pierde, kaputt!

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